Entre2vistas

Mónica Doña: “Una de las grandes poéticas, hoy por hoy y desde el siglo pasado, está en el cine”

Mónica Doña. Foto de Jesús García Latorre
Mónica Doña. Foto de Jesús García Latorre

Mónica Doña: “Una de las grandes poéticas, hoy por hoy y desde el siglo pasado, está en el cine”

Nacida en Jaén y residente en Granada, Mónica Doña es poeta, cantante y compositora de canciones. Sus inicios artísticos habrá que situarlos en Granada, ciudad donde cursa estudios universitarios y donde ofrece sus primeros conciertos como cantautora.

Concluida esta etapa, regresa a Úbeda, su ciudad de adopción, donde desarrolla actividades de gestión cultural mientras sigue cantando por toda la geografía andaluza.

Fue incluida en la ‘Primera Antología de Cantautores Andaluces’ (Junta de Andalucía, L.P. doble, año 1986) donde, entre otros, figura junto a Javier Ruibal, Carlos Cano y Joaquín Sabina.

En el año 2000 decide alejarse de la escena musical y comienza a impulsar su poesía publicando su primer poemario, ‘Nueve Lunas’ (Editorial Cuadernos del Vigía). Asimismo aparecen poemas suyos en las revistas literarias ‘Letra Clara’ y ‘El erizo abierto’ de Granada.

En el año 2002 es invitada a participar en el VII Encuentro Internacional de Mujeres Poetas y es incluida en el libro ‘Palabras Cruzadas’ (Universidad de Granada-Asociación Verso Libre, 2003). Es recogida en el ‘Diccionario-Antología Plumas Femeninas en la Literatura de Granada’ (Amelina Correa- Universidad de Granada, 2002).

Con el libro ‘La cuadratura del plato’ (Editorial El Páramo 2011), del cual, el jurado destacó “su exquisito tratamiento del lenguaje”, obtuvo por unanimidad el X Premio de Poesía Vicente Núñez que otorga la Diputación de Córdoba.

En 2014 publica ‘Adiós al mañana’ (Editorial Dauro), poemario que gira en torno al mundo de la infancia. En 2015 participa en el proyecto de la Unesco Multipoetry Cracovia, celebrado en dicha ciudad polaca. En el mismo año es incluida en la antología ‘Todo es poesía en Granada’ (Editorial Esdrújula).

En septiembre de 2017 aparece su último poemario hasta la fecha: ‘¿Quién teme a Thelma & Louise?’ (Editorial Renacimiento), con el que ha sido finalista del Premio Andalucía de la Crítica. También en 2017 es incluida en el libro colectivo ‘Granada no se calla’ (Editorial Esdrújula).

En 2018 participa en el libro-disco coral ‘La caja de música de Erik Satie’ con la publicación de cinco relatos (Editorial Allanamiento de Mirada).

En la actualidad colabora con diversas revistas literarias, Asociación del Diente de Oro, Centro Andaluz de las Letras, Granada Ciudad de la Literatura Unesco y Escritores por Ciudad Juárez. Con motivo del Año Jubilar Teresiano 2018, ha sido invitada por la Universidad de Salamanca para participar en una antología en honor a Teresa de Jesús.

Hoy por hoy se dedica exclusivamente a la escritura.

Javier Gilabert: ¿Quién en realidad Mónica Doña, la cantautora o la poeta? ¿La música fue para ti el billete hacia la poesía, o sucedió al contrario?

Mónica Doña: Primero fue la música en general, porque nací y me crié en un entorno muy musical. Mi abuelo fue un músico magnífico, que además me inició con disciplina porque sus clases eran obligatorias; mi madre fue pianista y cantaba muy bien. Yo me recuerdo con tres o cuatro años, subida en una silla y cantando canciones de moda. Así que mucha música y cero libros. Ya era adolescente cuando me encontré con la poesía de la mano de las Rimas de Bécquer que alguien me prestó. Fue justo entonces cuando hice mi primera canción y ya no paré de leer y de hacer canciones. Mi etapa musical era muy simple: una melodía básica más un texto poético. Fue divertido y terapéutico hasta que me cansé. Es decir, me convertí en cansautora de mí misma. Pero me estaba esperando la poesía.

J.G.: Por tu experiencia como cantante conoces bien la relación con el público. ¿Es la misma que se establece cuando se lee poesía? ¿Hasta qué punto necesita el/la poeta de un público potencial?

