Entre2vistas

Josefina Martos: “Existe un mundo de sombras, quizá desesperadas, pero complementarias de la luz”

Josefina Martos
Josefina Martos

Josefina Martos: “Existe un mundo de sombras, quizá desesperadas, pero complementarias de la luz”

Josefina Martos Peregrín nace en Madrid (1954) y reside en Granada tras una larga etapa en Guadix. Es narradora y poeta, traductora y fotógrafa. Licenciada en Filosofía y Letras (Historia Moderna y Contemporánea) en la Universidad Complutense, trabajó como auxiliar de laboratorio de anatomía patológica y traductora (en los ochenta y noventa), pasando por su afición a la geología y la botánica. Ha traducido textos de historia, arte y medicina, junto a ocasionales obras literarias.

Ha publicado los libros de relatos ‘Myriastérides y otros relatos’ (Port Royal, 2006) y Nocturnos (Nazarí, 2014) y El mar y los siglos (Esdrújula, 2017), la novela ‘La cumbre del Silencio’ (Atlantis, 2012; ganadora de la 4ª edición de los Premios Atlantis) y el poemario ‘Mortalmente vivo’ (Dauro, 2014). En 2009 quedó finalista en el Premio de Narraciones Breves Antonio Machado con su relato ‘El toque dramático’. Ha participado en varios libros colectivos de poesía, como ‘Enredados’ (2011), ‘Guadix se nos hace nostalgia’ (2014), ‘Todo es poesía en Granada’ (2015), ‘El pájaro azul. Homenaje a Rubén Darío’ (2016). ‘Nocturnario (101 imágenes y 101 escrituras) sobre collages de Ángel Olgoso, Eros y Afrodita en la minificción’ (antología internacional compilada por la ensayista y microcuentista mexicana Dina Grijalva;) ‘Amor con humor se paga’ (edición de Elvira Cámara), ‘Granada no se calla’ (Esdrújula 2018) y la antología de microrrelatos ‘Hokusai’, en torno al grabado japonés en la revista Brevilla.

En su labor fotográfica, destaca su participación continua en Eyeseverywhere-Ojos por todos lados, colectivo internacional de mujeres fotógrafas coordinado por Elizabeth Ross. En su faceta ‘musical’, participa en el libro-disco ‘La caja de música de Erik Satie’ (ed. Allanamiento de Mirada, 2018).

Forma parte, como sátrapa trascendente, del Institutum Pataphysicum Granatensis y en la actualidad se halla inmersa en la que será su próxima novela, ‘El Libro de los Espejos’.

Fernando Jaén: Lees desde pequeña, y a edad temprana también empezaste a escribir, como si ambas actividades fueran una especie de vasos comunicantes. Da la impresión de que es la constancia, y no tanto las musas, la que está detrás de tu trabajo. ¿Es el camino que crees que le convierte a uno en escritor?

Josefina Martos: Antes de aprender a escribir imaginaba historias, salían solas, surgían sin esfuerzo, con una facilidad que fue desapareciendo a medida que iba creciendo y leyendo. No las recuerdo y probablemente no ofrecían especial interés. Entonces creía en las hadas, con sombrero de cucurucho y varita mágica: creer en las musas ahora sería algo equivalente; qué fácil valerme de la varita mágica de la inspiración. Y por qué no, si está demostrado en docenas de cuentos: el caminante perdido en el bosque encuentra al hada que le concede deseos; el artista vuelve borracho a casa y, entre las brumas del alcohol o de un café hirviente, surge el soplo que le dicta páginas magistrales, y así cada día, cada noche. Leyendas, cuentos, milagros de santoral… Todo es posible, pero yo no conozco más camino que el trabajo, aunque aún se adore la idea romántica del arrebato creador. 

Cierto que alguna vez he sentido ese entusiasmo fructífero y he escrito dejándome llevar por un estallido espontáneo de creatividad, pero estoy convencida de que no se hubiera producido sin la inmersión continua en el trabajo.

