Voces del Extremo

La sociedad civil y sus enemigos

La sociedad civil y sus enemigos.

¿De verdad no podemos cambiar el mundo? ¿O el mundo no ha dejado de cambiar? H. Tur

El poder financiero y empresarial multinacional es, por su capacidad de estrangular, en cualquier momento, cualquier economía nacional, el que, de forma inapelable, va imponiendo sus particulares formas de terrorismo económico, político, cultural y los medios de la enajenación mediática que han de actuar sobre la sociedad civil, induciendo conductas, haciendo del consumo el único objetivo de la vida, tratando a la vida como un simple medio para alcanzar a consumir, haciendo natural la relación destructiva, que se deriva de todo ello, sobre el medio, sobre los recursos y sobre los mismos humanos. Resolviendo como desechos, basura o daños colaterales, los efectos de su potencial destructivo sobre el medio y los individuos.

Las redes de vecindad y parentesco, vaciadas de sus atributos de solidaridad, apoyo mutuo, reciprocidad diferida, etc. se diluyen hacia formalizaciones trazadas desde los media para conformarlas en conductas y rituales exclusivamente puestos al servicio del mercado. Las organizaciones sindicales, cívicas y comunitarias languidecen en el nuevo espacio social desarticulado que ha materializado el liberalismo económico, bajo la sospecha sobre sus fines, instrumentalizadas desde él. La extensión de la cultura política autoritaria se maquilla, hoy, con sistemas electorales que convierten las elecciones en una farsa, con mayorías fabricadas por el poder financiero y empresarial, publicidad confeccionada por sus medios hasta hacerla pasar por información, manipulación de conductas, generación de estados mentales y una libertad de expresión controlada, subrayando las limitaciones de autonomía y poder de decisión de los acosados, a su vez, por las privatizaciones de la riqueza pública, la desregularización del mercado laboral, el aumento de la inseguridad laboral y el desempleo que, finalmente, completa el horizonte de la exclusión social actual que estamos experimentando bajo el domino del neoliberalismo. La lucha de clases parece neutralizada ante la fragmentación de la clase trabajadora en niveles inestablemente asentados sobre variables salariales, regionales, generacionales, sexuales y étnicas, que hacen muy difícil el mutuo reconocimiento de quienes por encima de esta variabilidad ilusoria parecen haber olvidado lo esencial, su condición de explotados, de colectivo determinado por unas mismas vulnerabilidades, unos mismos intereses que los definen como clase.

Las viejas pulsiones autoorganizativas comunitarias han sido fagocitadas. Su visibilidad depende de su permeabilidad a su institucionalización. Los movimientos sociales son regulados por el Estado a través de políticas de subvenciones y maquillaje mediático de sus fines. Define en positivo las ONG’s y en negativo “los movimientos radicales”. Hace visible a ambos según sus intereses, promocionando las luchas de los primeros, en la medida que no contravengan ni sus intereses ni el de los poderes económicos que lo sostienen, patrocinando proyectos más dotados de carga simbólica que de efectividad social (discriminación, racismo, xenofobia, caridad, etc.), e invisibiliza el trabajo creativo de los segundos, a los que fugaz y reiteradamente hace aparecer como destructores del orden y la convivencia.

Las asociaciones (de vecinos, de padres, etc.) permanecen bajo sospecha y se debilitan transformadas en trampolines para políticos de medio pelo. El partido, el sindicato o la asociación, que en otro tiempo se concebían como instrumentos de lucha y cambio social, han terminado reproduciendo el mismo modelo mafioso del autoritarismo, el clientelismo y la corruptela generalizada contra la que luchaban y hoy, sobre esta base, aparecen como vehículos que facilitan la integración laboral y la movilidad social de los que participan en ellos, por encima de cualquier otro compromiso con los explotados.

Los espacios de socialización desaparecen en medio de la desolación del urbanismo moderno, sustituidos por el espectáculo de los centros comerciales y recreativos. Estos concentran bienes y servicios a la vez que ubican a los individuos en un espacio clausurado en el que se les controla y estimula al consumo pasivo de tiempo libre y mercancías superfluas que saldan una relación de insatisfacción en el sujeto.