Mónica Doña: La experiencia con el público es la misma. Se trata de comunicar(se) artísticamente hablando, con perdón. Con la diferencia notable de que la música, que es más democrática y universal, la conlleva desde que nace, y no hay problema. En cambio, la poesía, repelentemente minoritaria, tiene que buscarse un público que apenas existe porque está acomplejado, dice que no entiende y pasa de libros y recitales soporíferos. De ahí que yo, y muchos, apostemos por la oralidad para generar adeptos, beneficiarios directos de la palabra poética. Para mí, leer en público es como cantar. Y bienvenidos sean los slam, las jam, y cualquier otra propuesta para jóvenes, que son los que más trasnochan. Hablar de calidad en estos eventos, sería precipitarse y volver a cerrar puertas. Ya se verá…

La poesía, repelentemente minoritaria, tiene que buscarse un público que apenas existe porque está acomplejado”

J.G.: En alguna entrevista afirmas que cuando llegaste al mundo de la poesía no sabías nada y que por esa razón te buscaste maestr@s. ¿Quiénes fueron? ¿Qué es lo más importante que aprendiste de ell@s?

Mónica Doña: Mis primeros maestros fueron Javier Egea y Luis García Montero, a quienes conocí en Úbeda en los años 80. Yo vivía allí, hacía gestiones culturales y ellos nos visitaban con frecuencia. Sus poemas no sólo me fascinaban como tantos otros, estas dos voces me convencían. Tuve una relación más continua con Javier, quien me llegó a corregir exhaustivamente muchos poemas. Mis poemas tenían tantos fallos que me acomplejé. Él me dijo: “No lo dejes, empieza a leer desde Mío Cid en adelante”. Le hice caso en todo. Fue exigente y muy generoso. Luego vino la lectura de los libros de Juan Carlos Rodríguez y nació la amistad con Ángeles Mora y con él. La poesía de Ángeles acabó mostrándome definitivamente el camino. Y en ello estoy.

J.G.: ¿Cuál es la característica distintiva, a tu entender, de la poesía de Mónica Doña? ¿Sobre qué escribes?

Mónica Doña: Yo no sé hablar de mi poesía. Ni de eso que llaman “la voz poética definida”, que para mí es más un punto de llegada, nunca de partida, porque me constriñe. Como además soy una veleta mental, me gusta cambiar de registro y temáticas en cada libro. Me aburre repetirme. Sí puedo decirte que cuido mucho la construcción del poema, la claridad en el decir y el ritmo.

J.G.: ¿Es Granada un buen lugar para escribir? ¿A qué crees que se debe que tanto en esta ciudad como en el resto de Andalucía abunde el talento de la forma en que lo hace?

Mónica Doña: Granada es un lugar magnífico para escribir. Yo tengo una estrecha amistad con poetas granadinos estupendos que además son muy buena gente y nos ayudamos entre nosotros. Es verdad que somos muchísimos, cada vez más, pero esa inflación es buena porque de lo que abunda, siempre queda. Andalucía es cuna de inmensos creadores, pero no me preguntes por qué. No soy analista y puedo incurrir en tópicos. Pero ahí está la Historia.

J.G.: En tu libro ‘Adiós al mañana’, la infancia es el eje en torno al cual giran los poemas. ¿Es de algún modo necesario volver a la infancia para crecer en la creación?

Mónica Doña: Lo importante es cuidar al niño que todos llevamos dentro. Escribiendo ‘Adiós al mañana’ fui feliz y lo escribí casi del tirón. Me sirvió no sólo para recrear la infancia sino también para indagar en lo que queda de ella en una persona adulta, para bien y para mal. Creí que iba ser un libro especialmente lúdico y acabó siendo muy crítico. Una es así.

La propia vida, tantas veces, sólo da para huir de lo que más nos daña”

Fernando Jaén: En tu libro ‘¿Quién teme a Thelma y Louise?’ haces referencia clara a la película de Ridley Scott, que nos dejó una imagen icónica en su última escena, el coche sobrevolando las nubes, la huida hacia delante, hacia el vacío. ¿Es ese a veces el camino sin remedio para muchas mujeres?

