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Alberto Maqueda: “Los premios literarios llevan veneno”

Alberto Maqueda. Foto de María Fernández Martín
Alberto Maqueda: "Los premios literarios llevan veneno"

Alberto Maqueda: “Los premios literarios llevan veneno”

Alberto Maqueda, (Motril, 1979) estudió Magisterio (Educación Musical) y Filología Hispánica en la Universidad de Granada. En 1999 se edita su poemario ‘Claro de luz’ (Premio Genil de literatura de la Diputación de Granada). En 2001 queda finalista en el Premio Artífice de Loja con un libro de poemas titulado ‘Desnudos’. En 2003 publica ‘Sonata y selva’ en la editorial Silene/Minor (Accésit del Premio Federico García Lorca de la Universidad de Granada).

En la actualidad es profesor del área de Lengua Castellana y Literatura en el I.E.S. Federico García Lorca (Churriana de la Vega) y acaba de publicar ‘La ortiga lenta de la noche’ en la editorial Devenir, que presenta el 23 de mayo en Librería Picasso de Granada a las 19:00 horas y el 24 en el Centro artístico Hernández Quero de su Motril natal.

Javier Gilabert: Alberto Maqueda no es tu nombre real. ¿Por qué publicas bajo pseudónimo? ¿Y a qué se debe la elección de ese precisamente?

Alberto Maqueda: Cuando gané el Premio Genil me preguntaron si en el libro ponían mi nombre real o si dejaban el seudónimo con el que me presenté. Elegí el seudónimo como una forma de ocultarme pero quizá, más bien, porque tenía la estúpida idea de que al ser la poesía ficción debía corresponder igualmente inventándome una identidad distinta a la mía.

Alberto era un nombre que me gustaba y Maqueda lo elegí en la guía telefónica. Escogí Maqueda porque no me sonaba a nada ni a nadie. El nombre que pusieran me daba igual, lo que me preocupaba era no defraudar a los posibles lectores del libro. Lo he seguido utilizando en todos mis libros de poesía.

J.G.: Con 20 años publicas tu primer poemario y durante los siguientes tres tu actividad es notable. Se produce a continuación un lapso de tres lustros de silencio. ¿A qué se debe esta circunstancia? ¿Qué te ha sucedido, literariamente hablando, entre ‘Sonata y selva’ y ‘La ortiga lenta de la noche’?

Alberto Maqueda: Tuve mucha suerte al ganar el Genil y publicar tan joven. Fue una sorpresa fruto del azar que hoy recuerdo con gratitud y alegría. El salto a la publicación me parecía extraño y, a la vez, aterrador. Pocos años más tarde, con ‘Sonata y selva’, ese miedo inicial a publicar se disipó algo y, no sin ciertas turbulencias, decido sacarlo a la luz en la bellísima edición de Silene/Minor que dirigía mi amigo Narzeo Antino.

Después hice un breve poemario que acabé tirando porque pensaba que no superaba ni abría el “mundo poético” de los anteriores libros. Cuando se tira un libro completo y cerrado porque no cumple tus expectativas, la desilusión y la tristeza te acompañan junto a tus logros con la misma importancia —de todo se aprende—. Así supe que escribir no era una competición con los demás sino con uno mismo y dejé de escribir para dedicarme a otras cosas más vitales, como mi futuro profesional, por ejemplo. Me alejé de la poesía por completo y lo peor es que no me importaba. Quizá porque sabía que un día volvería a habitarla.

Hace cuatro años, comencé un poema que rescataba el título de aquel fallido poemario (‘Vulnerado el silencio’). De ese esqueje brotó la “ortiga”. En los versos de ‘La ortiga lenta de la noche’ el lector va a percibir ese “silencio”. Lo que pasó está en el libro y creo que al publicarlo he “vulnerado el silencio”.

Fernando Jaén: Has estado 16 años sin publicar nada, en silencio. ¿Qué te ha hecho dar el paso para sacar este libro?

Alberto Maqueda: Creer que ‘La ortiga lenta de la noche’ es algo parecido a lo que siento y entiendo por poesía y querer enseñarlo a los lectores.

“La palabra debe tratarse tan bien como el silencio”

F.J.: En ‘La ortiga lenta de la noche’, dotas de un peso específico a la palabra y también al silencio, indicando al lector cómo utilizar las pausas silenciosas en algunos de los poemas. ¿Qué valor tiene la palabra en la poesía actual? ¿Es ese silencio la ausencia de la palabra, o tiene para ti un valor más profundo? ¿Está el origen del pensamiento en el silencio o en la palabra?

