Prensado en frío

Javier Calderón: «Mi propia inercia productiva me lleva al juego y al caos»

Los adioses del trigo de Javier Calderon
'Los adioses del trigo', de Javier Calderón

Javier Calderón: «Mi propia inercia productiva me lleva al juego y al caos»

En una entrega anterior de nuestra Prensa, María Domínguez del Castillo “me levantó la liebre” de Javier Calderón. Afirmaba María que “su perseverancia, su dominio de la palabra, su versatilidad – siendo capaz de llevar, a veces, el lenguaje más allá de su propio límite o lógica, y, otras, de acariciarlo como quien acaricia ausente a un gato en el sillón del hogar–” le hacían admirarlo sinceramente. Y yo, que soy muy “bien mandao”, ni corto ni perezoso procedí a invitarlo. Hoy tenemos la suerte de contar con él en nuestra sección. Sin más, Javier Calderón y su Los adioses del trigo (Hiperión, 2020; XXIII Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal).

Javier Gilabert: ¿Por qué este libro y por qué ahora?

Javier Calderón: Que exista este libro ahora es tan inevitable como lo hubiese sido que no existiera. Una serie de condiciones concretas (poemas escritos y organizados entre sí con cierta coherencia; algo de fe en sus misterios) y las fechas de un premio que me interesaba: así acabaron ocurriendo este libro y este ahora, pero perfectamente pudo haber sido otro libro en otro ahora; bien podría no haber aparecido. Las cosas suceden si las agitas, eso es todo.

Portada de 'Los adioses del trigo', de Javier Calderón
Portada de ‘Los adioses del trigo’, de Javier Calderón

¿Cómo y cuándo surge la idea del libro?

El verano de 2018 fue un verano triste. Un amor se deshilvanaba, hacía natación cada día a las 7 a. m. y vivía en un cuarto en el que apenas podía ponerme de pie. Todos mis libros estaban en cajas de cartón. Perdí unos treinta kilos y las ganas de muchas cosas. Recuerdo aquel verano como el periodo en el que comencé a gestar el proyecto que ha dado lugar a Los adioses del trigo.

Mi experiencia personal y el cansancio en mis lecturas me llevaron a abandonar mi tono y mis intereses hasta ese momento y a recuperar los dos temas que, desde entonces, se me evidenciaron como motores de todo devenir humano: el amor y la muerte. Me obsesionaba la combinatoria «amor-espacio-(cuerpo)-tiempo-muerte». A finales de ese verano comencé a escribir una serie de poemas de amor (acabaron siendo unos ciento veinte) y dos libros en los que pretendía explotar la temática formalmente. En abril de 2019 consideré que había encontrado la línea que me interesaba y me desentendí de estos tres libros. Solo recuperé de ellos unos tres poemas para la nueva idea que me rondaba, de la que, antes que cualquier otra cosa, solo conocía ―por la intuición mistérica que mueve la elaboración de todo discurso poético, o así lo veo yo― el título: Amor-amor (o, como finalmente decidí, Los adioses del trigo).

¿Qué pistas o claves te gustaría dar a l@s posibles lector@s?

Ninguna, desde luego. Aspiro a que cada lectura disloque de algún modo mis intenciones (intenciones que, por supuesto, ni siquiera yo conozco).

¿Qué efecto esperas que tenga el libro en ell@s?

Yo solo espero, de verdad, que no aburra.

¿En qué medida veremos en él —o no— al Javier Calderón de tus anteriores obras?

Como todas mis anteriores obras las he escrito yo, no es difícil encontrar o forzar entre ellas conexiones. Sin embargo, hay dos factores que las distancian de manera abismal: por un lado, mi propia inercia productiva me lleva al juego y al caos (escribo, podría decirse, en una continua disociación de estilos y temas: el vínculo que une mis textos está fuera de los textos, o desde esa premisa parto); por otro, las condiciones de producción de cada obra han sido, por lo menos en mi vida y en el periodo de ella que llevo vivido, extremadamente distintas.

Te pongo en un aprieto: si tuvieras que quedarte solo con tres poemas de ‘Los adioses del trigo’, ¿cuáles serían?

El ’36’ (“Pelamos mandarinas…”), porque me tranquiliza; el ’19’ (“He justificado mi vida en la palabra…”), porque me pone triste; y el ‘4’ (“Flores silvestres ay si tú me quisieras…”), porque me invita a amar.

J.G.: ¿Que ha supuesto para ti alzarte con el Carvajal Joven gracias a este poemario?

La oportunidad de una proyección pública reforzada, por ser un premio que no solo tiene una gran trayectoria sino que también conlleva la publicación en una editorial con prestigio. Todo lo demás se inscribe ya en devenires ajenos al premio.

Por último, como lector, ¿a quién te gustaría que invitásemos a pasar por ‘la Prensa’?

Admiro el trabajo de Alba Flores Robla y de Guillermo Marco Remón. Sus libros han sido con frecuencia un refugio en los últimos meses. Y, aunque no tenga aún poemario publicado, es inevitable ―como que lo publique en algún momento o no lo haga, como todo lo que al final ocurre y no ocurre― que mencione a Markel Hernández, escritor, amigo y compañero de piso.

Javier Gilabert
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