Mónica Doña: Ese final de la película, sin duda encierra una ambigüedad poética. Por algo generó tanto debate, y de hecho en más de una ocasión reciente, tras alguna lectura del libro en público, me han preguntado sobre ese final, porque en la imagen última, el coche con las protagonistas queda en el aire. Yo creo que Callie Khouri, la autora del guion, dio una respuesta lúcida y contundente al declarar que “el mundo no está preparado todavía para que Thelma y Louise se salven”. Y sí, tanto en el film como en este poemario hay un viaje que es una huida hacia adelante. Pero no sé de qué nos extrañamos, si la propia vida, tantas veces, sólo da para huir de lo que más nos daña. Y esto sirve tanto para mujeres como para hombres, claro que obviamente más para mujeres u oíros colectivos marginados: negros, pobres, homosexuales, etc.

F. J.: ¿Nos recomiendas, en este sentido, alguna otra película que no nos podamos perder?

Mónica Doña: Aprovecho para decir que una de las grandes poéticas, hoy por hoy y desde el siglo pasado, está en el cine. Por eso en mi poesía lo utilizo tanto. No sólo hay poesía en los libros. En cuanto a películas concretas que traten temas de mujeres, y que me hayan convencido, siempre recuerdo a ‘Juno’, una delicia en torno a la desmitificación de la maternidad; ‘Las horas’, con Virginia Woolf y su Mrs. Dalloway de fondo, me pareció estupenda; La española ‘Te doy mis ojos’ de Icíar Bollaín, sobre el maltrato, considero que es lo mejor de ella. No obstante, cada persona debe ver lo quiera. Lo que hay que cambiar es la mirada y sacar conclusiones. Fíjate que yo recomendaría volver a ver ‘El hombre tranquilo’ de Ford, y a continuación preguntaría si esa película se podría hacer hoy. Creo que no.

El patriarcado se rearma y de qué manera”

F. J.: Le has dado a este libro un aire de novela negra, donde personajes femeninos huyen del mito a la realidad, destrozando estereotipos patriarcales. ¿Qué nos falta para las mujeres no tengan que huir de sus propias prisiones, de los prejuicios? ¿Estamos hoy más cerca de alcanzar una auténtica liberación de la mujer?

Mónica Doña: Eres muy perspicaz. Sí, he utilizado recursos propios de la novela negra, el cine negro o las ‘road movies’ con polis, detectives y fugitivos. Lo dicen los subtítulos de cada sección del libro: ‘La huella’, ‘La captura’, ‘La escapada’. No es gratuito. Es una forma de estructurar el libro para que tenga un argumento, una evolución lógica. Pero, ojo, lo importante son los poemas. Es éste un poemario con un personaje poético femenino y múltiple que busca su liberación. En ese sentido entronca con el feminismo (con matizaciones y contradicciones porque un poemario no es un manual feminista). Yo no sé si estamos cerca de conseguirlo, en parte sí y en parte no. Sí porque poco a poco se han ido consiguiendo cosas; el movimiento es imparable, se ha hecho universal y no tiene vuelta atrás. Y el no es porque se está viendo que el patriarcado se rearma y de qué manera. Así que queda muchísimo por conseguir y el camino será largo y difícil.

F. J.: En la primera parte del poemario haces un homenaje a ocho mujeres icónicas. Me da la impresión que aportas nuevas vidas a viejos mitos. ¿Qué mitos quedan por rehacer? ¿Cuál es el valor del número 8 en este poemario?

Mónica Doña: En la primera parte hay un viaje hacia atrás, para buscar claves en mujeres históricas que han sobresalido en diversos campos, que han aportado mucho a la humanidad y han acabado pagando un precio. Lo ideal sería liberarse de los mitos, pero deshacemos unos y se sustituyen por otros. Sin darnos cuenta se nos meten dentro de la piel y eso afecta a nuestra vida, a nuestras relaciones. El libro incide hasta lo impúdico en las relaciones hombre-mujer, en todo lo que impide que vayan bien. El número ocho nace de la realidad porque son ocho las compañeras de viaje. Luego se juega poéticamente con el 8 que volcado o dormido se convierte en infinito. No alude a ningún arcano.

El Cabo de Gata es la Ítaca de los poetas granadinos”

J.G.: Me llama especialmente la atención de ‘Quién teme a Thelma y Louise’ la conexión que demuestras tener con el Cabo de Gata. ¿Qué tiene ese lugar que tanto (nos) atrae a los poetas?

Mónica Doña: Joan Margarit, sobre el Cabo de Gata dijo: “Es costa de poetas”. Para los poetas de Granada hay una referencia importante que es el poemario ‘Troppo mare’ de Javier Egea, un imprescindible que inaugura una virtud o vicio. Y sí, unos cuantos poetas de Granada hemos seguido escribiendo poemas en torno a ese lugar. Yo le dedico ocho en este libro. Para mí hay otra atracción que me lleva al poema, es la desnudez del paisaje: sólo roca y agua. Yo dije una vez en público que el Cabo es la Ítaca de los poetas granadinos.

