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Lola López Mondéjar: «La identidad digital provoca desindividualización y conformidad»

Lola López Mondéjar
Lola López Mondéjar

«La identidad digital provoca desindividualización y conformidad»

El Centre Pompidou Málaga ha impulsado el Ciclo ‘Utopías personales’ para complementar la exposición ‘Utopías modernas’, ciclo que ha pretendido indagar en dos conceptos urgentes que están configurando buena parte de las variables de la sociedad contemporánea: identidad y utopía. La psicoanalista y escritora, Lola López Mondéjar, participó en una de las sesiones de este ciclo.

¿Qué entendemos por identidad? ¿Y en qué se diferencia de la subjetividad?

La identidad tal y como la entendemos hoy no fue siempre así, sino que es un concepto que se crea progresivamente a lo largo de la historia, desde el siglo XIII hasta nuestros días, con la progresiva laicización e industrialización de nuestras sociedades, la imprenta, la universalización de la lectura y la escritura y la educación.

Hoy entendemos por identidad la conciencia que el individuo tiene de sí mismo como un ente separado de la colectividad, aunque su sí mismo sea una mera reproducción acrítica e imitativa de los eslóganes sociales. En este sentido hablaríamos de individuos, con identidades básicamente homogéneas, encarnación de los constructos sociales.

Por subjetividad, por el contrario, entendemos una búsqueda inacabada de la construcción creativa del sí mismo, mediante un proceso ininterrumpido de desidentificaciones y nuevas identificaciones, siempre fluido e incierto, radicalmente multidimensional, y que no se termina sino con la muerte. Esta subjetividad refleja a las claras una voluntad individual de existir independientemente de la sociedad de pertenencia.

Hablemos ahora sobre los procesos de construcción identitarios. ¿Cuáles son aquellos factores determinantes en estos procesos de elaboración?

Para gran parte de la filosofía la identidad va ligada a la memoria y al cuerpo y, sobre todo, al reconocimiento de los semejantes, aquí estaría pues la importancia del grupo, de la nación. La adquisición de identidad es un proceso individual y social que se realiza en el seno de una comunidad, hasta el punto que cuando esta retira su reconocimiento, la identidad se problematiza enormemente.

Freud, por su parte, nunca habló de identidad sino de identificaciones, que serían las marcas que quedan en el psiquismo de la relación afectiva con el otro. Estas identificaciones son múltiples y cruzadas, contradictorias, parciales, y hoy nos sirven muy bien para comprender cómo se construye la identidad.

El sociólogo Zygmunt Bauman elaboró el concepto de identidad líquida acorde a su modelo de realidad líquida en contraposición con la realidad sólida, donde todo estaba casi determinado y era firme, fruto de un contexto radicalmente distinto al actual; la realidad líquida desaparece, fluctúa y está en continuo movimiento, ya sea en el plano profesional o personal. ¿Cuáles son las principales características de la identidad líquida?

Como bien afirmó Karl Marx, la producción capitalista no solo produce un objeto para un sujeto, sino también un sujeto para el objeto. El capitalismo es un modo de producción de subjetividad, y el capitalismo de consumo contemporáneo produce una intimidad vacía que impide la creación de sujetos en el sentido que hemos expuesto antes. Zygmund Bauman llamó a esta identidad producida por el neoliberalismo “líquida”, condicionada por el individualismo y la incertidumbre propios de las sociedades capitalistas y neoliberales, por el consumismo delirante y por la pérdida de vínculos humanos, así como por la alienación digital y la restricción de las libertades a favor de la seguridad, a la que se sacrifican las primeras. Estas identidades líquidas son las que más se adaptarían a los requisitos impuestos por el mercado, como la precariedad y la deslocalización.

Bauman nos advirtió de la paradoja de que allí donde el neoliberalismo habla de individualismo a ultranza, en realidad lo que produce son sujetos homogéneos, que se sostienen mediante un “fetichismo de la subjetividad”, es decir, una identidad pretendidamente individual pero basada únicamente en elecciones de consumo que, paradójicamente, son propuestas por el mercado, que nos iguala como consumidores.