Alberto Maqueda: En ‘La ortiga lenta de la noche’ hay una peculiaridad métrica que advierto al lector sobre el uso del silencio en los versos quebrados. La utilización de las pausas (estróficas, versales, comas, puntos, guiones, encabalgamientos, etc.) son importantes en el libro —los poemas se cosen con silencios— porque hay una progresión temática, una cierta “narratividad” que avanza hasta una conclusión en el poema final (“stretto”). Me sirvo de esos “silencios” en este libro —por eso es una “fuga”— para pautar la “idea” y para que en esa progresión de ideas haya una respiración, un ritmo.

La palabra arraigó en la escritura por alguna razón. En un momento de la historia de la humanidad el sonido y el silencio buscaron la forma de tener una forma de representación capaz de permanecer en el tiempo. Lo mismo pasó con la música. En mi libro digo: “La música por fin se hizo memoria / —fosilizada luz— mientras huía”. Entonces, el sonido (la palabra) y el silencio empezaron a utilizarse para exteriorizar nuestros pensamientos, nuestra interioridad lo que permitió compartirla e interpretarla.

Por eso pienso que la palabra debe tratarse tan bien como el silencio pero, sobre todo, debe quedar como un guante a la idea o propósito que tienes para el poema. Una palabra mal escogida puede destrozar una idea y un poema entero, al igual que un silencio.

En el caso de mi libro, el silencio es una de las palabras-clave que se repite a modo de eco semántico y, además, una constante en una de en una de sus secciones: ‘Vulnerado el silencio’ que, además recuerdo, era el esqueje del otro poemario fallido que descarté.

(F.J.): La ortiga es una planta herbácea urticarizante con curiosas propiedades, cuya ingesta en infusión es beneficiosa para algunas enfermedades cutáneas, y en ‘Teorema’, de Pasolini, tiñe de verde el pelo de las santas que sólo de ellas se alimentan. ¿Qué significado tienen para ti la ortiga y la noche?

Alberto Maqueda: La ortiga y la noche son símbolos importantes de mi último libro que no debo desvelar demasiado para que el posible lector pueda llenarlos semánticamente. Pero, como dices, la ortiga es una contradicción en sí misma: por una parte tiene propiedades y, por otra, es urticante, y esto quiere decir que nos hiere, nos quema. La ortiga fue creciendo lentamente durante muchas noches, a veces con rabia urticante y otras con silencio curativo. La noche es el espacio “simbólico” del libro. Aparece presentada en el poema que abre el libro (‘Proemio’) y su presencia, a veces explícita y otras no tanto, será una constante, un leitmotiv a lo largo de la “fuga”. Al lector le corresponde recorrer este espacio de la noche a través de las distintas voces y puntos de vista del libro para darle el significado.

F.J.: El yo de tu poesía habita en la palabra pero deja espacio en tu obra a otras voces que se asoman. ¿Quién participa en esta obra tan singular?

Alberto Maqueda: El lector va a presenciar un cambio de perspectiva —de “focalización”— en diferentes partes del libro. En la primera parte del libro ese cambio sucede en cada poema, pues en él aparecen las voces de personajes reconocibles por el lector. Son personajes de la mitología, de la historia, de la música, etc., es decir: Eco, Narciso, Gutenberg, Edison, Rick Deckard, Beethoven, Leo Fender, Lucy (el homínido que supuestamente se cree que fue el primero que podría haber hablado), Samuel Colt (inventor del revólver). Todos ellos hablan en esa primera parte —son los emisores— con un monólogo que se produce en un momento de reflexión existencial en sus vidas.

“Sólo a unos pocos les interesa la literatura”

J.G.: Como profesor de Lengua y Literatura, ¿crees que el papel que ésta tiene en el sistema educativo actual es el que merece? ¿Cuál es la actitud de los jóvenes con los que trabajas a diario ante la literatura en general y la poesía en particular?

