Literatura

El hombre que te habita

El hombre que te habita, jirón de conciencia abrasadora

Antonia María Carrascal hiende con esplendente palabra poética las aguas procelosas en las que naufraga la humanidad. Exquisita y asertiva verticalidad lírica, reveladora del dramático sino al que se encamina.

La naturaleza crecida de alto dolor. Y nuestra pobre palabra sin definición que precise el significado de tamaña involución y cruel destino. No se pronuncia lo que convertimos en estigma. No existe lo que se deja de mentar. La voz del ser humano se asemejaba a la brisa que hace hablar a los árboles en su balanceo. Era mágica. Infundía su liturgia de eco interior. Ahora, escindida de su  voluntad vital, es clandestina. Ya no escuchamos a los árboles. Rafael Sánchez Ferlosio afirma que “La palabra nos hace. No podemos percibirnos desde fuera. No existe un exterior de la lengua”. Pero sí del tacto que la escribe y palpa como la inscripción que sobre la corteza de los árboles clama nuestra sed de amor. Los dedos al recorrer el irregular trazo, ritualizan la herida que sangra y nos hermana en la savia de cada tiempo nuevo. “La poesía se escribe a ciegas”. María Victoria Atencia anuncia la oscuridad en la que se adentra, si paradójicamente pretende alumbrar su camino interior. La palabra poética atiende a éste. La tea con la que ilumina su paso por el laberinto de la emoción y el pensamiento arde poderosamente. Ahí dentro nada nos es ajeno. Como lo es en el corazón de la tierra de la que emerge nuestra existencia y donde se aposentarán las cenizas que seremos. Sin embargo nuestros hechos nos delatan. Olvidamos de dónde venimos: somos hijos que niegan y maltratan a su madre, la Madre Tierra. Entonces, “¿Querrías tu sembrar conmigo un bosque?

Portada. El hombre que te habita. Editorial Edílica. Colección Orippoesía. 2014

Portada. El hombre que te habita. Editorial Edílica. Colección Orippoesía. 2014

El hombre que te habita –editorial Edílica. ColecciónOrippoesía.

2014- aúna en su itinerario introspectivo la decadencia y la locura del ser humano que aniquila su propio futuro, “En este suelo ya / no determina el rumbo / el barco en el que el hombre / deambula cansado, / y se diría / que en turbada demencia ha decidido  / sentir la devoción / del áspid en su entraña”. Aunque también, y por el contrario, la deseada y esperanzadora necesidad de forjar un hombre nuevo, “Otro Hombre que luche, cual bestiario, / contra el hombre que en oro se enriquece / y en su negra olla lento cuece / contento su interés de mercenario”. En esta pugna desigual la cuenta atrás ya ha comenzado. La reciente Cumbre del Clima –COP 21- celebrada en París, de la que se esperaban resultados alentadores, se ha resuelto en una nueva oportunidad perdida. Quizás la última. Una declaración de intenciones que en sus 32 páginas reitera hasta en 141 ocasiones la forma verbal “deberá”. Recomendaciones para continuar atendiendo al festivo himno de la vanidad, “Pero el hombre no sabe, / no inquiere, / no descubre / que sus alas cayeron / truncadas por los hombres / que izaron el cartel / de / se regalan, / (para seis mil millones de inocentes), / confortables porciones del viejo paraíso”.

Esta hermosa obra retuerce la sinrazón por la que deambula el ser humano ciego de egoísmo e insatisfacción, “Hoy el hombre camina conmovido / por las sendas que ya no reconoce. / Alarga la mirada / y contempla la vida en decadencia / al pie del infortunio”. Condensa en su profundo testimonio lírico la visión crítica desde una perspectiva fieramente humanista, que participa del concepto de hombre que no niega su naturaleza caótica y errabunda pero aspira a cortar esas amarras y tomar nuevo rumbo. Miguel de Unamuno en su obra Del sentimiento trágico de la vida renueva la cita del esclavo romano Publio Terencio Africano, “Homo sum, nihil humani a me alienum puto, dijo el cómico latino. Y yo diría más bien, nullum hominem a me alienum puto: soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño. Porque el adjetivo humanus me es tan sospechoso como su sustantivo abstracto humanitas, la humanidad. Ni lo humano ni la humanidad, ni el adjetivo simple, ni el sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre. El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere –sobre todo el que muere-, el que come y bebe y juega y duerme y piensa y quiere, el hombre que se ve y a quien se oye, el hermano, el verdadero”

Antonia María Carrascal compone el clamor de una voz afligida que infiere un certero y poderoso golpe de ética y humildad, “Yo quisiera encontrar un nuevo credo, / un credo que del hombre al Hombre vaya / y destruya el aliento de metralla / con que al hombre clavaron contra el miedo”. La entonación conmueve por la elegancia de su exposición contraída en el roce furtivo que despierta del ensimismamiento, “Nunca más / la inocencia de la sangre / se destine a lavar / la arrogante conciencia / de aquellos que se sientan humillados / porque solo ante su propia ignorancia / se arrodillan”. No alude a la compasión, impele a la reflexión. Abriendo el cauce de luz que irriga discernimiento. Apela al corazón del ser humano y a la interrelación que éste mantiene con el medio natural y espiritual, de los que paulatinamente se distancia y abandona, “Que hacer con estos seres cuando un día descubran / que han extraviado las llaves del planeta”. Una obra cuya irreverente belleza es pulsión de fe poética.

 

Pedro Luis Ibáñez Lérida

Poeta. Articulista. Crítico y comentarista literario en diversos medios de comunicación. Miembro de la Asociación Colegial de Escritores de Andalucía y Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios. Miembro del Consejo de redacción Nueva Grecia, revista estacional de literatura. Pertenece al Centro Andaluz de la Letras.
Pedro Luis Ibáñez Lérida

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