“Yo no conozco más camino que el trabajo, aunque aún se adore la idea romántica del arrebato creador”

Javier Gilabert: Acabaste tus estudios durante los últimos años del Franquismo y  la subsiguiente Transición. Sin duda, las cosas no serían fáciles para una mujer en aquella etapa de nuestra historia. ¿Hasta qué punto han cambiado las cosas? ¿Qué camino queda por recorrer?

Josefina Martos: Nada es fácil en ninguna época. Entonces sufrí por las sinrazones franquistas y después por las inherentes a la Transición y al mal funcionamiento demócrata. Evidentemente moverse en un país con democracia reconocida y Constitución vigente facilita la vida y la justicia, pero, con todo y a pesar de Franco y su régimen, yo me tomé muchas libertades; las pagué a alto precio, pero me alegro de habérmelas tomado. Claro que vivía en Madrid, donde los que creíamos que íbamos a cambiar el mundo éramos  por lo menos cuarenta gatos. Para mí la mayor represión venía de mi propia familia, y no se trataba de una familia de derechas, pero en la decencia todos los padres y madres actuaban al unísono.

Precisamente en este aspecto, fundamental, de las libertades personales es donde más hemos avanzado, porque en el aspecto económico no estoy tan segura, el capitalismo se vuelve cada día más inhumano y no hablo de sentimientos –ningún sistema económico los tiene- sino de maquinismo creciente, de poderes financieros soberanos y de su capacidad para funcionar prescindiendo de los derechos y de las necesidades humanas.

La democracia es el menos malo de los sistemas políticos y, por lo mismo, preferible a cualquier otro, pero no debemos caer en el “vota y olvídate”, se precisa una vigilancia constante.

“No milito en ningún partido, me provocan sarpullido las consignas y huyo de los dogmas” 

J.G.: ¿Cuánto de social tiene tu literatura? ¿Crees que escribir puede trascender a lo social, ser un agente de cambio en una sociedad como la que, desgraciadamente, parece retroceder en muchos aspectos?

Josefina Martos: No milito en ningún partido, me provocan sarpullido las consignas y huyo de los dogmas. No creo que la literatura -ni el arte en general- pueda cambiar la sociedad; sin embargo, me preocupan, y mucho, los problemas actuales; principalmente, el cambio climático, porque nos va a afectar a todos, hombres y mujeres, países ricos y países pobres, migrantes y estables, animales y vegetales. Se nos echa el tiempo encima y no hacemos nada, salvo detalles insignificantes: ¿no utilizar las bolsas de plástico? Vale, pero lo que tendríamos que exigir es que se deje de fabricar plástico, pero, claro, resulta que es un subproducto muy barato del petróleo.

No pretendo cambiar el mundo, sólo intento ser consecuente y honesta en mi vida; supongo que mi manera de cuestionar la realidad se refleja en mi literatura, pero se refleja, sobre todo, mi forma de sentir y mirar.

No me gustaría en absoluto patrocinar lemas ni marcar el pensamiento de nadie, aunque sé que eso favorecería fama y ventas; sí desearía, en cambio, fomentar la reflexión, la controversia y la imaginación. No es pequeño deseo.

F. J.: Tus personajes son de lo más variado, algunos inciden en la propia duda y la autocrítica. ¿Qué te han enseñado tus personajes? ¿Te siguen acompañando una vez los has dejado escritos en el papel?

Josefina Martos: Nacen de mí, desde luego, pero no son “yo”; a menudo, ni siquiera se me parecen. Sería muy aburrido crear trasuntos de mí misma, una vez y otra. Como he dicho, del afán de comprender surgen algunos. Otros, de los sueños, que suelo recordar cuando despierto o a lo largo del día. No es que sueñe con Aglao, por ejemplo, la sirena original del siglo XX protagonista de Biomyth, pero sí me sumerjo en el mar y buceo sin necesidad de aparataje, descubro grutas submarinas atravesadas de música… Un sueño maravilloso, hasta que me entra hambre y recuerdo que no sé atrapar peces. Este de los sueños forma un mundo rico y complejo, del que contaré mis experiencias en algún libro, en alguna ocasión.

