Opinión y Pensamiento

Litros o flores. La noche de Halloween o el Día de los muertos

Litros o flores. La noche de Halloween o el Día de los muertos
Collage por Sofía Crottogini

Litros o flores. La noche de Halloween o el Día de los muertos

El 31 de Octubre se celebró Halloween (Jayowîn) en España. Este es el mejor ejemplo para señalar los efectos de la colonización Norteamericana en el pueblo español y para resaltar las prácticas que caracterizan a EE.UU.  

La celebración que se hacía ese día en España y sus diferentes culturas coincidían en que la gente se juntaba entre su familia y amigos para recordar a los muertos y tenerlos presentes. También se entregaban ofrendas y regalos, era una oportunidad para comer huesos de santo, castañas asadas o tomar vino dulce de Moscatel. Se le daba a la muerte otro color y se pretendía prender una luz de alegría para que los muertos pudieran encontrar su camino.

El Día de Todos los Santos y su víspera, era una fiesta popular, constructiva y cariñosa, frente a un Jayowîn cínico, destructivo y consumista.

Una cultura son sus celebraciones, y hemos pasado de una fiesta de amor y comunión con los ancestros a otra que mezcla miedo, placer y excesos.

Jayowîn es una fiesta tan cínica como seductora que muestra el estilo del país del que procede. Pensemos un segundo en las películas Holliwudiensêh que nos han trasmitido el cómo celebrarlo. Inolvidables son las escenas donde un grupo de niños son vestidos de monstruos por sus padres para ir a hacer el «Trick or treâh´´. El Truco o trato consiste en ir casa por casa pidiendo caramelos (Esto es el treâh, el trato). Si no les dan caramelos, viene el Trick, que, como sale en las pelis, consiste en agarrar rollos de papel higiénico y desplegarlos como guirnaldas sobre la casa.

El mismo nombre lo dice, la amenaza por delante del acuerdo, primero dispara y después pregunta. En nuestra generación, que crecimos durante el apogeo de la primera década del siglo XXI, lanzábamos huevos a la puerta o directamente a la cara del vecino. Esto no es algo de lo que enorgullecerse, pero es una realidad.

Nosotros no nos dábamos cuenta, solo representábamos lo que se nos enseñaba en el especial de Jayowîn de los Simpson, que ocupó el vacío de nuestras tradiciones y celebraciones. La ofrenda a los muertos y los postres era un acto colectivo, el pedir del truco o trato es individual. Los niños se reparten el botín y muchas veces se pelean entre sí exigiendo una parte más grande o robándole a sus propios compañeros.

En definitiva… ¿No recuerda a algo una fiesta que consiste en exigir que te den caramelos a vecinos desconocidos y, en el caso contrario, tirarle huevos o responder con todo tipo de represalias violentas?

Actualmente la juventud, en la que se incluye desde los quince o catorce años a los cuarenta y pico, lo que hace es ponerse hasta el culo con disfraces sexualizados en fiestas desenfrenadas. Esta expresión de decadencia está llena de signos de negatividad y muerte que se relacionan con el placer. Caretas de monstruos, sangre, zombis, personajes de las series de moda… Esta negatividad sexualizada está llena de deseo y diversión en una oportunidad de consumir más que de costumbre.

De esta manera, aquello que nos da terror o el consumo mismo dejan de ser negatividades y cosas chungas para volverse algo deseable y seductor. Lo que es, por ejemplo, una persona decapitada que podría darnos miedo o despertarnos un sentimiento de exigir justicia ante un crimen, se convierte en un motivo cómico, estético o de gusto.

Cuando recordamos que en muchas otras partes del mundo, efectivamente, estos no son disfraces o jueguitos sino que son realidades, pues pierde un poco la gracia y se corta un poquito el ciego. Una cosa es sublimar el terror para superar nuestros miedos o mostrar la muerte de colores y volverla algo positivo, que junte a la comunidad y que recuerda a sus abuelos y abuelas, como se hace en México en el Día de los Muertos, y otra cosa es hacer semejante tipo de ritual donde la muerte se inclina ante el consumo.

