Opinión y Pensamiento

El umbral de la vergüenza

El umbral de la vergüenza

Hace unos años leí un estudio de una marca de dentrífricos relacionado con la higiene bucal y los cepillos de dientes. Realmente trataba de ver el efecto de la publicidad en los usuarios y más que un estudio fue un experimento.

Seleccionaron decenas de participantes de ambos sexos y diversas edades. La idea era facilitarles diariamente un nuevo pack de higiene dental; un cepillo nuevo, pasta de dientes y una foto de una sonrisa que iba a degenerar diariamente desde una bella sonrisa a una boca necrosada.

Recogían los cepillos a diario, al entregar el nuevo pack, para analizar el desgaste de las fibras. 

El estudio señaló que durante los primeros días los participantes se cepillaban de la misma forma (tiempo e intensidad) que lo hacían normalmente pero que a medida que pasaban los días y aumentaba la degeneración de la sonrisa, aumentaban la intensidad del cepillado.

Como tenían que ver a diario mientras se cepillaban una foto cada vez más dura e impactante, había un momento en el que todos, absolutamente todos los participantes no insistían. Dejaban de cepillarse con más intensidad, atravesaban un umbral, un punto de no retorno en el que ya asumían como cierta la degeneración inevitable de su dentadura. Hubo incluso quien dejó de cepillarse.

Algo así pasa -está pasando- en nuestra sociedad con innumerables temas, desde los más básicos relacionados con los Derechos Humanos, que llevan a ONG's a haber caído en una especie de trampa del capitalismo solidario donde ya no sabes si donas para el chico que está en la calle, con un contrato de mierda y a comisión o para el drama que la organización dice combatir, y aunque te jode colaboras porque sabes que desgrava y si suman un cierto número de socios hay una ley que obliga a las instituciones a apoquinar, hasta la indiferencia ante el negocio de la guerra y los conflictos enquistados, las causas y las consecuencias, los migrantes o  el mismo mendigo de la esquina, al que muy pocos tratan sin desprecio. Se nos debería caer la cara de vergüenza, nosotros mantenemos a los burócratas que decidieron cobrarle a un pobre por renovar el DNI y con la excusa de no hacerlo sacarlo del sistema para regular los ratios de los albergues. Hay gente que calcula que la mitad están en esa situación. 

Busco en mi cabeza fotografías que tras un impacto tremendo han generado cierta indiferencia o tolerancia; por ejemplo, la del niño Aylan, que fue portada mundial días después de la publicación en redes sociales de una serie de fotografías -más duras, explícitas e impactantes- de una periodista italiana que absolutamente escandalizada e impotente acabó fotografiando esa noche desde la orilla todos los niños ahogados que escupía el mar. 

Tenemos que revisar nuestro umbral de la vergüenza y la indignación, el punto donde reaccionamos y rompemos nuestro silencio, a nivel colectivo y de manera personal, y darnos cuenta de que hemos asimilado, como algo habitual, cosas que a todos nos parecen intolerables. 

Si le preguntas a una persona racional y formada te dirá que le parece terrible y atroz que haya mujeres que mueren asesinadas por su pareja, familias con menores desahuciadas tiradas a la calle por la fuerza, mujeres y niñas forzadas a prostituirse, venta de esclavos en pleno siglo XXI, el corporativismo que protege a la policía racistas de su abuso de autoridad o ese político corrupto y sus secuaces.

No está claro saber en qué momento actuará, actuaremos, para cambiarlo.

 

Tono Cano
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