Personajes que nos chocan, nos maravillan, que tememos o amamos, soñados y sentidos… pugnan por salir, por cobrar vida, pero, curiosamente cuando los escribo, cuando los construyo y pasan a formar parte de una obra, emprenden una carrera autónoma, se olvidan de mí y dejan de acosarme.

“Desearía fomentar la reflexión, la controversia y la imaginación”

J.G.: ¿El humor nace o se hace? ¿Cuánto de buen (o mal) humor hay en tus textos?

Josefina Martos: El humor, como todo, nace y se hace. Una parte viene con nosotros, de fábrica, y otra, la decisiva, se desarrolla y se educa a lo largo de la vida. Con toda seguridad, forma parte de mis relatos, en mayor o menor medida, puesto que no puedo evitarlo y me parece una buena cualidad. Contribuye a la reflexión, descarga tensiones y enriquece el punto de vista.

F. J.: En tu libro ‘Nocturnos’ (Nazarí, 2014), exploras el mundo del relato y abordas temas difíciles de personajes que viven en las sombras de esta sociedad. Sin embargo tengo la sensación que siempre dejas al lector una rendija de luz. ¿Hay lugar para la esperanza en estos relatos, en estos tiempos?

Josefina Martos: De la caja de Pandora escaparon todos los males, o todos los bienes -según otra versión- menos la esperanza, ¿qué significa?, ¿que la esperanza es lo último que se pierde o que en el mundo hay de todo menos esperanza? No lo sé. Personalmente, no creo que la especie humana se perfeccione; no hay correspondencia entre dominio técnico y altura moral. Los seres humanos podrán llegar a otras galaxias sin que eso suponga avance espiritual alguno. Existe un mundo de sombras, quizá desesperadas, pero complementarias de la luz. Cuando se hizo la luz, se hizo la sombra. Cuando surgió la vida, surgió la muerte. Yo así lo comprendo, pero amo la vida y me agarro a ella. Y no dejo de observar.  Sí, busco rendijas y no encuentro otras salvo el amor y el respeto; sobre todo, el respeto; nadie puede obligarnos a amar, pero debemos, nosotros mismos, obligarnos a respetar: lo que no entendemos,  lo que nos disgusta, incluso lo que odiamos, poniendo la razón por encima del sentimiento.

Algunos de mis personajes surgen de un ejercicio de comprensión, de una investigación personal dirigida a entender lo que no entiendo o, mejor dicho, a quien no entiendo. Valiéndome de la imaginación y de ese difícil trance que consiste en ponerse en lugar del otro, me propongo no solo hablar, sino sentir y pensar como, por ejemplo, una vieja afectada de síndrome de Diógenes, o un joven retraído devorado por una tenia secreta, o un judío sefardita en el Estambul del siglo XIX. 

Para mí escribir es vivir diferentes vidas, tantas como personajes nacen de mí misma. Esto suelen proclamarlo actores y actrices, pero me parece aún más cierto  referido a escritores.

“Escribir es vivir diferentes vidas”

F.J.: En ‘Mortalmente vivo’ (Dauro 2014), un verso de Celaya te sirve para editar tu primer poemario, de una hondura y verdad innegables. Este libro es un homenaje a tu marido,  tu compañero, que falleció de forma abrupta hace unos años. En el libro das testimonio “de que el amor existe… hay que amar aunque duela”, escribes. ¿Te sirvió este libro de consuelo? ¿Es el amor un viaje hacia el dolor?

Josefina Martos: No es que me sirviera de consuelo, pero escribir me ayudó. Intentaré explicar esta aparente paradoja.