El Capitalismo Mundial Integrado (CMI) (Guattari, 1989) ha puesto boca abajo los lugares de la explotación hasta el punto de revestirlos de un aura positiva que no sólo los justifica sino que los presenta como socialmente necesarios. Ese es su gran triunfo, haber transformado los espacios de la explotación laboral en simples medios posibilitadores (y por la propia esencia de las relaciones sociales de producción capitalistas, limitadores) de la participación individual en el mercado, paradigma de la felicidad entendida como satisfacción ilusoria y momentánea de un deseo que el mismo sistema se encarga de amplificar y renovar, generando por encima de la conciencia de explotado que debería germinar en el trabajador, la angustia de la necesidad siempre insatisfecha como sensación cobertora de toda posible acción, y por tanto, neutralizadora de toda posibilidad de rebeldía frente al sistema. Hasta qué punto esto es así, es constatable en las revueltas que estallan en el primer mundo capitalista. Éstas no se dirigen contra la fábrica, contra los lugares de la explotación, hacia el control de los medios de producción, sino contra los grandes almacenes, contra las tiendas. No contra sus cadenas, sino hacia los objetos que dan sentido a sus cadenas.

Las grandes superficies comerciales de nuestros días son los espacios que han sustituido (invirtiendo su simbolismo) al castillo medieval y a la fábrica industrial, a la vez que han desplazado el espacio de la ilusión y la felicidad que, como proyecto aplazado en ambos periodos históricos, supuso la Iglesia.

El enemigo se ha falseado, ya no se presenta como plusvalía, sino como el cristal blindado que establece la distancia del deseo (Debord, 1967). La desorientación en la que actualmente se halla subsumida la clase trabajadora es el efecto de hallarse presa en medio de esos deseos especulares con los que se la ha convencido de su realización alienante, es decir, de su realización en el espectro de su antagónica y olvido de su propio proyecto de autorrealización.

Naturalizadas la explotación y la injusticia, nuestro humanismo de centro comercial es incapaz de articular una respuesta que no haya sido antes servida por las grandes multinacionales que monopolizan la (in)formación de masas. Fe catódica, letanías y retahílas más o menos incongruentes se presentan como los nuevos aglutinantes de una sociedad descompuesta.

La dictadura del capital se manifiesta mucho más terrible que cualquier dictadura política porque… “no pesa solamente como una fuerza que dice no, sino que de hecho la atraviesa, produce cosas, induce placer, forma saber, produce discursos; es preciso considerarlo como una red productiva que atraviesa todo el cuerpo social más que como una instancia negativa que tiene como función reprimir… se ha instaurado lo que podía ser denominada una nueva economía del poder, es decir, procedimientos que permiten hacer circular los efectos de poder de forma continuada, ininterrumpida, adaptada, individualizada en el cuerpo social todo entero. Estas nuevas técnicas son a la vez mucho más eficaces y menos dispendiosas (menos costosas económicamente, menos aleatorias en sus resultados, menos susceptibles de escapatorias o resistencias)(Foucault, 1980:182-183)”.

Es decir, su efectividad se mide mas en función de su capacidad para convencer a las clases dominadas de la necesidad, bondad, fatalidad y, en última instancia, inexistencia de su dominación, que en la exhibición de su poderío represor y terrorista. Es el juego del palo y la zanahoria, solo que el palo es real y la zanahoria imaginaria.

Este carácter no instrumental de la dominación ideológica es el prerrequisito para que las ideas de la clase dominante sean, en cada momento, las ideas dominantes y la forma de conciencia dominante asumidas por gran cantidad de individuos y grupos. Los valores y las ideas, construidas sobre este principio se alimentan con el autoengaño y justifican la realidad social como una abstracción donde las relaciones entre personas se explican como relaciones entre cosas.

Así atomiza a los trabajadores y suspende cualquier tipo de alianza, de apoyo mutuo en base a una ideología política y de clase. Las víctimas de este sistema se devoran entre ellas obnubiladas por la competencia y la desconfianza, la envidia y el resentimiento. Todas estas conductas refuerzan actitudes egoístas y conservadoras, delimitando un espacio de aislamiento sólo satisfecho por las posibilidades de consumo que tales prácticas, débilmente, aseguran.

Invisibilizadas todas las visiones comunitarias alternativas al modelo social imperante, el individualismo, esa especie de egoísmo irracional y suicida, para el que todos y cada uno de los humanos son enemigos suyos y entre sí, se erige como el único campo de referencia, de búsqueda de soluciones, de rebeldía y de complacencias que, paradójicamente, encuentran su satisfacción, de modo serial masivo, en un mercado que engorda a la vez que seca la autonomía individual, que cosifica al individuo en la medida que este sólo se reconoce en cuanto relación con cosas y en antagonismo con los demás.