Alberto Maqueda: En el sistema educativo en general hay muchas fisuras que hay que arreglar: faltan recursos humanos, faltan leyes educativas estables y sensatas que no maltraten a la comunidad educativa, falta reducir la ratio de alumnos en el aula, falta que oigan y cuenten más con el asesoramiento de los verdaderos implicados en el asunto, falta dinero…

En lo que a mi área se refiere, y hablo por lo que palpo a pie de aula, sólo a unos pocos les interesa la literatura. Quizá hubiese sido mejor dejar separadas “lengua castellana” y “literatura española”. Así a lo mejor los alumnos saldrían del sistema educativo sabiendo para qué les sirven esas herramientas. Me gustaría una asignatura exclusiva y diaria de comprensión/expresión de textos que aglutine el enfoque práctico de la lengua y la literatura porque quizá eso haría de los alumnos lectores competentes. Pero el problema de raíz está en lo que te decía antes y en lo que me olvido.

Por el momento, y a pesar de los berrinches que te llevas en el trabajo, quiero pensar que los alumnos que pasan por nuestras aulas se llevan algo positivo, con mayor o menor intensidad, de nuestra labor. La buena relación con mis alumnos, que trato de cuidar porque si no es imposible que aprendan nada de ti, me permite hacerles llegar a veces lo que se puede sentir a través de la poesía.

“El poeta debe formarse, conocer todos los recursos y posibilidades que le pueda ofrecer el lenguaje para exteriorizar su poesía”

J.G.: Eres maestro de música y profesor de Lengua. ¿Hasta qué punto tu formación musical y literaria influye en tu producción poética? ¿Consideras esencial la formación literaria para el poeta, o se puede escribir bien siendo lego en la materia?

Alberto Maqueda: Pienso que la música está en el ADN de la poesía —¿o es al revés?—. Son mis expresiones artísticas preferidas y, desde los dieciséis años, me he formado en ellas de manera autodidacta, caótica, dispersa y discontinua. Esas dos carreras me han permitido organizarme, intuir dónde buscar mi propia voz y saber de qué forma usar sus conocimientos y experiencias. También me han dado intuiciones y nociones valiosas de todo lo que ignoras y de lo que quieres ignorar en esa formación, adrede, para buscar en otros lugares. Además, son dos formas de comunicación que se complementan muy bien y que me interesan porque ambas habitan, aunque con distintos lenguajes, el territorio de lo inefable. Hasta ahora, la música está en mis tres libros como recurso y es usada desde el punto de vista estructural y temático también.

Pienso que cierta formación literaria —a lo largo de la vida— es esencial y necesaria para todos, no sólo para los poetas. Recuerda que son los lectores los que van a leer y valorar tu obra… El poeta debe formarse, conocer todos los recursos y posibilidades que le pueda ofrecer el lenguaje para exteriorizar su poesía. Formarse equivale a leer, sentir e intentar la poesía. Pero sobre todo consiste en saber distinguir y separar lo que son intentos de lo que es digno, mediocre u obra maestra. Porque se puede estar muy bien formado y no transmitir absolutamente nada con tu libro; al igual que se puede estar poco formado y escribir un libro de calidad salvaje e inusitada. La formación debe de ser gradual y natural en la vida de un escritor y escritora: debe de responder a sus necesidades y gustos literarios y, a la vez, tiene que ir abriéndose a otras propuestas desconocidas que le permitirán abrir su horizonte. La formación no va a determinar que un libro de poesía sea bueno, sino que dependerá de lo que se haga con ella sobre el papel y, sobre todo, de que la obra, el contenido, el mensaje y su forma de comunicarlo, cale en algunos receptores de manera que sientan tu poesía como algo suyo. A modo de conclusión diré que no es necesario que los poetas se formen para hacer obras buenas; aunque sí que exploren en lo que desconocen porque es posible que no puedan expresar lo que quieren —o no tan bien— porque les faltan recursos. Y además, creo en la necesaria formación del poeta para que los lectores tengan la garantía de que en la propuesta que se les ofrece hay detrás cierto conocimiento por parte del poeta de saber lo que está haciendo cuando aplica, emula, transforma o destruye las reglas del lenguaje con las que plantea su mundo poético. Pero que todo esto va en realidad de leer y escribir lo que a uno le apetezca y cuando te dejen.

“Se puede estar poco formado y escribir un libro de calidad salvaje e inusitada”

F.J.: Hay referencias en tu poesía a la música, destacas incluso alguna cita de The Beatles. ¿Qué papel crees que juega la poesía en la música y viceversa?

Alberto Maqueda: Las referencias que aparecen tienen que ver con fragmentos muy concretos de canciones de grupos musicales que escuchaba en el tiempo en el que compuse esa parte. Esas citas están unidas a cada poema por diversas circunstancias pero, sobre todo, porque señalan hacia dónde va la idea del poema. Por estas y otras cosas que hay en el poemario puedo decir que me lo he pasado genial haciéndolo y he aprendido mucho, o eso creo.

