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José Ignacio Lapido: “La posteridad no nos debe amargar la vida”

José Ignacio Lapido. Foto de Salvador Serrano
José Ignacio Lapido. Foto de Salvador Serrano

José Ignacio Lapido: “La posteridad no nos debe amargar la vida”

Entrevista realizada a dos voces por Javier Gilabert y Fernando Jaén.

Cuatro décadas en esto de la música avalan la trayectoria del que, a nuestro entender, es el mejor letrista del rock and roll en castellano. Tras sus inicios en Al-Dar, y después de 14 años (más uno) con 091, con los que firmaría siete LP, un “doble-doble” directo (‘Último Concierto’ y su homólogo tras la ‘Maniobra de Resurección’, que llevó precisamente ese nombre, con la que los Cero celebraron el vigésimo aniversario de su disolución), José Ignacio Lapido (Granada, 1962) cumplirá el próximo año veinte años de carrera en solitario, con ocho discazos, todos impecables, a sus espaldas. El último, como siempre a ojos de sus innumerables y fieles fans, su mejor trabajo: ‘El alma dormida’ (Pentatonia, 2017), con el que vuelve a hacer lo que tan bien sabe, su trabajo, con la honestidad y profesionalidad que, sin duda, son dos cualidades que lleva a gala

Recientemente se presentó una segunda edición -versión revisada y aumentada de la primera- de un libro en el que el profesor Jordi Vadell analiza e interpreta unas letras que mejoran con el paso del tiempo y que le han valido sendos sobrenombres a nuestro entre2vistado, el ‘Maestro’ y el ‘Poeta Eléctrico’: ‘En cada lamento que se hace canción’ (Comares, 2018).

Fernando Jaén: Eres un autor maduro y con una carrera sólida construida sobre los cimientos del buen hacer y la honestidad. Pocas trayectorias en este país se han mantenido firmes a su estilo como la tuya. ¿Son esta constancia, este trabajo bien hecho, esta integridad, los responsables de ese respeto que te has ido ganado con el tiempo?

Quiero creer que es así. Pero vaya… Uno no hace sólo su trabajo para conseguir el respeto de los demás, sino también por lo contrario, porque respeto mucho a los demás, es decir al público al que va dirigido ese trabajo. En el ámbito creativo pienso que es bueno respetarse a uno mismo, ética y estéticamente, e intentar que eso se contagie a tu obra en forma de rigor y exigencia. Si se aplican esas premisas a la hora de hacer canciones, es más fácil que suceda lo que decía aquella canción que cerraba el Abbey Road: “Al final, el amor que has dado es el amor que recibes”.

F.J.: ¿Te habría gustado tener más repercusión fuera de nuestras fronteras?

A quién no. El rock español perdió en los años 80 la oportunidad de expandirse por el territorio natural que le correspondía, Sudamérica. Fue al revés, fue la música latina, y no precisamente rockera, la que nos “invadió”. Supongo que las multinacionales veían a los ídolos latinos de música melódica o bailable más fáciles de manejar que a los grupos de rock. Y es una pena, ya que en países como Argentina o México el rock tiene unas connotaciones culturales y sociológicas muy importantes. Sus bandas son seguidas por millones de personas, algo que aquí en España sólo sucede en contadísimos casos, que son las excepciones de la regla. De cualquier forma, mi carrera se ha circunscrito al territorio nacional. Cuando estaba con 091 hicimos tres giras por Francia y una visita a Venezuela a promocionar un disco nuestro que se había editado allí. Aparte de eso, nada más.

Javier Gilabert: Al emprender tu carrera en solitario pasaste de hacer coros -excepción hecha de ‘Me siento mal’, ‘Más de cien lobos’, ‘Espejismo número 8’ y alguna otra que se me escape- a ser el ‘frontman’. ¿Dónde te sientes más cómodo?

