Crónicas de conciertos

Ruibal, ‘honoris causa’

Ruibal, ‘honoris causa’

por Paco Sánchez Múgica

Ruibal, honoris causa en este principio de febrero helado en Madrid. Portavoz de la resistencia ajena al engranaje de la industria. Marinero en tierra, hijo del agobio, huésped de la Pensión Triana, bendito desobediente, predicador desde la duna de Bolonia, náufrago en Isla Mujeres, almadrabero de los mares del surf, chirigotero sin pito de carnaval, poeta consonante, músico asonante. Con los versos en la boca y la melodía en los huesos.

El imaginario ruibaliano es uno y son muchos. Existe porque tú lo imaginas. Su cancionero -el que lo probó, lo sabe- es de aquí, pero suena de allá, ida y vuelta. Punto de partida y eterno retorno. El artista, el autor, el intérprete, el hombre… esos son el mismo siempre. Con la verdad por delante. La suya. Artista honesto y mayúsculo en su reino de lo cotidiano, flamenco sin patrias ni fronteras. Con un quejío como de sonido negro y un proyectar la voz como si le brotara del alma.

Venía el maestro maqueado como un pincel tras convocar a un escenario de excepción, el madrileño Teatro Circo Price, con la invitación bajo el brazo de una celebración casi en familia y rodeado de invitadas de lujo. Aunque aquello estaba claro que no era una noche más, como no lo fue, el poeta de El Puerto de Santa María fue una vez más el de siempre —sencillo y afable, comunicativo, humilde, con ese puntito siempre socarrón…— y sonó como siempre. Es decir, como nunca. “¡Por fin todo el mundo se ha enterado! ¿Habéis visto qué canciones, que ni una es regular? ¿Cómo se pueden hacer 500-900.000 canciones y que sean todas buenas? ¡Y cómo nos trata a las mujeres! Como diosas, como lo que somos”, exclamó con todo su ángel Martirio al hacer acto de presencia en el escenario para compartir dos temas con Javier, uno de su puño y letra tan emblemático como La Boda, y un segundo al que el portuense le puso música para unos versos de la propia Maribel Quiñones y Kiko Veneno, Una roca en el mar.

Javier Ruibal

Javier Ruibal acompañado por Estrella Morente cantando ‘A Morente’. Foto de Santana de Yepes

Ese “¡Por fin!” de Martirio fue de puro placer por ver a su amigo del alma abarrotar otra vez una gran plaza en la capital, 35 años después de iniciar una carrera cosida con pulso de cirujano y toda la paciencia del que no busca nada más que a sí mismo. Ocurría esto después de haber recorrido mundo y haber compartido pista con grandes domadores y fieras de su oficio. A él, que canta a lo eterno y carga desde hace tres décadas y media (se dice rápido) con la pesada maleta de una trayectoria libre e insobornable, le concedieron el año pasado el Premio Nacional de las Músicas Actuales. Premio a la constancia de permanecer a espaldas de las modas y los triunfos exprés, de los artistillas de cartón piedra y los estribillos en serie. Premio a no caer en clichés de consumo rápido, ni en venderse al mejor carné.

El recital se titulaba Presente femenino. Pero no porque Ruibal quisiera apuntarse a una moda políticamente correcta, al #metoo, o aspire a erigirse en portavoz macho alfa de las pandoras, sino porque lleva toda su vida cantando a la mujer y, sobre todo, “aprendiendo de ellas”. Se llamen la Gloria de Manhattan, la Reina de África, la Flor de Estambul o la Viñera de postín de la santa madre que le parió.

Más allá de todo, por encima de auditorios y aforos, Ruibal no defiende el triunfo (que rima con efímero) ni el reconocimiento (que suena a ojana), sino que su pan nuestro de cada día pasa por algo más sencillo: reivindicar su verdad y ese poder de comunión con su audiencia. Sin más.

Hace unos meses le disfrutamos en un directo intimísimo en Galileo Galilei casi sin más acompañamiento que sus seis cuerdas, ahora nos arranca el ole de las tripas ante un auditorio varias veces mayor, rodeado de su poderosa banda y de otros invitados de relumbrón como el tres cubano de Raúl Rodríguez, un sonido de la frontera que sienta a este directo como un guante.

Y sigue siendo (es) el mismo de siempre. Hasta con esos mismos chistes que, admitió, “llevo contando desde hace unos 20 años: estamos yendo tan pa atrás que lo mismo cualquier día conocemos a Isabel la Católica”. La cosa no cambia. Arrancó más o menos como siempre: de menos a más. El recital lo inició con Tu vida en prenda y acabó en los bises con Para llevarte a vivir e Isla mujeres, ese himno en el que ya el público, rendido a su maestría, le lleva en volandas.

No se apartó de la luz del escenario durante dos horas y cuarto, derrochó cuerdas vocales y acabó con más voz que dos horas y pico antes. Sonó a milagro escucharle entonar su elegía a Morente junto a la matriarca Estrella; puso el vello en pie mil veces en Ave del paraíso, a dúo con Rozalén; fueron de una ternura y belleza exquisitas los dos números para que los bailase su hija Lucía, uno entre “la flamenquería y la ocupación planetaria” y Baila Lucía; y llegó al éxtasis pleno al compartir La flor de Estambul con Eva Amaral, que aportó una hondura inédita en un tema ya de por sí insondable. Repasó su último (décimo en su trayectoria) disco con un puñado de lo mejor de lo mejor: Sueño que te sueño, Mi pequeño buda, Cine Macario, Quédate conmigo…; volvió a homenajear a Lorca en Por tu amor me duele el aire; y ensanchó el repertorio con otro puñado de emblemas de su cancionero más conocido por quienes tienen la suerte de conocerlo: Guárdame, La Reina de ÁfricaLa rosa azul de Alejandría… Con esa guitarra que suena a orquesta sinfónica y unas letras que rejuvenecen con el paso de los días, bien pudo bastarse por sí solo. Pero, evidentemente, no habría sido lo mismo.

Soy un masoquista de la música. Me gusta acompañarme de gente que sepa mucho más que yo y que me pase por encima“, confesó Javier Ruibal al presentar a la tremenda banda que arropó sus canciones (Diego Villegas, Javi Ruibal, Víctor Merlo y José Recacha). Les dio las gracias y su sitio una y otra vez. Y a la postre, por encima de todo, al público.

El éxito es subirte al escenario y que te quieran”, sostuvo una vez en una entrevista. Y, más allá de todo, lo que se llevó del Price fue ese cariño y ese calor de quienes aún a estas alturas le siguen descubriendo y la devoción sincera de una inmensa minoría de incondicionales. Devotos de una causa que no es otra que dar la vida por un sueño y hacer que su música exista porque tú la imaginas.

 

INVERFEST. 1 de febrero de 2018. Crónica del concierto de Javier Ruibal para celebrar sus primeros 35 años en la música.

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