Pasé meses sin poder leer, haciendo como que leía, de esa manera en que miras la página, lees una línea y la vuelves a leer y con la misma página y la misma línea pasas horas y, sin embargo, no sabes qué has leído. Si esto me ocurría al leer, imaginad la aventura de escribir. Imposibilidad absoluta durante un par de años, salvo que escribiera sobre lo que me torturaba: el dolor, la muerte, el rencor, el deseo de morir, la incomprensión general, el aislamiento. Nada de lo escrito entonces merecía formar parte de un libro, pero a mí me sirvió para no estallar y quizá también para mantener la práctica de escribir. Poco a poco fui asomándome al exterior, abriendo vías de dentro afuera, analizándome y hallando referencias, si no universales, compartidas con gran parte de mis congéneres. A partir de ahí nacieron versos que podían interesar a otras personas. En cualquier caso, todo lo no publicable, que conservo, me ayudó a analizarme, a conocerme, a situar el amor, a valorar la vida y la muerte. En concreto, comprobé cuánto se teme a la muerte en esta sociedad tan artificial, cómo se huye hasta de su nombre; se la considera no solo indeseable, sino también obscena, al tiempo que televisión, juegos, internet, cine y la totalidad de los medios nos machacan con multitud de muertes virtuales. Nos movemos entre contradicciones desquiciantes; por ejemplo, un niño de diez años puede –e incluso debe- ponerse un disfraz de muerto viviente, putrefacto y terrorífico, en Halloween, pero no puede –e incluso no debe- asistir al velatorio de su abuelo.

Definitivamente, amor y dolor van de la mano. Recuerdo una atinada observación de Miguel Delibes en La sombra del ciprés es alargada. El protagonista, al ver la alegría de novio y novia en una boda, juzga “No estarían tan alegres si pensaran que uno de ellos enterrará al otro”. Aunque solo fuera por esta indiscutible verdad, amor y dolor se unen siempre; pero, poco después, el mismo lúcido “aguafiestas” se arrepiente y discurre que pensar en la muerte a la hora de la boda, sería comparable a que los melocotones en sazón se helaran pensando en los cierzos de invierno. Cada cosa a su tiempo.

“Se pueden practicar todas las artes si se saben encuadrar en un orden”

J.G.: “Quien mucho abarca poco aprieta”. No obstante, tú consigues ambas cosas. ¿Qué disciplina te llena más? ¿En cuál crees que te desenvuelves con más soltura?

Josefina Martos: Sin duda alguna, la literatura constituye mi campo principal. Escribo cada día porque no sabría vivir sin ello, pero es cierto que en épocas pasadas predominó la fotografía y en alguna otra incluso la pintura y el dibujo.

Pero mantengo lo dicho, “quien mucho abarca poco aprieta”; me hubiera ido mejor si hubiera tenido claras las prioridades. Seguramente se pueden practicar todas las artes si se saben encuadrar en un orden, pero yo no sé; salvo en literatura desde hace unos años, en los demás campos me dejo llevar por arrebatos, por las ansias repentinas de coger lápiz, carboncillo, tinta, lo que tenga a mano. O de salir a la calle y fotografiar luces, gentes, sombras…

Recuerdo una época en la que no tenía dinero para nada y solo me quedaban algunos botes de Titanlux a medio acabar: pinté por las paredes del piso y luego mi ropa, pantalones, camisas… Me miraban mal cuando salía a la calle, claro, eran los años setenta. Quizá esta sea una de las razones por las que me he dedicado más a la literatura: salía mucho más barata que la pintura o la fotografía; no olvidemos que no existían los teléfonos móviles, las cámaras de calidad eran caras y los carretes -y su revelado- se llevaban mucho dinero.

Ahora, y desde hace lustros, sí me permito el exquisito y asequible lujo de fotografiar cuanto quiero.

J.G.: ¿Cómo influye en tu vida y en tus escritos el hecho de ser Sátrapa Trascendente, del Institutum Pataphysicum Granatensis? Y para los legos en la materia… ¿Qué es eso exactamente?

Josefina Martos No me influye especialmente, porque si me planteé formar parte del IPG (Instituto Patafísico Granatensis) se debió a que ya disfrutaba de un talante patafísico, de modo que no me ha cambiado la vida, aunque sí la ha enriquecido, sobre todo en el aspecto personal, por la amistad con algunos de sus miembros, por el nexo intelectual que mantenemos… Pero mejor perfilo brevemente qué cosa sea la Patafísica:

Padre: Alfred Jarry (1873-1907), uno de esos franceses que recibe una esmerada educación y la dilapida en genialidades excéntricas, quizá la mejor forma de aprovecharla.