En ese momento, en el 99, efectivamente, tuve que prepararme para el cambio radical que iba a producirse. Iba a variar mi posición en el escenario, cosa que no sólo supone un cambio físico, sino también mental. A partir de entonces sería yo el que dirigiera el cotarro en escena. Han pasado ya muchos años de aquello y ahora veo normal estar en el centro. Qué duda cabe que ser sólo el guitarrista es más cómodo, estás a lo tuyo y es en el cantante en el que se centran las miradas, pero uno no está en esto por la comodidad. Desde que decidí ser yo quien cantara mis propias canciones sabía que iba a ser duro. No me importa.

F.J.: Tu sobriedad en el escenario, exenta de artificios, aferrado a tu guitarra y a tu voz, te muestra como alguien distante. Pero los que te conocen siempre hablan de tu cercanía, de tu generosidad y de tu afecto. ¿Es para ti la seriedad y la compostura una actitud frente a la vida y frente a la música?

Vivimos en un país en el que está mal vista la seriedad. El chistoso siempre será el héroe de la verbena, entre el estrépito de la pólvora y el ruido de fondo de las sevillanas hechas en cadenas de montaje. Yo, qué quieres que te diga… echo de menos la ‘gravitas’ romana. Hay algunos que piensan que un cantante debe ser un monologuista graciosillo. A mí no me encontrarás en ese papel. Prefiero a un Dylan que no diga ni buenas noches en todo el concierto y que luego te rompa las tripas con sus canciones que a un cantante parlanchín haciendo chistes malos entre canción y canción, ambas perfectamente olvidables. Todo esto no quiere decir que no valore el sentido del humor. Por supuesto: es una tabla de salvación a la que me agarro frecuentemente, en mis canciones y en la vida. Sin aspavientos.

J.G.: Los americanos tienen al ‘Boss’ y nosotros al ‘Maestro’. Lo que José Antonio empezara a modo de lance flamenco se ha convertido -por razones obvias- ya en institución. ¿Qué significado tiene para ti esa etiqueta? ¿Cómo te hace sentir cuando lo escuchas? ¿Qué supone ser un referente, un modelo a seguir para generaciones venideras de músicos de nuestro país?

Eso de ser un referente de varias generaciones… Bueno… No me lo planteo siquiera porque si lo hiciera no me levantaría de la cama. ¿Te imaginas estar desayunando y creerte que eres un referente para varias generaciones de músicos? Por favor… ¡Qué horror, qué ansiedad! Me iría a la cama de nuevo echando leches. Tienes que hacer tu trabajo e intentar hacerlo bien, nada más. Los epitafios que nos pongan en la tumba ya los leerán nuestros nietos, a nosotros la posteridad no nos debe amargar la vida.

“Algunas veces es el azar el que predomina al hacer una gran canción. Una melodía que te entra en la cabeza y acaba convirtiéndose en un clásico. No es magia, pero se le parece”

F.J.: Llevas unos años muy intensos; la resurrección de los Cero, tu maravilloso último disco ‘El alma dormida’, la gira y la participación en distintos festivales. Pero tu carrera, tanto con los Cero como en solitario, acumula ya varias décadas de carreteras y escenarios. ¿Cómo lo llevas, después de tantas giras y tantos “tiros pegados”? ¿Existe alguna receta para hacer buena música más allá de conocer bien tu oficio?

Lo cierto es que de unos años a esta parte mi vida profesional ha estado muy ajetreada, afortunadamente. En 2013 grabé ‘Formas de matar el tiempo’, hice la gira correspondiente y seguidamente me embarqué en una gira con Quique González, ‘Soltad a los perros’. Una gran experiencia. Luego surgió lo de los Cero, con los que estuve entretenido todo al año 2016. Al terminar me puse a grabar ‘El alma dormida’ y llevo todo este año presentándolo en directo, así que no ha habido tiempo de aburrirse. Está bien que así sea.

Recetas para hacer buena música no hay. Uno sabe lo que hay que tener pero no siempre sabe conjugar las variables que funcionan en ese proceso: Talento, oficio, dedicación, exigencia… Algunas veces es el azar el que predomina al hacer una gran canción. Una melodía que te entra en la cabeza y acaba convirtiéndose en un clásico. No es magia, pero se le parece.