J.G.: Lucen en tu currículo varios premios y accésits. ¿Qué opinas de los premios literarios? ¿Ves algún cambio de tendencia en los mismos en los últimos años?

Alberto Maqueda: Los premios literarios llevan veneno. Debo agradecer, por supuesto, haber publicado  gracias a ellos, pero tienen veneno. Ese veneno se llama “dinero público y privado que se mueve”; y detrás del dinero siempre hay intereses que se escapan a mi entendimiento y a mi imaginación. En mi caso, los premios que gané fue limpiamente y, además, no recibí dotación económica en efectivo de ellos. Pero a cambio, publiqué mis libros en dos ediciones que me parecen preciosas. Gané unos pocos premios y perdí muchísimos. El hecho de no ganarlos incluso me ha llevado a publicar mi obra por mi cuenta en Devenir gracias, eso sí, a que Juan Pastor (el editor) ha visto que merecía la pena. La tendencia de los premios no sé cuál es ahora mismo, la mía va a ser publicar donde me dejen cuando vea que lo que tengo que ofrecer debe ser publicado y, si no, pues siempre hay un refugio en la música y en los libros que es donde me gusta estar a veces cuando estoy en silencio.

J.G.: ¿Crees que la poesía de las redes sociales acerca ésta a la juventud o, por el contrario, es una perniciosa influencia?

Alberto Maqueda: El lenguaje y, la poesía en concreto, tiene la ductibilidad suficiente para residir en cualquier medio de comunicación. Internet ha sido un invento excelente para hacer llegar a todas las personas del mundo tu propio lenguaje y el pulso de tu pensamiento. Asimismo, tiene la ventaja de que conoces la opinión de los lectores de forma directa. Si les acerca a la poesía y les lleva a leerla y a tratarla bien lo veo un buen medio —cualquiera es bueno si se usa bien—. Yo no las uso por mi forma de componer o entender la poesía, simplemente, porque hasta que no tengo un libro completo, cerrado y coherente no lo enseño. Los borradores se quedan en mi cuaderno esperando a que tome una decisión sobre su destino. Cuando lo tengo son Juanjo Castro, Francisco Rojas y Narzeo Antino quienes lo leen y me dan su opinión. Me dan bastante libertad para hacer lo que me dé la gana después de oírla. Pienso que puede ser horrible que se esté continuamente valorando la posible obra de uno dispersa, trozo a trozo, en las redes —ya sea una valoración positiva, negativa o neutra—. Pero toda opción es válida si es para acercarla a la juventud, siempre que no se haga un mal uso o abuso, como he dicho.

Por mi parte seguiré leyendo libros de poemas completos y, siempre que sea posible, en papel.

J.G.: Momento ‘Carta Blanca’. Finaliza esta entrevista como te apetezca.

Alberto Maqueda: Ha sido un placer realizar esta entrevista no sólo porque me ha servido para poder expresar lo que pienso e ignoro de la poesía, de lo que intento hacer con ella y a través de ella. Pero sobre todo me ha gustado participar porque me ha permitido conocer a dos poetas estupendos que me hicieron huésped de su fantástica propuesta para conocer algo sobre mi obra. Os deseo suerte. Gracias, Javier y Fernando.

Poemas de Alberto Maqueda

De comernos el cuerpo con duelo de perdices
quedan plumas y heridas y un sol en la ventana
que raya con sus crines de vidrio y porcelana
la piel en un trastorno de hierba y cicatrices.

De borrar este imperio de luz en los matices
soy vuelo inerte y tú luciérnaga lejana
mientras la vida huye, serpea y se devana
hacia mi lecho oscuro de sangre sin raíces.

De calmar esta sed termita en la madera
palpita en nuestros labios un manantial de nieve.
La voz ha muerto con el día en tu cadera

y de esta mano ronca y de esta mano breve,
soltando una paloma con soledad de acera,
vuelvo al son de mi pie, calzo tu sombra: llueve.

(Sonata y selva, 2003)

Lucy

Somebody calls you,
you answer quite slowly.
A girl with kaleidoscope eyes.

‘Lucy in the sky with diamonds’, The Beatles

A fuerza de chocar las piedras contra el ruido,
de ver que en una chispa de luz se enciende el Mundo,
sentí que otra estación se va rodando. Huyen
del fuego extraños lazos del ser –extrañas causas–
mientras la noche arde y es un lugar sin sitio.