Jefe: Ubú Rey, también llamado “Padre Ubú” o “Tío Ubú”. Jefe hiperbólico, se complace en dar órdenes que los patafísicos nos complacemos en desobedecer. Recuerda gravemente a Franco, hasta en el porte; representa el poder arbitrario y atrabiliario. Y mucho más. Por cierto, también me recuerda a Puigdemont, en su comportamiento. Y a unas cuantas docenas de dictadores varios.

Patafísica: ciencia dedicada al estudio de las soluciones imaginarias y las leyes que regulan las excepciones; como ejemplo de excepción a todas las reglas, valga nuestro Optimate Aparente, des-ocultador, proveedor y propagador Ángel Olgoso, magnífico escritor y amigo.

Seguidores: integrados en una organización jerárquica apabullante que comprende los cargos de sátrapa, proveedor, regente, vicecurador, entre otros. Y naturalmente Departamentos, Comisiones, Subcomisiones. Se trata de una organización muy compleja que pretende alcanzar la difícil inutilidad.

Por citar algunos miembros famosos: Raymond Queneau, Boris Vian, Jacques Prévert, Umberto Eco, Joan Miró. Más cercanos y vivos: José María Merino, Luisa Valenzuela, Andrés Sopeña. Disculpen los no citados pero no por ello menos apreciados.

Conclusión no concluyente: las únicas condiciones imprescindibles para ejercer la Patafísica son la irreverencia y el humor. Meta deseable: el taladro en espiral de las superficies cautelosas.

F.J.: Ángel Olgoso, uno de los grandes maestros del relato en nuestra lengua, escribe el prólogo de tu último libro ‘El mar y los siglos’ (Esdrújula, 2017). Es un libro de relatos de muy diversas influencias donde Ángel te define como una escritora única y al libro como un “animado tapiz boscoso, rebosante de portentos”. ¿Qué nos muestras en este crisol de relatos? ¿Qué significan para ti Olgoso, y sus elogiosas palabras? 

Josefina Martos: Agradezco sinceramente las palabras de Ángel, precisamente por ser uno de los grandes, y soy tan inmodesta que las considero justas. Recibir el reconocimiento de los mejores anima; en mi caso, que tiendo al desespero y padezco de autoestima vacilante, recibir el reconocimiento de buenos escritores, y buenos lectores, me ayuda a continuar en los momentos en que me parece que ningún arte tiene sentido.

Sin duda ‘El mar y los siglos’ reúne relatos más soleados que aquellos de ‘Nocturnos’, lo que no significa que carezca de nocturnidad ni de alevosía, en el buen sentido: me propongo sorprender al lector, llevarlo a lugares y gentes desconocidos en viajes inesperados. Trabajo mucho en este libro con el Tiempo, “El Tiempo era un vasto mar que me tragaba” dice Valle Inclán en la cita de “La lámpara maravillosa” del inicio. Desde la portada, ese niño que mira el mar a través del cristal nos anuncia el cambio continuo, la imparable sucesión de olas, luces, momentos que formarán su vida.

Sin embargo, apenas hay relatos basados en anécdotas personales; acudo más a recuerdos de objetos humildes, esas pequeñas cosas que ya no existen o no encontramos, como las mariposillas de naipes que flotan en aceite; o la línea de mar que contemplaba mi madre desde un cortijo ya derribado, o la riqueza lírica de un tango antiquísimo en ‘Cuando la vida sea verdad’. 

Memoria de lo no vivido que, no obstante, me agita el alma. Grandes dosis de imaginación más sentido crítico -que no panfletario- unido a menudo al sentido del humor. Y mucho mundo visto, cercano y lejano: con estos ingredientes principales preparo mis cuentos, añadiendo especias varias y medios diversos que sería aburrido detallar. ¡Cuidado! Esto no significa que maneje recetas secretas como doña Misericordia Hernández en su obrador de pastelería, manejo elementos literarios conocidos, procurando combinarlos bien.

