Opinión y Pensamiento

El payaso nómada: Menzo Mejunjes y el Teatro de Calle

El payaso nomada Menzo Mejunjes y el Teatro de la Calle

El payaso nómada: Menzo Mejunjes y el Teatro de Calle

Estos tiempos de pandemia son oportunidades para hacer memoria. Este ejercicio ayuda para sobreponer al embiste cognitivo que conlleva esta problemática situación. Recordemos esos tiempos donde el teatro no estaba necesariamente aparcado, cuando viajaba en carretas, de pueblo en pueblo, y se le acercaban las ilusiones de todas las edades. En una plaza de tránsito, de mercado o de estancia, se abre, de repente, el prodigio de un espectáculo teatral. Podemos pensar en La Barraca de Lorca, que recorrió los pueblos de Andalucía, o en la multitud de compañías familiares cuyo hogar era su tablado y que dormían entre bambalinas, escenografía y títeres.

Cuando el espectáculo llegaba, gran agitación provocaba. De boca en boca, del encuentro inesperado, en carteles, o de la voz aglutinante del actor/triz, acercaban las sillas o quedaban de pie, grupos transeúntes, curiosos y apasionados. La cotidianidad se pinta de los colores de la música que se anuncia al público. El payaso, conocedor de la fórmula alquímica de la risa, tropieza y rebota conjugando picarescas y bocinas. Hace unos malabares, infla globos que se convierten en animales, espadas piratas o cualquier descubrimiento plástico de la imaginación, y prepara el número final.

En ese momento, hay un órbita a su alrededor de voluntades entregadas, sorprendidas y con el corazón saltarín. Una cabriola, una canción de violín, una fábula gestual o cualquier otro artificio que salga del baúl infinito de los juguetes, despierta al sentimiento sincero de los aplausos. Los niños y las niñas llevan una moneda al sombrero rojo pasión que camina de mano en mano hasta volver al payaso, que se despide para continuar su camino y llevar consigo sus ensueños a otra plaza, a otro pueblo, a otra ciudad.       

Ahora, quizás acompañado con un equipo de sonido, el oficio del payaso abre círculos entre el paso certero de las muchedumbres, apretujando y creando el lazo cómplice con el que el teatro consigue abrazar a los espectadores. Y ese espacio puede ser una plaza granaina, China, Latinoamérica o la franja de Gaza. El oficio del payaso es el del arte que se entrega por y para la vida, sin ningún tipo de intención más allá de la honesta necesidad de crear instantes de magia. Esta es la nobleza del payaso nómada y callejero.

El payaso nomada Menzo Mejunjes
El payaso nómada Menzo Mejunjes

Menzo Mejunjes, es la figura desde la que referencio en este artículo a tantos y tantas artistas que, como él, hacen vivir un rostro del arte bien dispuesto, verdaderamente popular, comprometido y diligente para desplazarse allá adonde se le necesite, sea en el divertimento de la plaza y el pan de cada día o en aquellas zonas donde la injusticia precise ser reparada y quienes la sufren respirar este tipo de menta fresca. Estos testimonios actuales de la vida y el sentir del payaso están en los libros de Menzo Mejunjes, Malabardo y su circo errante de Cambalaches en coautoría con Martín Carasik, o en el más reciente Poesía Payasa, con ilustraciones y textos de diversxs artistas. Porque el payaso Menzo ha repartido su arte y espolvoreado de alegría medio mundo, con su cocoliche de emociones y sensaciones, para vivir como cualquier trabajador y para implicarse en construir un mundo mejor como habría de hacer cualquier persona y cualquier artista.

Pero más allá de lo político, respecto a lo teatral (valga la distancia como metáfora y no como diferencia) el arte de calle es una labor particular, y más con respecto a un arte mayor como es el del payaso. El teatro de calle abre un espacio de conversación y emergencia entre la vorágine de las plazas de tránsito. Hay muchas formas de llevarlo a cabo, la calle tiene sus propios trucos, reglas y artificios para conseguir atraer la atención impersonalmente, con el acontecimiento de nuestra propia propuesta.