F. J.: ¿Cómo crees que influye en la sociedad la palabra escrita por tantas mujeres a día de hoy?

Mónica Doña: Es difícil saberlo. La impresión que tengo es que, en general, a las mujeres nos leen las mujeres, mientras que nosotras leemos a ellos y a ellas. Aunque últimamente se observa un cambio de tendencia, sobre todo en las personas jóvenes. Ten en cuenta que nosotras escribimos para la humanidad, no para el cincuenta por ciento mujer. Una de las alegrías que me está dando este libro es que está siendo bien acogido por ellas y ellos.

La literatura podría ser una forma válida de empezar a conocernos mujeres y hombres”

F. J.: ¿Esperas nuevos gritos, nuevas odiseas, nuevos cantos… O ya está todo dicho?

Mónica Doña: Se suele escuchar que está todo dicho. Las mujeres poetas no podemos estar de acuerdo porque nuestras experiencias, nuestra vida como mujeres, está empezando a escribirse más masivamente ahora. Hay un potencial simbólico muy grande. Hay temas como la maternidad, por ejemplo, que queremos escribirla nosotras. O la forma de vivir el amor, o la infelicidad y sus porqués. O eso tan confuso y equívoco que llamamos lo femenino y lo masculino. En fin, la literatura podría ser una forma válida de empezar a conocernos mujeres y hombres. Porque seguimos sin conocernos, sin encontrarnos. De eso también intentan hablar mis poemas.

J.G.: Ha llegado el “Momento carta blanca”. Finaliza, pues, esta entre2vista como te pida el cuerpo.

Mónica Doña: Mil gracias por esta conversación y que secretOlivo siga alzando la voz y sea cada vez menos secreto.

POEMAS DE MÓNICA DOÑA

Sábanas

Para la noche blanca
que se extiende en el lecho
como un mar recortado a la medida.

Para la noche blanca
telas azuleadas
bajo el sol de la infancia
y el olor a lejía.

Dulce sueño, caricia
para la carne fría.

Azote para el cuerpo
que solitario arde y se defiende:
sudor, fiebre y orina.

Se descuelga el amor
desde las torres altas
por la escala de nudos,
dicen las fábulas.

Se amortaja el amor
cuando todo termina,
envuelto en finas sábanas,
dice la vida.

(de ‘La cuadratura del plato’, 2011)

Folio

Pongo sobre la mesa tu blancura,
perfecta geometría que no miro,
que no puedo mirar sin mancillarla.

Tengo una fiel dureza
incrustada en mi dedo corazón,
un vicio persistente,
un deseo voraz de regalarte
todo lo que circula por mi cuerpo.
La carne se hace verbo
disolviéndose en signos que gritan o susurran,
en líneas ondulantes,
en pausas que anticipan
el ritmo quebradizo de las horas.

Los latidos son música
que a duras penas vierto sobre ti.
Pero sigo insistiendo por si acaso quedara
una gota de luz en el bolígrafo.

Te lleno ansiosamente hasta los límites,
después respiro hondo,
me levanto, me alejo
y procuro olvidarte
hasta quedarme en blanco.

(de ‘La cuadratura del plato’, 2011)  

La madre en la ventana y el familiar paisaje.
Sus ojos desteñidos de tanto mirar lejos.
Más allá de sembrados, de acequias y de árboles
se iban sus pupilas. Más allá, más allá.
Era inmensa la ausencia
en la melancolía de la tarde,
se cuajaban mis lágrimas formando
cristales de orfandad.

Ahora,
cuando vago sin rumbo,
regresa el aire antiguo y la pregunta
que nunca me atreviese a formular
por miedo a qué verdad:

¿Adónde ibas, madre?
Pero ella tampoco lo sabía.

(de ‘Adiós al mañana’, 2014)

El beso de Klimt                                                                                                  

Se enamoran de un cuadro.
Un bellísimo cuadro
que lleva un largo siglo en los museos.
Viena, primera década del siglo de las sombras:
secesión en las artes, oropel y erotismo.
Gustav Klimt, el artista que amaba a las mujeres.

Poquísimas han visto la obra original.
Pero eso no importa, se enamoran de copias.
Decorativas copias, simbólicos deseos,
altares que presiden las alcobas
de los enamorados del presente.