Dije tu nombre y supe que nada era imposible,
una mirada sólo bastó para explicarte
los pactos del fonema, la dirección del humo
y cómo empieza todo a tener su sonido
si el ascua de la hoguera es la palabra y sangro.

Pudimos, muchas veces, organizar la hüida,
decirnos la verdad y apaciguar las bestias.
Y pude, desde entonces, saber por qué se apaga
mi voz y se deshacen, como un corcel de sombra
–áspera sombra–, extraños huesos del ser: unísono.

(La ortiga lenta de la noche, 2019)

En el silencio anida

tu cabellera irracional y aúll
el brote de la espera mientras lame
caliginoso el bosque de mi angustia.
Por todas partes tú y en cada limen
oigo tu atroz origen: tu quebranto
por todas partes de un vergel maduro
que acoto
    para que todos prueben
el muslo de tu ausencia y tu ceniza.
Rindes tu fuga en ímpetu al silicio
por grutas no exploradas: dónde.
Por todas partes tu vinilo errante
columbra una canción de espuma y besa
mi soledad, como si así bastara
que tú nacieras
             por todas partes.
En cada labio de mi herida mana
tu ciega lumbre que me busca estrías
donde alojarse y ser por todas partes.

(La ortiga lenta de la noche, 2019)

Al lector

Puedo pedir que leas mis palabras

–sé que no existen pero son materia–;
incluso puedo
                        romper a oscuras
recintos de cristal en esta ausencia,
que arda tu voz el mar y yo –su huésped–
entierre espejos nuestros en la espera.
Así, de un surtidor de sombra ingrávido
que araña este vacío, lo que piensas
tan sólo con decirlo dejaría
su claridad al mirto, si quisieras.

Puedo pedir que digas mis palabras,
que al orden de tu puño se detenga
la calma de la noche; incluso puedes
arder en mi silencio mientras trepa
–con tiernos brotes nuestros sin paredes
donde aferrarse y ser– la enredadera.
Entonces nuestra voz sería humo,
perfil de la verdad, arpegio, estela
de lo que no dijimos nunca; entonces,
ya nada se tendría como era.

Puedo negar que exista el huésped nuestro
que al otro extremo de la voz nos ciega.

Javier Gilabert / Fernando Jaén

Javier Gilabert (Granada, 1973). Casado y padre de dos hijos. Maestro desde hace cuatro lustros, disfruta trasmitiendo su amor por las palabras a unos alumnos de los que afirma aprender cada día. Cuenta entre sus filias la poesía, pasión que ya alentaran sus primeros maestros y con la que afirma haber “jugado” desde la infancia; ésta ha desembocado en su primer poemario, ‘poeAmario’. Siempre atento a las palabras y ávido lector, manifiesta su preferencia por la poesía nacional, especialmente de las Generaciones del 98 y del 27 (en la que incluye y subraya a Miguel Hernández Gilabert), pasando por las más actuales hasta llegar a coetáneos como Montiel, Praena, Iniesta o Jaén, que combina con otra de sus aficiones, la música, de cuyas letras también aprende y destaca las del “maestro” José Ignacio G. Lapido (091).

Fernando Jaén (Granada, 1975). Como poeta ha publicado 'El corral de las cuatro esquinas' (Dauro 2002), 'Los ciclos brutos' (Comares 2012), 'Los días del barro' (Comares 2014) y 'Las orillas difíciles' (Oblicuas 2015). Incluido en 'Todo es poesía en Granada', por el antólogo José Martín Vayas (Esdrújula 2015). Participa en 'Nocturnario', obra colectiva coordinada por Ángel Olgoso y José María Merino (Nazarí 2016). Aparece en 'Pájaro Azul', edición de Marina Tapia, homenaje a Rubén Darío (Artificios 2016).
Ha colaborado con A.L. Guillén en distintas aventuras artísticas y musicales como 'Capricho 69' (1993), 'Restos' (1998), 'Amor sin misericordia' (2003) y 'Aprojimación a tu ciclo' (2013). De este diálogo ascético surge el documental 'Alfa y Omega' (2012).
Es miembro del Institutum Pataphysicum Granatensis y del proyecto anartístico Gruppo Ungido. Para el autor, médico de profesión, "la poesía es la fuerza que te permite sobrevivir en la fragilidad".
Javier Gilabert / Fernando Jaén
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