Discursos identitarios en el siglo XXI. Paradigmas sólidos – patria, religión, …- frente a paradigmas líquidos…

El sujeto moderno, aquél que podríamos identificar como el que predominó hasta casi finales del siglo XX, puede ser caracterizado por una identidad sólida, construida sobre el valor del trabajo, la responsabilidad y el compromiso a largo plazo, el matrimonio y la educación de los hijos. Estos valores se fueron desvaneciendo con la revolución industrial y el ascenso del capitalismo financiarizado, que nos ha dejado un mundo laboral precario y ha roto con todos los ideales que sostenían esta identidad.
La identidad líquida supone que no estés comprometido con nada para siempre, sino dispuesto a responder a la mejor opción; velocidad, individuos ansiosos de novedades, en busca de satisfacción inmediata, que huye del compromiso. Este compromiso supone abandonar futuros beneficios por la lealtad adquirida en el presente, y es contrario al sálvese quien pueda y a las formas moralmente invertebradas de conducirse en la posmodernidad.

Bajo mi punto de vista, el sujeto posmoderno no tiene como mecanismo de defensa prioritario la represión, sino la disociación. Lo que lo convierte en alguien capaz de albergar sentimientos contradictorios sin integrarlos ni entrar en conflicto, pues salta de unos a otros sin solución de continuidad.
Sin embargo, la incertidumbre que comporta esta fluidez posibilita también el regreso defensivo a identidades muy sólidas: nacionalismos, fanatismos, machismos, como una forma de soportar la angustia que suscita la identidad líquida para algunos individuos que no se adaptan bien a ella y retroceden a zonas de seguridad muy conservadoras.

Llevas cierto tiempo investigando el terreno identitario, reclamando, lo que denominas la identidad híbrida.

Una identidad híbrida sería aquella que puede aceptar los aspectos más frágiles y vulnerables de nosotros mismos, escapando de la tiranía de la felicidad como imposición, y del éxito como obligación, pues ambos imperativos nos obligan a mostrarnos invulnerables frente a los otros. Híbrida porque se atreve a intentar integrar, nunca del todo, los aspectos contradictorios que nos habitan, tanto respecto al género como a los ideales o a los afectos. Híbrida también en cuanto a multidimensional y fragmentaria siempre, en constante proceso, en construcción. Contrapongo esta identidad a la identidad fija, cristalizada y estereotipada, que considero más patológica, más normopática, que diría una querida psicoanalista, Piera Aulagnier.

Sin embargo, su plasticidad no se trataría de una identidad líquida, pues no se abandona el esfuerzo por vertebrarse éticamente, por integrar los diferentes fragmentos, por soportar la contradicción y no solo huir de ella.

En nuestro presente, hay tres variables que influyen a la hora de poner sobre la mesa los distintos significados e implicaciones que arrastra la palabra identidad. Hablo del feminismo, de la era digital y del mercado. ¿Cómo se han visto modificadas nuestras identidades por estos factores?

Creo que el feminismo ha contribuido enormemente a los cambios que se han producido en las identidades de género hegemónicas y en la irrupción de un abanico de posibilidades de género que no se adaptan a ellas, abriendo una pluralidad de formas de ser que considero enormemente positivas.

Otra cuestión sería la era digital y el mercado. Ambas coinciden en proponer una identidad que, bajo el aspecto de una aparente singularidad, de una virtual explosión de diferencias, como se prometía, se ha demostrado uniforme y normativa. El cuerpo, por ejemplo, que parecía poder pasar a un segundo plano en la era digital, al estar invisibilizado, se ha convertido en la expresión máxima de la identidad con el uso de las redes como Instagram, o Facebook. El mercado y las redes sociales han contribuido a la formación de una identidad enteramente imaginaria, sin profundidad, externalizada, éxtima que diría Paula Sibilia. Esta propensión a la imagen, a la formación de un yo externalizado, disminuye considerablemente la capacidad reflexiva y el pensamiento crítico, así como la construcción de una interioridad, que se adelgaza considerablemente con el uso prioritario de las redes. Los estudios sobre la disminución de la atención, el exceso de información y la velocidad, insisten en este punto.

Y el género, ¿qué relación guarda con la identidad contemporánea?

