Crónicas de conciertos

Cartas a Olivia Newton John

Sidecars en el Castillo de Sohail. Foto de Javier Gilabert.

Cartas a Olivia Newton John

Crónica del concierto de Sidecars.
Castillo de Sohail, Fuengirola. 31.07.21


Se nos hacen mayores… Pero en el buen sentido. Juancho (voz y guitarra), Gerbass (bajo) y Ruli (batería), tres amigos de la Alameda de Osuna que creyeron en un sueño, vivir de (y por, y para) la música, y que entendieron que trabajo y carretera eran los mejores ingredientes para lograrlo, lo han conseguido.

Aunque aún —su humildad nada impostada así lo apunta— no parezcan haberlo asimilado al cien por cien. El concierto de la última noche de julio en Fuengirola es una buena muestra de ello.


En el incomparable marco del Castillo de Sohail, enmarcado en el ciclo Mare Nostrum, tal como anunciaba unas horas antes la organización en un mail, los asistentes más madrugadores disfrutaban desde las ocho de la tarde de un ambiente distendido: varios Food Trucks donde elegir algo para picar, dos barras bien pertrechadas, un amplio espacio ajardinado con mesas altas y al fondo el impresionante escenario —he tenido la fortuna de disfrutar de varios conciertos en este lugar único y he de admitir que me encanta—, sin olvidar las preciosas vistas al castillo iluminado y un horizonte de Mediterráneo al que acompañaba una impactante puesta de sol. ¡Ah!, y buena música de los noventa de fondo.

Poco a poco va llegando el personal que, a la postre, casi completará el aforo (reducido por exigencias del COVID-guion), mientras por megafonía se va avisando de que quedan 15, 10, 5 minutos para que arranque el show. La gente ocupa sus localidades, se apagan las luces y aparecen los protagonistas.

Sidecars en formato acústico. Foto de Javier Gilabert
Sidecars en formato acústico. Foto de Javier Gilabert

Primera sorpresa —será ésta una velada en la que no falten— el planteamiento inicial: Juancho, en pie, agarra su acústica; a su izquierda y a su derecha, respectivamente, Pere Mallén a la acústica también y Gerbass con su Fender Mustang están sentados en sendas banquetas. Sergio Valdehita a los teclados, justo al lado de Gerbass y al fondo, con su inconfundible calavera en el bombo, Ruli a la batería y Ramiro Nieto a la izquierda de éste, también acústica en ristre en medio de su set de percusión. No es un concierto acústico, pero la disposición de los músicos sobre el escenario hace pensar lo contrario.

Comienzan a sonar las primeras notas de ‘Golpe de suerte’, que son recibidas con un cálido aplauso. Se inicia así la primera parte del concierto, más tranquila, o para ser más exactos, contenida, en la que se suceden varios de los nuevos temas –no en vano están inmersos en la gira de presentación de Ruido de fondo (2020) intercalando temas de discos anteriores: ‘La tormenta’ (Contra las cuerdas, 2016), ‘Looping star’, ‘Galaxia’, ‘Todos mis males’ y ‘Fuego cruzado’, estas dos últimas del disco homónimo (Fuego cruzado, 2014), ‘Chavales de instituto’ (Cremalleras, 2010), y ‘Dinamita’.

No faltan los solos de teclado a lo Jerry Lee Lewis —sublime Sergio Valdehita—, los duelos de guitarra entre Pere —ya que estábamos en Málaga no os ahorraré el chiste fácil; estuvo “perita”, sembrado toda la noche— Mallén y Juancho, con rollazo funk… Hasta la mandolina hizo acto de presencia en sendas ocasiones a manos de Ramiro y Pere. Juancho intercala acertadamente breves speeches, los agradecimientos propios de estos tiempos de “nueva normalidad”, pero ya apuntó que no se extendería hablando, pues prefería dejar más tiempo a las canciones.

Ya en esta primera parte —el show, sin contar los bises, tuvo dos bien diferenciadas— se aprecian varias cosas importantes: la primera y principal: estamos ante una Banda con mayúsculas, una de las mejores del panorama nacional actual; el sexteto no es sino una familia bien avenida de músicos brillantes que antepone el bien común (ofrecer el mejor de los espectáculos posible) a las individualidades, que ha sabido llevar un paso más allá el magnífico sonido de sus discos (no olvidemos que Nigel Walker está detrás del mismo) añadiéndole el punch que da la emoción del directo, pero sin perder ni un ápice de calidad ni de verdad, conservando ese preciosismo de armonía, melodía y emoción que es, a mi entender, ya «marca de la casa».

