poesía

‘Anacronía’: el mapa emocional de la memoria

Detalle de la portada de 'Anacronía', de Gerardo Rodríguez Salas.
Detalle de la portada de 'Anacronía'.

‘Anacronía’: el mapa emocional de la memoria

A modo de guía emocional para superar el dolor, llega el nuevo libro de Gerardo Rodríguez Salas. En esta ocasión, tras su muy recomendable colección de relatos ‘Hijas de un sueño’, el escritor granadino salta a la poesía con ‘Anacronía’ (Valparaíso, 2020). Y añade otra buena serie de razones para continuar siguiéndole la pista en el futuro.

Dividido en tres partes, Ayer, Ausencia y Porvenir, precedidas por tres poemas a modo de introducción y culminadas por otro más como cierre, para un total de 48, Rodríguez Salas propone en ‘Anacronía’ un viaje de múltiples facetas. Lo es en el sentido literal, por su recorrido por los lugares que le han marcado en su biografía, en concreto, rincones y parajes de Nueva Zelanda y Granada; lo es también a modo de indagación en la memoria, en episodios que quedaron grabados a fuego, con el accidente fatal de un hermano y sus efectos como detonante, leit motiv e impulso emocional que recorre todo el texto; y lo es, asimismo, por su manera de acabar trazando un mapa de emociones que, de forma o no premeditada, funciona como manual de instrucciones para seguir adelante ante una pérdida. Y hacerlo con esos recuerdos como compañeros de viaje, puesto que ya nunca más serán una losa que impida avanzar sino una guía, un faro que ilumine el camino a seguir. La huida pasa a ser, así, un viaje de aprendizaje. 

“El viaje puede ser una fuga al pasado, / un ascenso sin alas al punto de partida”, escribe el autor en ‘Lobo’, el poema que antecede a la primera parte del poemario, dando así la pauta de lo que está por venir. Tres partes que van dibujando ese viaje real y, al mismo tiempo, mental. Una serie de poemas en los que Gerardo Rodríguez Salas combina momentos de ese costumbrismo especial que impregnaba los relatos de ‘Hijas de un sueño’ con pasajes en los que predomina la abstracción, en los que las palabras no explican ni cuentan: se expresan, van dando forma a estados de ánimo, a estados del alma. 

Así, “yo te abracé en silencio, / arrugados los dos como la ropa / dispersa en el terrazo” (‘Lejía’) o “En los colores mustios de una foto / se enreda la sonrisa de la madre / que estoica nos sostiene y nos aguanta / con dientes de marfil. / ¿Cuánta alegría cabe en un retrato?” (‘Cortinas’). Y también “No supe despedirme / pues hay minutos / que destiñen la ropa” (‘Despedida’). O “La voz que estás oyendo / no sale de mis labios, / grité en silencio entonces, / candente la traición / en mi pupila” (‘El piano I’). Y “Una noche soñé / que no estabas conmigo, / que temblaba la tierra y engullía / las baldosas de aquel antiguo yo / que lapidaron / los escombros letales de mi mente” (‘Christchurch’), de poderosa imagen.

“Un viaje nunca acaba / aunque huela el asfalto a despedida”, sentencia Rodríguez Salas en ‘Semáforo’. Y ‘Anacronía’ es, en sí mismo, ejemplo de esto. El recorrido, el aprendizaje, la experiencia se van acumulando y siguen dando forma a lo que uno continúa viviendo cuando la ruta ha terminado. Incluso puede acabar dando lugar a un libro como este, que en una época extraña como la que ahora atravesamos, es aun más necesario por lo que tiene de catarsis, de empujar a seguir viviendo a pesar de la tragedia. Algo que puede parecer sencillo pero que, por el contrario, es complicado conseguir con la sutilidad que el autor despliega en este poemario.

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Miguel Blanco
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