Creo que quienes más reivindican la identidad de género en estos momentos son la ultraderecha (la mujer-mujer, el hombre cazador y “macho”), y los movimientos transgénero o queer. Estos últimos como una necesidad de erigir sujetos políticos para reivindicar sus derechos y dotarse de visibilidad. Sin embargo, apuesto por un mundo donde la importancia del género en la construcción de la identidad sea tangencial, como lo sería también la raza o el lugar de origen. Como dice Terry Eagleton, solo hay una cosa peor que la identidad, y es no tener ninguna; es decir, necesitamos una cierta identidad, aunque móvil, dinámica, híbrida, pues sin ella nuestra vida se hace inhabitable – en el ámbito de la psicopatología, la ausencia total de identidad hablaría del territorio de los trastornos más graves e incapacitantes-, pero esa identidad mínima puede no tener que pasar por el género que, a fin de cuentas es una construcción patriarcal, en el sentido de que ha sido el patriarcado quien se ocupó de subrayar las diferencias anatómicas y los distintos lugar de hombres y mujeres en la reproducción, para someternos y convertir esa diferencia en posterior desigualdad. A medida que el patriarcado vaya perdiendo fuerza, ojalá que así sea, el camino hacia esa hibridación de la que hablamos se hará más corto, y el género dejará de ser el eje de la identidad.

Horizontes como las nuevas tecnologías y el transhumanismo se perfilan como disciplinas determinantes a la hora de alcanzar esa realidad que podemos denominar identidad utópica, es decir, que uno pueda decidir quién quiere ser al margen del contexto de partida. Opinión sobre este asunto.

El optimismo tecnológico y el transhumanismo, así como algunas teorías queer que pretenden que se puede elegir libremente el género, o transitar indefinidamente entre un abanico de posibilidades identitarias, son para mí una muestra más de la omnipotencia de pensamiento que caracteriza al individuo posmoderno, identificado con una invulnerabilidad aparente, narcisista, que niega rotundamente su fragilidad. Pretender que seremos inmortales o capaces de elegir nuestro género, sin tener en cuenta los límites de nuestro psiquismo –la sobredeterminación inconsciente–, ni los de nuestro mundo –los límites del planeta–, es un síntoma de lo que he llamado “fantasía de invulnerabilidad”.

Esto es, la fantasía de invulnerabilidad que caracteriza a los individuos más adaptados al sistema sería para mí una defensa reactiva frente a un mundo insolidario y lleno de incertidumbres, que nos confronta con una precariedad angustiante. La salida de esta incertidumbre y de la angustia que comporta ese estado de cosas no es otra que su negación. Y para negarlas, nos identificamos con ideales ficticios de omnipotencia e insolidaridad, y rechazamos nuestra fragilidad, banalizándola, ignorándola, desatendiéndola. De ahí que el mecanismo de defensa más adecuado para adaptarnos a las propuestas actuales sea el de la escisión o disociación. Insisto, separamos la vulnerabilidad de la percepción de nuestro sí mismo, la negamos, la escondemos, y nos identificamos con la omnipotencia que también nos habita: somos Rambo cosiendo nuestras heridas, pero sufrimos de unas heridas que apenas se perciben ya. Al menos los más adaptados, esos individuos que hemos calificado de invulnerables e invertebrados.

La aparición en escena del entorno digital, a través de todas sus manifestaciones posibles, está modificando nuestra identidad y se ve influida por factores globales pues el acceso a otros mundos, otras pantallas, nos permite ocupar lugares que tienen un efecto en nuestra identidad, en la manera con la que nos relacionamos con el mundo. Este nuevo mercado de identidades, te ofrece la posibilidad de ser otro, es decir, si no te gusta quién eres en la realidad, tu Yo real, la actual confección de lo digital te ofrece un mercado de identidades que puedes asumir como propias.

La identidad digital se construye en base a alianzas e identificaciones con otros individuos virtuales, y sirve de identidad imaginaria – es una imagen vacía- frente a la ausencia de una subjetividad creativa y simbólica, siempre en proceso. Por ejemplo, si sufro de incertidumbre de género, buscaré en las redes si existe alguien como yo, lo que me acercará a la experiencia de otros que se definen como trans, lo cual me tranquiliza y concluyo que soy trans. De este modo, muchas personas angustiadas por incertidumbres y malestares, encuentran una identidad prestada en la red; por ejemplo, soy un TOC (trastorno obsesivo compulsivo), soy un PAS (persona altamente sensible), soy anoréxica o bulímica, y me evito la tarea de explorar mi propia angustia, mi disconformidad con lo dado, mi fragmentación, simplificando esa multiplicidad en una identidad cada vez más definida por otros -la psiquiatría, por ejemplo, ha contribuido mucho a esto-. Colectivos, grupos de consumidores, fans, hinchas, son modelos fácilmente accesibles a través de internet, que perfilan las identidades de manera imaginaria y acrítica. Luego se cristalizan adoptando los parámetros propuestos y se normopatizan.