J.G.: ‘El alma dormida’ me parece tu mejor trabajo, lo cual es complicado porque creo que los siete anteriores son realmente magníficos. ¿Tienes tú también esa sensación?

Me alegra saber que te parece tan bueno. Yo siempre intento superarme, pero los discos tienen un tiempo de maduración y no me atrevería a asegurar que es mejor o peor que… Digamos que es distinto y que todos los que hemos estado involucrados en su creación estamos muy satisfechos con el resultado.

F.J.: ‘El alma dormida’ toma su nombre del famoso verso de Jorge Manrique. Este disco está dedicado en cierto modo al reciente fallecimiento de tu madre. ¿Cómo inspiran el dolor y la ausencia de un ser querido? ¿Qué otros temas abordas en el disco?

El título, es obvio, está tomado de las famosas coplas que Jorge Manrique escribió a la muerte de su padre. Al morir mi madre justo antes de la grabación de este disco, quise hacer una especie de paralelismo con el clásico. Es cierto que el sentimiento de pérdida, la fugacidad del tiempo y la reflexión sobre la ausencia de los seres queridos está en algunas de las canciones del disco. Son temas que están en la literatura universal desde hace muchos siglos, el Ubi Sunt, el Tempus Fugit… El dolor es un motor creativo de primer orden. Una de las funciones del arte en general es transformar el dolor en belleza.

Otros temas que se tocan en el disco… Pues… la realidad y sus deformaciones, la verdad y sus mistificaciones, que es algo que ya trató Platón con el mito de la caverna. Fíjate lo poco innovadores que somos. También hablo de ocasiones perdidas y de confusiones existenciales.

“El dolor es un motor creativo de primer orden. Una de las funciones del arte en general es transformar el dolor en belleza”

F.J.: Tu sello discográfico Pentatonia está detrás de la mayoría de tus discos. La autoedición, lejos de las grandes compañías, es una salida cada vez más buscada. Imagino que dará mucho más trabajo, pero ¿opinas que te aporta más independencia creativa, más libertad para hacer la música que quieres y necesitas? ¿Te animas a producir a otros grupos?

Creé Pentatonia para dar salida a mis canciones porque no encontraba ninguna compañía dispuesta a hacerlo. Aquello fue en 2005, y desde entonces todos mis discos los he editado con mi propio sello La autogestión discográfica es una forma de trabajar que por un lado te da la libertad creativa y por otro te implica en todo el proceso industrial que tiene la edición de un disco. Eso, obviamente, da mucho trabajo extra, pero se trata de hacerlo así o quedarte esperando a que alguien te llame para editar tus discos, algo que nunca sucede. Lo de editar a otros artistas no lo contemplo porque no es esa la intención con la que surgió este sello. No tengo ni el tiempo ni la infraestructura necesarios para eso.

J.G.: Tanto en las distintas etapas de los Cero como durante en tu carrera en solitario hay un puesto en la banda por el que han pasado muchos músicos. ¿Existe “la maldición del bajista”? Bromas aparte, ¿qué aporta la llegada de Jacinto a la banda? ¿Le ha resultado fácil encajar en un equipo que funciona como un perfecto engranaje?

Es cierto, a lo largo de mi carrera he tocado con algunos guitarristas, con algunos baterías, con algunos teclistas pero con muchos bajistas. No sé lo que ocurre con ese puesto en las bandas. Por una parte creo que no hay tantos bajistas como guitarristas. Es un instrumento al que rara vez se llega por vocación, suelen ser guitarristas que cogen el bajo, no bajistas natos. Cuando das con uno que realmente lo que le gusta tocar desde el principio es el bajo, te puedes dar con un canto en los dientes. Jacinto es uno de ellos. Tiene la enjundia de alguien que lleva tocando muchos años y que conoce al dedillo los géneros que me gustan a mí. Tenemos coincidencia casi total de gustos musicales. Eso es una gran ventaja. Y además a la hora de integrarse en la banda tenía también otra ventaja, conocía a los restantes miembros muy bien y había una muy buena relación. Así que todo ha ido sobre ruedas.