J.G.: Sabemos que estás inmersa en la creación de una novela. ¿Qué nos puedes contar sobre ella? ¿Hay a la vista posible fecha de publicación?

Josefina Martos: Me está dando mucha guerra esta novela, se me van presentando cambios a medida que escribo, pero esto mismo la hace especialmente apasionante y viva. Sin duda, existen formas que la podrían simplificar, trucos para organizarla más racionalmente; lo sé, los conozco y no me interesan. Quiero escribir lo que quiero escribir, me lleve a donde me lleve, otra meta no me atrae. Así que no, no puedo prever la fecha de publicación; solo puedo adelantar el título: ‘El Libro de los Espejos’.

J.G.: Momento “carta blanca”. Elige un final para esta entre2vista.

Elijo un fragmento de ‘El Libro de los Espejos’, para abriros el apetito (no olvidéis que habla la protagonista, una mujer que no soy yo):

No me engaño, percibo que mi desagrado ante el espejo no procede únicamente de la insatisfacción por mi cuerpo. Hay más, presiento una amenaza. Como la hubo para Narciso al contemplarse en el agua… El agua, el espejo primario, el origen de todos los espejos. Temo por mí, por mi alma y por este cuerpo que mal que bien voy arrastrando por aguas someras, lagos calmos, llanuras mareales…

Supongamos que alguna vez, en una capital remota y asiática, alguien, un óptico, un mago, fabricó un espejo convexo, una semiesfera pulida y brillante que comenzó a ofrecer a quienes le visitaban: se miraban, se veían monstruosamente abombados y huían presa del espanto. ¿Qué pensaban? ¿Acaso no sospecharían haber sido deformados por las malas artes del hechicero? Ciertamente no quedarían tranquilos hasta que cualquier transeúnte les asegurara que su aspecto era normal, que lucían como todo el mundo. Pero no les bastaría, aún los veríamos correr ansiosos a su casa, causando el asombro de las gentes, del mercado, del zoco, para preguntar cuanto antes a su esposa, a su hermano, al sirviente de confianza ‘¿Cómo me ves?’.

Eso mismo me pasa a mí, sin necesidad de asustarme ante un espejo convexo; me sucede cuando averiguo demasiado, cuando experimento con luz y oscuridad, cuando me contemplo hasta la huida en la luna especular. Porque la realidad huye, tengo necesidad de preguntarme quién soy. Y de preguntar a los demás: “¿Me ves igual que ayer?”

Poemas de Josefina Martos

Papel pintado  

Papel pintado, urge papel pintado
porque los gritos se graban en las paredes
y la rabia rasca surcos en el yeso.

“Quiero ser astronauta,
exploradora, recorrer ríos salvajes,
no casarme nunca y amar siempre,
bañarme desnuda en orillas blancas”.

Tonterías. Vergüenza.
Se lo digo a tu padre.
Puta indecente.
¿Por qué esta hija, Dios mío?
¡Qué desgracia de niña loca!

Un bofetón. Un rosario. Una amenaza y un beso. Una paliza.
Dos vueltas de llave.
Una habitación cerrada pero monísima.
Una ventana velada de encaje
que disimula las rejas.

Y por los siglos de los siglos,
mil cisnes agonizantes,
un millón de flores de estufa,
trescientas mil mariposas muertas.

Papel pintado,
urgen kilómetros de papel pintado.
Para tapar la rabia,
las heridas,
los sueños.

Historia del Darro (que se creyó río y libre)     

– 1 –

Quizá de joven  lo creía,
sí, también él creyó
elegir cauce y destino
y se sintió dueño único
de riberas vivas
y  aguas presurosas.

Baja por donde quiere,
salta,
sonríe a los pájaros cantores
que le alaban
y perdona la vida a los cuadrúpedos,
pues
todos, todos, dulces o fieros,
inclinada la cerviz,
agachan la cabeza ante él,
para beber.

¿Oro en sus arenas?
No le choca:
tributo natural a la realeza,
que, como rey, regala a su capricho.