Es decir, la identidad digital provoca desindividualización y conformidad, y no subjetividad creativa. Este es el problema.

En las redes se busca aceptación, afecto y complacencia, pero estas necesidades –de reconocimiento, en definitiva- se disfrazan y se ocultan sin cesar, porque son contrarias a esa fantasía de invulnerabilidad exigida por el pensamiento hegemónico neoliberal. No olvidemos, como apunta Remedios Zafra, que las formas clásicas de “reconocimiento social” han sido siempre asociadas a altos niveles de visibilidad pública, y que visibilidad sigue siendo lo que se busca en el entorno digital.

Las redes proponen pues un narcisismo imaginario, una ilusión de completud ficticia basada en la construcción de una imagen pública estilizada, donde se elige la representación que queremos ofrecer a los demás, y se oculta el resto.

Todo esto ha propiciado la homogenización y no la diversidad, y cuando, sin embargo, parecería que nos encontramos en la cima del individualismo, los individuos son cada vez más iguales, como ya dijimos. También, y esto es un peligro asociado, más manipulables.

A pesar de que se habla mucho de la falta de intimidad en las redes, para mí lo íntimo, en cuanto aquello que solo puede conocerse por la confesión del sujeto (sueños, pensamientos, motivaciones, relatos propios) no se expone nunca en la red, pues lo íntimo sería contar la necesidad de exponerse, y para esto no encuentran palabras los cibernautas, que no pueden simbolizar sus motivaciones con facilidad. Lo íntimo sería preguntarse ¿por qué elijo exhibir esto y no lo esto otro? Y la respuesta a esta pregunta, incómoda, nos proporcionaría una imagen menos idealizada de nosotros mismos.

La migración, ¿cómo de determinante es en la experiencia de la identidad?

Hay estudios que afirman que la falta de reconocimiento que sufren los inmigrantes, incluso la ausencia de reconocimiento legal a la que les someten las cicateras políticas europeas, produce efectos devastadores en su identidad. Si alguien no es nadie para otros, y el estado receptor es un gran otro, protector o perseguidor, esta situación acaba dañando la imagen de sí mismo del inmigrante, desposeído de derechos y sin puntos de referencia a los que agarrarse.

A menudo se producen, entre los migrantes, situaciones de caída depresiva, suicidios y otras patologías. Hace poco vi un documental, ‘La vida me supera’, que investiga los que se ha llamado “síndrome de resignación”, que afecta a los hijos de inmigrantes de los países nórdicos. Se trata de que los niños, que perciben la inseguridad de la familia, la falta de esperanza en el lugar de acogida, entran en una especie de estado de coma que se prolonga durante meses, incluso año y medio en algún caso, creo recordar, y salen de él cuando la familia obtiene el permiso de residencia o recupera la esperanza de obtenerlo. Esto es una manifestación muy vívida de cómo el psiquismo infantil percibe la angustia de los adultos y, cuando esta lo desborda, dimite de sus funciones y el cuerpo entra en una especie de estado vegetativo para huir del sufrimiento.

Para la gran mayoría la situación de desarraigo, aunque sea elegida, es siempre traumática porque pone en suspenso todas las referencias sobre las que se sostiene el sujeto. Las mujeres, además, sufren doblemente estas situaciones, como es bien sabido, pues además del desamparo de la migración, a menudo se las somete a violencia sexual.

Cristina Consuegra

Escritora, crítica literaria y musical.

Es miembro del consejo editorial de la revista universitaria de Cultura de la Universidad de Málaga, Paradigma. Colabora en La Opinión de Málaga con una columna de opinión, “Interferencias” y con entrevistas y críticas en las revistas digitales Microrevista, Otro Lunes y Paisajes Eléctricos; en las revistas literarias Alhucema, Nayagua (publicada por la Fundación José Hierro), El Maquinista de la Generación (publicada por el Centro Cultural de la Generación del 27); el fanzine Mitad Doble y las revistas especializadas en música Rockdelux, Mondo Sonoro (Andalucía) e IndyRock.

Ha participado en el volumen Descubrir el teatro contemporáneo; ha sido incluida en varias antologías poéticas
Cristina Consuegra
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