Jayowîn representa al sistema en el que vivimos, una negatividad decorada donde los monstruos devoran a todo lo que pueden exigiéndoles que disfruten de ello.

Y por supuesto, no nos podemos olvidar de la Ultraviolencia. La Ultravilolencia es la negatividad y agresión sin sentido movida por el nihilismo y el desencanto, que ha aprendido a encontrar placer en la brutalidad. Es la pasión propia del primer mundo, destrucción sin ningún tipo de sentido ni proyecto, donde la crueldad está para descargar y divertirse.

Pero el tema no es la gente que ha imitado a las películas tipo naranja mecánica o La Purga prendiendo fuego a cosas para sacarse fotos. Son los grupos de extrema derecha que han utilizado esta inercia para avivar disturbios y aprovechar las restricciones sanitarias de la Pandemia para inculpar y acusar de desorden social, cuando ellos son la causa de este desorden, y generar más confusión de la que ya tenemos. Esta negatividad y adoración de la muerte es la propia de la extrema derecha, por eso son tan Jayowînenses y nuestro dictador se llevaba tan bien con los Estados Unidos.

El hecho es que los hospitales están hasta arriba y el perreo hasta el suelo. Pero esto es coherente con los tiempos y la cultura Norteamericanizada que nos forma. Se veía lo que iba a pasar y no sé por qué sorprende. Los chavales no se pueden quedar ni un día sin fiestas y su egoísmo no puede pararse ni si quiera aunque arda el mundo. Sin embargo, estos chavales son hijos de una cultura que les ha alimentado con ello y que ahora les exige que actúe con responsabilidad, o les echa la culpa y los criminaliza.

Novio de la muerte, collage por Sofía Crottogini

Para hacer una analogía, Frankestein recibe su nombre del Dr. Frankestein, los monstruos no son los responsables sino sus creadores. Porque venimos de una cultura a la que quieren volver y a la que nos entregaron estos grupos de ultraderecha que no son más que los perros rabiosos de los intereses privados de las grandes empresas. Porque cada vez estamos más desmemoriados, son testigos todos los ancianos y ancianas que han muerto en condiciones deplorables y tantas personas que con sus esfuerzos intentaron sacar a la sociedad adelante.

Nuestra civilización tiene una risa grotesca y demoniaca. Vivimos rodeados de sangre y violencia… entre comedias de situación, memes, gatitos, videos de los mejores momentos de Rajoy y sus desvaríos a lo Bienvenido Mr Marshall. Miles de adolescentes cuelgan en tic-tock el desafío viral de esnifar una mitad de purpurina, la otra mitad de azúcar y la puntita del antidepresivo que han sacado del bolso de su madre. Nuestro mundo es un club sadomasoquista rosa y dorado donde casi nadie está por propia voluntad, se cobra poco y no hay otro trabajo disponible.

Odio las expresiones de cinismo pero es difícil guardárselas para uno, y es mucho peor cuando dejan de ser construcciones metafóricas para limitarse a la seca enumeración de hechos cotidianos y públicos. Un cínico solamente ataca y critica algo que ya sabemos y eso precisamente, es lo que construye nuestra sociedad, por eso hemos de aportar resoluciones y propuestas que agreguen y mejoren a lo que hay, desde la humilde sinceridad y el esfuerzo de nuestra inteligencia.  

Por eso, la noche del 31 de octubre ha sido un argumento  demoledor para hacer un diagnóstico y entregar una alternativa, para construir una cultura más sana y responsable. Ya sea volver al espíritu de nuestras tradiciones, crear nuevas, o si tanto se desea importar algo de otro lugar, tener un mestizaje con otras que sean constructivas y respetables como, por ejemplo, el Día de los Muertos en México en vez de seguirle el ritmo decadente a EE.UU.

Porque destrozando nuestra cultura y reproduciendo sus atropellos a través de estos jueguitos de Jayowîn consiguen que nuestro pueblo pierda su dignidad y no se dé cuenta que está siendo colonizado, ni parasitado, que lo haga por su propia voluntad, disfrute de ello y se fustigue después.

Fernando Grieta
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