La Sandunguería

Vivimos entre dos obras de Calderón

Vivimos entre dos obras de Calderón

Calderón, hace mucho tiempo, escribió "El Alcalde de Zalamea", una obra en la que se ve, entre otras cosas, un intento de búsqueda de separación de poderes que no acaba de darse. Don Pedro Crespo tiene en la mano la ejecución de un hombre al que odia con razón por motivos que no daremos (¡lean la obra o vayan a verla, por favor!). El mismo genio escribía en "la vida es sueño", al final del acto segundo, unos versos que conocemos todos: "los sueños, sueños son", pero antes, en ese mismo soliloquio, dice: "sueña el rey que es rey/ y en ese engaño vive", me recuerda a Rus contando los billetes que recibía.

Tengo en un solo libro "la vida es sueño" y "el alcalde de Zalamea", uno tras otro. ¡Vivimos entre dos obras! En la vida es sueño Calderón reflexiona sobre la meta a la que lleva el camino del mal uso de la libertad, y en la segunda escribe sobre los derechos humanos, el honor y mil cosas más, planteando -diría que reivindicando- que un campesino tiene la misma honra que un señor. Vivimos entre dos obras, o peor, vivimos en problemas del Siglo Diecisiete.

Pero, ¿cómo es posible? ¿Cuánto tiempo llevan maculados todos los hombres de la Presidenta Aguirre? ¿Cuánto ha tardado en dimitir? ¡Ay, qué poco han tardado los vasallos en cantar alabanzas a la Gran Señora de Génova! Hay quien teniendo derechos no los usa, como quien tiene ojos y no quiere ver, y que aún teniendo carnet de identidad, lejos de alcanzar la ciudadanía, se conforman en el estado de servidumbre de no exigir nada. ¡Oigan! ¡Que cuando se coloca al frente de una gestión a corruptos, lo normal es dimitir cuando les cojan! Pero quien más y quien menos anda poniendo palios a quien, simple y llanamente, cumplió con su deber de dimitir y asumir que lo hizo mal, rematadamente mal. Tal será el deber que observamos que cumplirlo es algo extraordinario.

El mal uso de la libertad ha llevado a esta promulgación de la maldad. Bien quisiéramos un derecho villano, es decir, de quién vive en la llana villa; bien quisiéramos un derecho vulgar, es decir, del vulgo, de la gente común y ordinaria, que es lo contrario a extraordinario, es decir: lo normal. Fíjense que nuestro vocabulario mismo da la razón a aquellos que dijeron, a lo largo de la historia, que no podía gobernar cualquiera que hubiera nacido en cualquier parte. Fíjense, tras esto, quién lleva tratando mal a quién a sus pies se postra, haciendo encaje de bolillos con los Juan de Nadie, señores de Nada, repitiéndonos que villano significa, de alguna forma, malvado, y que decir vulgar es decir chabacano, demonizando al pobre. Fíjense que hay cosas que ni una Constitución soluciona, tras el 78 dijeron los papeles que los servidos servirían a los antes servidores, y aquí estamos, exigiendo cuentas y mirando con recelo si la separación de poderes es tal cosa, lo mismo que se preguntaba Calderón hace cuatro siglos.

La libertad es una cosa extraña para quién ayuda a colocar barrotes: Un cargo del PP se iba de la sala cuando, en un homenaje a la poesía, se recitaba parodiando el padrenuestro: "Madre nuestra que estás en el cielo/ santificado sea tu coño". Entre tanto, el Papa pide en México que se luche contra la corrupción. Si bien todo es criticable, hay quién oye a Dios sólo con el oído derecho.

¡Vivimos entre dos obras! Una sobre la libertad, otra sobre el honor. Ya lo dijo Calderón, que el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios; y que soñando vive el hombre, y que los sueños, sueños son. Mas causa pesar su nombre, cansina repetición, que cuatro siglos más tarde sólo hayamos disfrazado carencias. Los sueños, sueños son, peor es que tampoco pedimos tanto.

Vivimos entre dos obras, pero, con este IVA, cualquiera va al teatro.

Fernan Camacho
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