Opinión y Pensamiento

Placas, nombres, vidas

Placas, nombres, vidas

por José Pettenghi

Otra vez Carranza. Otra vez Pemán. Que no fueron franquistas, ni participaron en el golpe de Estado de 1936 ni en la represión posterior.​

Dicen que Carranza no fue golpista. Pero él mismo -en Diario de Cádiz el 16/8/1936- alardeaba de su contribución: “No hace mucho estuve en Estoril, planeando con el general Sanjurjo el Movimiento actual…”. Gol en propia puerta de Carranza.​

Después requirió el favor de Queipo para ser nombrado primer alcalde y gobernador civil del franquismo. Desde ahí procuró la depuración del personal municipal, intervino en la purga de los maestros locales, informó a la Justicia militar sobre personas que acababan ante un juicio sumarísimo. O quizá ni eso, sino con dos tiros y tirados en medio de la calle como perros. Incluso se ofreció a mandar una milicia cívica para la toma de Madrid.​

Los que afirman que Carranza no fue golpista, llevan razón: Carranza fue un golpista entusiasta.​

Por su parte, Pemán fue fiel al lema: “Si deseas pasar a la posteridad, no inventes una vacuna, hazte una biografía”. Lo consiguió. Hoy para el vulgo es un afable abuelete -algo clasista, eso sí- que hacía favores a los pobres. Monárquico y demócrata, tuviera que ver.​

Pero es incuestionable que fue un intelectual orgánico y un propagandista al servicio del franquismo. Y un jerarca del fascismo, en el primer gabinete de Franco y como consejero nacional de FET y las JONS. Y autor intelectual de la purga del magisterio nacional.​

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Su tradicionalismo reaccionario es asunto suyo, pero de su actuación pública Pemán jamás se disculpó. Aún en 1971 decía que “la guerra la ganó España”. Hábil y escurridizo, fue escribiendo su biografía en función de sus necesidades.

​​Su obra, su obra, arguyen sus adeptos. Y estoy seguro de que no han leído las bochornosas loas a Franco y al militarismo borriquero de primera hora. Ni la ridícula mojigatería de “El Divino impaciente” (un Tenorio para beatas, como dijo uno). Ni el antisemitismo del “Poema de la Bestia y el Ángel”, ni los retorcidos infortunios patrióticos de “Cuando las Cortes de Cádiz”, ni el resto de toneladas de indigesto costumbrismo.

​Hoy, una Ley manda quitar sus nombres del espacio público. Sin venganza, sin borrar ni desvirtuar el pasado. Sólo mostrando que la Historia se construye con sus propios materiales.

(Este artículo fue vetado por el Diario de Cádiz y supuso el fin de 17 años de colaboración del autor con el medio tricincuentenario.)

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