Hago aquí un inciso para destacar la labor de Juancho como frontman: perfecto en las voces y a la guitarra, riza el rizo, pues es capaz de liderar al equipo sin caer en el personalismo; asume su responsabilidad al frente de los chicos, pero sabe compartirla, transmitir el buen rollo que impera entre ellos y que, bajo mi punto de vista, le da un toque más especial, si cabe, a las buenas canciones que —y esto sí es objetivo— entregan al público, el cual —en palabras del propio Juancho— ha hecho un esfuerzo doble, económico pero también personal, pues no corren buenos tiempos para la música en directo y quien se anima a asistir hoy en día a un concierto sale de su zona de confort y realiza un acto de fe en la organización quien, por cierto, en este caso también estuvo de diez. Como casi todos los asistentes (hay quien —nada, cuatro gatos— se cree ya que esto del bicho es un mal sueño y se deja llevar por la emoción; o por los efluvios etílicos, vete tú a saber…).

Llegados a este punto, y a modo de puente entre las dos partes que compondrán el show, Juancho hace alusión a las sorpresas que nos esperan durante la noche y llama al escenario a Angie, una persona especial para él y gracias a la cual ‘Ruido de fondo’ tiene un sonido especial también. Se quedan sólo con Valdehita en el escenario y nos regalan una emocionante versión de ‘Quién sabe’, que será la antesala de lo que acontecerá a continuación: “la parte eléctrica”.

Sidecars en formato eléctrico. Foto de Javier Gilabert
Sidecars en formato eléctrico. Foto de Javier Gilabert

Juancho agarra su Telecaster y Gerbass y Pera se ponen de pie, Les Paul en ristre este último, para arrancar esta segunda entrega de canciones con ‘Garabatos’ a las que seguirán ‘Locos de atar’ (Cuestión de gravedad, 2017), ‘Noches de guardia’, ‘Los amantes’ (Fuego cruzado) y primer amago de despedida (hasta esto lo hicieron bien; comenzaron a preparar al público tres temas antes de los bises— con la archiconocida, por aquello del anuncio televisivo, ‘Fan de ti’ (Fan de ti, 2010) —con un público ya entregadísimo, aplaudiendo con manos y pies, hasta el punto de que por un instante llegué a temer por nuestra integridad, pensando que la tarima sobre la que se ubicaban las sillas podía regalarnos uno de esos momentos tan estupendos que se veían en los programas de “Vídeos de primera”—.

Vendrían después ‘Tu mejor pesadilla’ (Cuestión de gravedad) y de nuevo sorpresa. La de la noche, si me permiten: se hace un silencio reverente y sale a escena nada más y nada menos que Leiva, hermano de Juancho y de quien éste dice al presentarlo que han aprendido todo. Coloca su bandera en el pie de micro –no sin una jugarreta por parte del viento, quien también tendría su papel destacado al final, cuando Mallén pidió al público que sonara más fuerte que el p*** viento, y que estuvo incordiando al personal, músicos y asistentes, durante toda la noche— y se marcan una energética ‘Contra las cuerdas’ que haría las delicias del respetable.

Momento entonces de la primera retirada del escenario y de nuevo el público reclamando más con todas las extremidades posibles, cánticos de “Lo, lo lolo lo lolo” (pónganle la música del archiconocido riff de ‘Seven nation army’) incluidos y pasamos a los bises.

Las elegidas para poner el broche final a la noche serían ‘Mundo imperfecto’ y ‘Amasijo de huesos’ (Cuestión de gravedad), canción que aprovecharían para presentar a la banda y para proporcionarnos la tercera y última sorpresa de la noche. Cuando llega el momento de presentar a Ruli, Juancho se dispone a compartir con nosotros una anécdota que le acaba de suceder y que demuestra la bonhomía del baterista que contrasta con su aspecto de “malote”. Se escucha entonces a éste decir por el micro: “Te veo venir, cabronazo”. Risas y nos lo cuenta.

Resulta que cuando era niño, Ruli se dedicó a escribir a todas las televisiones en las que emitían ‘Grease’ cartas para que se las hicieran llegar a la mismísima Olivia Newton John. Parece una historia contada al azar, pero es la puntilla que nos falta para hacernos sentir parte de ellos, de este grupo de amigos que creyó en la música y que hizo todo lo que estaba en sus manos y más para llegar hasta aquí, hoy, y por un par de horas hacernos sentir vivos y felices.

No se puede pedir más. No se puede hacer mejor. Enhorabuena y gracias.

Javier Gilabert
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