F.J.: Acaba de publicarse la segunda edición de un libro que se dedica a interpretar tus letras (‘En cada lamento que se hace canción’, Jordi Vadell. Comares 2018). Esto nos da una idea de lo importante que es para ti la calidad poética de tus letras, muy bien construidas siempre, firmes, elegantes y contundentes desde tus inicios con los Cero hasta hoy -cosa no muy habitual en el rock español-. ¿Es esta forma tuya de cuidar las letras de tus canciones una seña de identidad? ¿Cómo ha evolucionado tu manera de escribir desde los primeros discos de 091 hasta ahora?

Intento tratar el aspecto lírico con el mismo cuidado que trato la parte musical. Ya lo he dicho otras veces: al principio no empecé a escribir letras porque tuviera una vocación literaria definida. Lo hice porque alguien tenía que hacerlo, y como yo componía la música, era más fácil que también escribiera la letra. Evidentemente, luego fui adquiriendo oficio y ya me tomé más en serio esa labor. Mis artistas favoritos y mis lecturas me influyeron a la hora de buscar un camino expresivo, supongo que como a todo el mundo, y poco a poco fui encontrando mi propia voz creativa. ¿La evolución? No sabría decirte… Tampoco he estudiado mis propias letras tan exhaustivamente como para dar una respuesta. Supongo que formalmente la habrá habido. A mejor. Pongo más cuidado para que las palabras suenen naturales al cantarlas, que no suenen forzadas ni en la acentuación ni en la métrica. En cuanto al contenido, tendría que pararme a pensar. Supongo que aun compartiendo temática con canciones pasadas, mis nuevas composiciones le dan una vuelta de tuerca a esos mismos temas.

“El rock sirvió para cambiar vidas y formas de pensar individualmente, que ya es mucho”

J.G.: En muchas de tus letras hay potentísimas imágenes poéticas. ¿Hasta qué punto eres tú ese “yo poético” que nos habla desde ellas? ¿Existe alguna posibilidad de que podamos disfrutar en un futuro de los poemas que a buen seguro guardarás en algún cajón?

El yo poético de mis canciones varía. La primera o la tercera persona del narrador o del protagonista de la canción no siempre se deben tomar al pie de la letra. Las letras de las canciones, como cualquier artefacto escrito, son un artificio literario. Lo que ocurre es que esa ficción debe contener toda la verdad del mundo para ser creíble y asumible por el oyente, y por mí mismo, claro está. En cuanto a lo del poemario… Ahora mismo no tengo nada previsto en ese sentido. En un futuro, quién sabe.

F.J.: Has escrito columnas de opinión en periódicos, tienes una forma muy sincera de entender la realidad. Nunca has rehuido de los temas sociales y locales en tu obra. ¿Qué hueco ocupan hoy la música y la literatura en esta sociedad? ¿Posee aún el rock la fuerza necesaria para cambiar estos tiempos cada vez más efímeros?

Estuve más de diez años escribiendo columnas políticas en ‘Granada Hoy’. Es un género totalmente distinto a escribir canciones. Las columnas están muy pegadas a la actualidad inmediata y se supone que son un análisis de esos acontecimientos. Yo las escribía desde el escepticismo y la ironía. Las canciones son otra cosa, las hago intentando que trasciendan en el tiempo, que no sean flor de un día. El rock hace tiempo que dejó de ser ese faro generacional que fue en los 60 y los 70. Aunque sigue habiendo buenas bandas, el género en sí mismo no goza del predicamento cultural y sociológico que tuvo en décadas anteriores. Eso es una evidencia. Y realmente no creo que ni el rock ni ninguna música tenga la fuerza suficiente para cambiar lo establecido. A finales de los 60 hubo una especie de espejismo, cuando Woodstock y todo eso, en el que parecía que la nueva música podía vertebrar otro tipo de sociedad, pero sólo fue eso, un espejismo. El rock sirvió para cambiar vidas y formas de pensar individualmente, que ya es mucho. Por ejemplo, la mía la cambió. Pedir que un género musical cambie las estructuras de la sociedad es pedir demasiado.