El arte callejero no tiene las facilidades del museo ni esa aura que traen consigo los cuadros o las performances que asegura un estatus establecido por cuestiones que trascienden al arte mismo y cuyo saldo no es necesario resaltar. El arte callejero no tiene aura porque es productor de Aura. Surge de la nada y sin un cartel que lo ampare, aparece con un propósito y un ánimo para hacer feliz a la gente y establecer un diálogo real y humano, con el que se hace involucrar a la conciencia en lo que es nuestra vida y la vida de los demás. Es un arte de ilusiones para todo el mundo, que sale de su pedestal y va al encuentro del peatón, para sacarle una sonrisa, para compartir una idea, para regar un sentimiento de tú a tú. El arte callejero propone, no una obra más o menos trascendente en la historia del arte, las comidillas de los teatros o los círculos, cerrados esta vez, de los y las artistas, sino un nuevo modo de habitar, de indagar en qué sucede en ese espacio libre que es la calle.

¿Es la calle un lugar de tránsito laboral, un sitio donde poner sillas para tomar cervezas o un ágora repleta de bullicios creadores?   

El arte de calle es crucial para reivindicar al espacio público como un lugar de efervescencia y tejido de comunidad. Por eso es tan importante, tanto por la pregunta como por el efecto que supone, el hecho de cuidarlo, apoyarlo y financiarlo, y, sobre todo para los ayuntamientos de nuestra comunidad, el no perseguirlo. En una sociedad donde la transacción es la base de todos sus actos, que la gorra sea mediadora entre la justa retribución y el afecto, hace que se nos planteen muchos interrogantes.

También el hecho de crear una cultura de espontaneidad, donde no hay una burocracia a rellenar, (excepto las salvedades del Permiso…) para hacer arte y construir de la vida y de los lugares que habitamos y las actividades que hacemos cuando vamos a dar un paseo o nos dirigimos a algún sitio, espacios de creatividad, de juego y de armonía entre quienes se desconocen y que, por la excusa de una obra, empiezan a conversar.

El bautismo de calle es preciso para formarse como artista, tanto para agilizarse en su técnica, como para compartir con el público, como para aprender que el arte es un terreno de juego y no de competición. Ahí es donde el oficio del teatro se muestra en su efervescencia. Es una experiencia que solo puede vivirse, un modo de vida y una mirada particular. Nos dice Menzo en la crónica de su experiencia: Cambia las direcciones de los transeúntes. Altera el orden normal de la cotidianeidad. Asombra. Provoca tímidas sonrisas. Genera reacciones inesperadas. Algunos se detienen, otros observan de lejos. Naturalmente se va armando el círculo. La atención crece. La tensión aumenta. Un chiste. Un gag a tiempo y las carcajadas estallan. El payaso cierra el ruedo. Esa es su muralla de contención. Dentro de él su poder es infinito. Escasos minutos pasaron, ya hay intimidad, complicidad. El público le ha regalado su confianza. Este es el rostro del teatro que se presenta a sí mismo, del hecho teatral más desapegado, sencillo y responsable.   

Ahora que la Pandemia ha demostrado que la digitalidad no funciona a largo plazo y que la distopía del zoom no nos conviene, que tenemos más ganas de compartir y de encontrarnos que nunca, puede ser el tiempo del florecimiento del teatro de calle. La emergencia dará la razón a artistas como Menzo Mejunjes que estuvieron al pie de la risa y la llevaron al público de a pie. Llenar una plaza vacía/requiere gran valentía dicen sus versos.

Estos libros que mentamos y que pueden encontrar en el siguiente enlace son un testimonio para aprender y conocer una vida y unas historias llenas de payasos, payasas y artistas de calle de todo tiempo y geografía.

También para conocer la subjetividad, el mundo emocional que atraviesa a quien continua esta herencia del payaso nómada desde su Buenos Aires de origen. Y, sobre todo, para conocer cómo desde esos desplazamientos y el humor, se demuestra que la nariz roja del payaso nos une al mundo entero, que nos comunica más allá de las fronteras y reenlazar nuestras orillas.

En otros tiempos
se agolpaban las maletas
de ilusiones repletas.
Embarcaban a nuevos rumbos
gallegos moribundos.

Hoy regresan con cambalaches, bártulos y cachivaches payasos del tercer mundo.

-Menzo Mejunjes-

Fernando Grieta
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