Corría feliz,
despreocupado,
cuando en la noche llegaron los ladrones
y le atracaron sus aguas en acequias.
Quedó descolorido y tembloroso.
Ya nada fue igual,
se supo frágil

– 2 –

y aunque pronto recobró las fuerzas,
nunca más la fe en su albedrío

adentró en la ciudad desconcertado,
tímido ante la grandeza de la Alhambra,
temeroso del hombre,
ese bípedo implume incomprensible 
que ensucia sus aguas
sin dejar de cantarle poemas,
y ahoga y comprime  cauce y caudal
al tiempo que le regala
jardines, paseos,
puentes enamorados…

Desconfiaba,
con cien burbujas miraba a todas partes,
pero nunca llegó a imaginar
la traición definitiva:
Granada,
que aún le hablaba de amor 
en Santa Ana,
un momento después
lo enterró vivo.

El lago      

Con el viento de otoño
se propagan las ondas en el lago,
afianzan las algas sus raíces
  en la más turbia certeza.

 Bajan los animales a beber
 pero yo me quedo al margen,
 entre los filos de sombra,
 aguardando la última quietud,
 acechando el silencio del agua,
 el momento milagro
 en que se hará visible tu reflejo.

Pequeño drama de invierno

Cincelado instante.
Aristas hambrientas en  cristal de hielo.  

Se  refugia la sangre 
en las madrigueras más hondas.
Se aprietan los cachorros en un abrazo oscuro
luchando por fundirse
con la madre calor,
la madre láctea,
la madre caricia.  

Hembra recién parida            
que cierra los ojos ante el espanto
de tanta boca ávida
y el campo yerto. 

Aquel calor amarillo…
Saliva sabrosa,
escalofrío incrédulo
cuando recuerda los días
de fragantes frutos dulces 
sobre mullidas hojas.

Fulgor ardiente, verde jugoso
para el que nunca vivirán sus crías.

Amordazada de nieve
enmudece la noche.

Javier Gilabert / Fernando Jaén

Javier Gilabert (Granada, 1973). Casado y padre de dos hijos. Maestro desde hace cuatro lustros, disfruta trasmitiendo su amor por las palabras a unos alumnos de los que afirma aprender cada día. Cuenta entre sus filias la poesía, pasión que ya alentaran sus primeros maestros y con la que afirma haber “jugado” desde la infancia; ésta ha desembocado en su primer poemario, ‘poeAmario’. Siempre atento a las palabras y ávido lector, manifiesta su preferencia por la poesía nacional, especialmente de las Generaciones del 98 y del 27 (en la que incluye y subraya a Miguel Hernández Gilabert), pasando por las más actuales hasta llegar a coetáneos como Montiel, Praena, Iniesta o Jaén, que combina con otra de sus aficiones, la música, de cuyas letras también aprende y destaca las del “maestro” José Ignacio G. Lapido (091).

Fernando Jaén (Granada, 1975). Como poeta ha publicado 'El corral de las cuatro esquinas' (Dauro 2002), 'Los ciclos brutos' (Comares 2012), 'Los días del barro' (Comares 2014) y 'Las orillas difíciles' (Oblicuas 2015). Incluido en 'Todo es poesía en Granada', por el antólogo José Martín Vayas (Esdrújula 2015). Participa en 'Nocturnario', obra colectiva coordinada por Ángel Olgoso y José María Merino (Nazarí 2016). Aparece en 'Pájaro Azul', edición de Marina Tapia, homenaje a Rubén Darío (Artificios 2016).
Ha colaborado con A.L. Guillén en distintas aventuras artísticas y musicales como 'Capricho 69' (1993), 'Restos' (1998), 'Amor sin misericordia' (2003) y 'Aprojimación a tu ciclo' (2013). De este diálogo ascético surge el documental 'Alfa y Omega' (2012).
Es miembro del Institutum Pataphysicum Granatensis y del proyecto anartístico Gruppo Ungido. Para el autor, médico de profesión, "la poesía es la fuerza que te permite sobrevivir en la fragilidad".
Javier Gilabert / Fernando Jaén
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