J.G.: ¿A qué se habría dedicado José Ignacio de no ser por la música? ¿Qué te gustaría ser de mayor?

Yo entré en la Facultad de Geografía e Historia. Tenía pensado hacer la rama de Historia del Arte pero para eso había que dedicarle el tiempo necesario que yo no le dediqué. Estaba ya liado con la música y mi mente estaba en otro sitio que no eran los libros. En cualquier caso la Historia y el Arte me siguen interesando mucho y creo que desde que dejé la carrera he leído muchos más libros sobre el tema que cuando estaba matriculado. Los tiros irían por ahí…

F.J.: Tu gran conocimiento de la historia del blues y el rock hace que tengas referencias bien asentadas y que se ven en tus canciones. Aparte de los clásicos, ¿puedes recomendarnos algún autor literario o grupo que te estén emocionando últimamente?

Últimamente estoy leyendo más ensayos que otra cosa. Una historia de la I Guerra Mundial de David Stephenson, un ensayo muy interesante sobre la leyenda negra de María Elvira Roca, una biografía novelada de Limónov, escrita por Emmanuel Carrère y una biografía muy ilustrativa de Robbie Robertson, uno de mis músicos favoritos, que se titula ‘Testimony’.

En cuanto a música, estoy un poco alejado de las novedades. Alabama Shakes, Gary Clark Jr., The Sheepdogs… no son demasiado nuevos pero me gustan.

J.G.: Solemos acabar nuestras entrevistas con el “momento carta blanca”. Por favor, cierra esta como te apetezca.

Pues… Nada, ha sido un placer contestar a vuestras preguntas. Gracias por el interés y que Dios os bendiga.

Gracias, maestro.

Javier Gilabert / Fernando Jaén

Javier Gilabert / Fernando Jaén

Javier Gilabert (Granada, 1973). Casado y padre de dos hijos. Maestro desde hace cuatro lustros, disfruta trasmitiendo su amor por las palabras a unos alumnos de los que afirma aprender cada día. Cuenta entre sus filias la poesía, pasión que ya alentaran sus primeros maestros y con la que afirma haber “jugado” desde la infancia; ésta ha desembocado en su primer poemario, ‘poeAmario’. Siempre atento a las palabras y ávido lector, manifiesta su preferencia por la poesía nacional, especialmente de las Generaciones del 98 y del 27 (en la que incluye y subraya a Miguel Hernández Gilabert), pasando por las más actuales hasta llegar a coetáneos como Montiel, Praena, Iniesta o Jaén, que combina con otra de sus aficiones, la música, de cuyas letras también aprende y destaca las del “maestro” José Ignacio G. Lapido (091).

Fernando Jaén (Granada, 1975). Como poeta ha publicado 'El corral de las cuatro esquinas' (Dauro 2002), 'Los ciclos brutos' (Comares 2012), 'Los días del barro' (Comares 2014) y 'Las orillas difíciles' (Oblicuas 2015). Incluido en 'Todo es poesía en Granada', por el antólogo José Martín Vayas (Esdrújula 2015). Participa en 'Nocturnario', obra colectiva coordinada por Ángel Olgoso y José María Merino (Nazarí 2016). Aparece en 'Pájaro Azul', edición de Marina Tapia, homenaje a Rubén Darío (Artificios 2016).
Ha colaborado con A.L. Guillén en distintas aventuras artísticas y musicales como 'Capricho 69' (1993), 'Restos' (1998), 'Amor sin misericordia' (2003) y 'Aprojimación a tu ciclo' (2013). De este diálogo ascético surge el documental 'Alfa y Omega' (2012).
Es miembro del Institutum Pataphysicum Granatensis y del proyecto anartístico Gruppo Ungido. Para el autor, médico de profesión, "la poesía es la fuerza que te permite sobrevivir en la fragilidad".
Javier Gilabert / Fernando Jaén
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