En efecto, el mercado crece, se expande manipulando, a la baja, la autoestima del individuo. Lo sustrae de su estatus político y lo reduce a consumidor, cerrando así la primera de las operaciones que lo aísla del conjunto del cuerpo social, al que ya sólo se siente vinculado por las ficciones que, ocasional y exclusivamente, lo muestren en esta relación, verbigracia.: peñista, romero, cofrade, socio, etc. de x, propietario de objetos de distinción, bienes que señalan un particular estilo de vida, etc. Así conforma sus expectativas con lo que, paradójicamente, contiene la fórmula de su propia aniquilación. Proclama sus derechos y privilegios cuando en realidad nunca han sido los hombres menos libres y han estado más dominados.

La libertad se presenta como delimitada y se materializa como ilusión de variabilidad dentro de un patrón de conducta y acción reglamentado y ejemplarizado, como posibilidad no de elección sino de lo que puede elegirse, a través de la publicidad, en la que se inscribe todo un arco de opcionalidad de comportamientos sociales también previamente fijados y eufemísticamente conocidos como modas. Sujeto a cualquiera de ellas, el sujeto alienado es absorbido por su existencia alienada (Marcuse, 1961).

Las contradicciones del capital generan una violencia que permea todos los ámbitos de la vida mientras el poder sigue presentando su propia versión de la violencia, la invisibilidad y los desaparecidos; y lo que es peor, las posibles vías de crítica, resolución y reformulación simbólicas; asentando, de paso, la confianza en las posibilidades reformistas del sistema, y las posibilidades de protagonismo subsidiario, en este cambio, de una minoría hasta cierto punto incómoda con el estado de las cosas. Así cerrada la tensión sobre las posibilidades de reconducción del sistema social sobre la base de sus propios mecanismos, es posible también cerrar el debate sobre la invisibilidad de determinados vectores sociales que continúan poniendo en conflicto la representación de lo real. En la medida que no aceptan las reglas del juego, será la fuerza de su antagonismo y las prácticas a que den lugar las que fijen su posición en un arco que va desde la invisibilidad hasta la criminalización.

Las instituciones de producción y transmisión de consenso del sistema (medios de comunicación, universidad, escuela, etc.) se ponen diariamente a prueba a través de la difusión de estímulos codificados que el poder necesita tanto para la producción económica como para el poder político. Sus cuerpos y fuerzas de seguridad corroboran en cada momento el funcionamiento del orden social impuesto. Ejercicio colosal, machaconamente repetido, sobre el que se sostiene en sus ficciones, y que demuestra, palmariamente, la fragilidad del mismo, su impotencia para liquidar al verdadero contrincante en esta guerra: el descontento de los que se sienten avasallados por él y que hacen que el rebaño nunca termine de estar debidamente domesticado.

Tal vez sea cierto que, en estos momentos, en nuestra actual coyuntura, este descontento no se formalice en una ideología coherente, menos aún revolucionaria, pero de lo que no hay la menor duda es de que existe una condición compartida en tanto que víctimas de la injusticia; una crítica dirigida al orden social en general, a la riqueza y a las grandes empresas, a la política institucional y a los políticos profesionales, a los sindicatos y a los mismos medios de comunicación por su incapacidad para servir a los intereses generales.

El descontento, actualmente, es una brecha que va adquiriendo las mismas dimensiones que la distancia que se establece entre las aspiraciones de los ciudadanos y las cada vez mayores dificultades para satisfacer hasta las necesidades más perentorias. Este descontento no crece en un vacío ideológico, desde luego; aunque simplificadas, conoce sus causas, pero al no haber sido capaz aún de atravesar el nivel de lo doméstico y lo privado, se nos aparece deslavazado, sin articular, lleno de repugnancia hacia la militancia sindical y política tradicionales y sin demasiada confianza en los proyectos (de los que a veces no sabe ni siquiera que existen) que apelan a la autoorganización y la acción directa.

Toda la energía que produce hoy el descontento continúa, momentáneamente, desperdiciándose, pero eso también significa que, en cualquier momento, puede ser puesta al servicio colectivo de un impulso radical, coherente y poderoso. Algo nada nuevo (porque la Historia está llena de ellos) y siempre posible, una brusca toma de conciencia en los individuos, un pensar desde la explotación, que será más factible de que se produzca en tanto menos se ajusten a sus relaciones imaginarias sus condiciones reales de existencia y más “anormal” se tornen sus vidas y sus situaciones bajo el capitalismo. Hoy, en esa espera, no son pocos los que, desde múltiples ámbitos y subjetividades, se ejercitan en prácticas antagónicas que tratan de poner en evidencia el verdadero carácter del capitalismo y generar, al mismo tiempo, espacios y acontecimientos donde se trabaja por la liberación de la explotación y contra la alienación individual y colectiva.

Antonio Orihuela

Antonio Orihuela

Documentos de pensamiento radical.
Antonio Orihuela

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