Sus abuelas colgaron crucifijos
(para toda la vida).
Sus madres, el jardín de las delicias
(hasta el confuso día del divorcio).
Ellas, un beso eterno,
aunque la eternidad dure un suspiro.

La lámina dorada brilla sobre los tálamos,
los jóvenes amantes
la miran y se besan como príncipes.
Ven lo que necesitan
para alcanzar el fondo de la dicha:                                                               
La lluvia de oro, el eco de mil constelaciones,
la pradera de flores, los mantos que los cubren
y los rostros unidos por el beso infinito.   

(Que en la obra elegida él domine la escena
y ella cierre los ojos postrada de rodillas
al pie de un precipicio,
son detalles que no tendrán en cuenta).

Viena, primera década del siglo de las sombras
y cien años más tarde:
traslaciones continuas, secesiones forzosas,
deslealtades urgentes, acosos y despidos,
mochilas y muchachas con el ombligo al aire
y algún privilegiado que siempre está esperando
un cambio de destino…

Bajo este panorama de tiempos velocísimos,
de carretera y pésimos augurios,
las jóvenes parejas del siglo XXI
siguen en el intento:
construyendo el amor al borde del abismo.

(de ‘¿Quién teme a Thelma & Louise?’, 2017)

Tarde en la Isleta del Moro  

                                                                                In memoriam Javier Egea

Se desgrana de nuevo
la luz sobre La Isleta.
Y nosotras,
las alegres bañistas del verano,
nos hemos puesto serias.

Porque esta luz de hoy es luz de ayer,
luz de tus ojos solos,
foco de luz intensa
que iluminó el origen de la herida.

La Isleta está varada entre dos playas,
dos montañas y dos embarcaderos:
en uno zarpa el potro de tu vida,
en el otro el fantasma de tu muerte.

Y hay demasiado mar en movimiento.
Definitivamente
ya es muy tarde, Javier,
mas seguimos contigo
como novias perpetuas.

Está cayendo el sol que dora el agua
y nosotras,
por seguir aprendiendo
de tu palabra viva en esta Isleta,
vamos tirando al mar ramos de versos.  

(de ‘¿Quién teme a Thelma & Louise?’, 2017)

Javier Gilabert / Fernando Jaén

Javier Gilabert / Fernando Jaén

Javier Gilabert (Granada, 1973). Casado y padre de dos hijos. Maestro desde hace cuatro lustros, disfruta trasmitiendo su amor por las palabras a unos alumnos de los que afirma aprender cada día. Cuenta entre sus filias la poesía, pasión que ya alentaran sus primeros maestros y con la que afirma haber “jugado” desde la infancia; ésta ha desembocado en su primer poemario, ‘poeAmario’. Siempre atento a las palabras y ávido lector, manifiesta su preferencia por la poesía nacional, especialmente de las Generaciones del 98 y del 27 (en la que incluye y subraya a Miguel Hernández Gilabert), pasando por las más actuales hasta llegar a coetáneos como Montiel, Praena, Iniesta o Jaén, que combina con otra de sus aficiones, la música, de cuyas letras también aprende y destaca las del “maestro” José Ignacio G. Lapido (091).

Fernando Jaén (Granada, 1975). Como poeta ha publicado 'El corral de las cuatro esquinas' (Dauro 2002), 'Los ciclos brutos' (Comares 2012), 'Los días del barro' (Comares 2014) y 'Las orillas difíciles' (Oblicuas 2015). Incluido en 'Todo es poesía en Granada', por el antólogo José Martín Vayas (Esdrújula 2015). Participa en 'Nocturnario', obra colectiva coordinada por Ángel Olgoso y José María Merino (Nazarí 2016). Aparece en 'Pájaro Azul', edición de Marina Tapia, homenaje a Rubén Darío (Artificios 2016).
Ha colaborado con A.L. Guillén en distintas aventuras artísticas y musicales como 'Capricho 69' (1993), 'Restos' (1998), 'Amor sin misericordia' (2003) y 'Aprojimación a tu ciclo' (2013). De este diálogo ascético surge el documental 'Alfa y Omega' (2012).
Es miembro del Institutum Pataphysicum Granatensis y del proyecto anartístico Gruppo Ungido. Para el autor, médico de profesión, "la poesía es la fuerza que te permite sobrevivir en la fragilidad".
Javier Gilabert / Fernando Jaén
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