La Sandunguería

Un partidazo de Gasol entre el independentismo

Un partidazo de Gasol entre el independentismo

A mi me gustaría que se independizaran personas, lo he dicho muchas veces. Si hablo de Andalucía, mi patria concreta, me gustaría que se fueran los andaluces que confunden vaguedad con alegría, los que confunden tradición con barbarie y estanques de cultura. En general, quisiera que se independizaran aquellos que hacen de su ignorancia su forma de vida, y asumen que no tienen gana alguna de progresar, salen por la tele, gustan y se gustan. Ya saben de qué andaluces hablo. Si hablara de españoles, las palabras serían muy parecidas.

Al contrario, me gusta decir siempre que soy paisano de pensadores, grandes deportistas, grandísimos poetas, innovadores científicos, personas trabajadores y humildes que han sacado familias adelante de la nada, ciudadanos maravillosos que acogieron a inmigrantes con los brazos abiertos.

Me gustaría largar a los intolerantes, a los que odian por deporte, a los que aman sin motivo. A aquellos cuyas pasiones cambian los domingos, ya sea en misa o en el fútbol. Quisiera largar a los que en las orejas de un toro ven un trofeo. Los que están conformes llevando cadenas. Me gustaría que se fueran los que se aprovechan en sus casas de los derechos que otros lucharon en las calles.

En nombres propios, disfruto diciendo que soy paisano de Gil de Biedma, en cambio, digo que no conozco al hijo de tal o cual duquesa y que jamás he oído hablar del hijo de tal o cual tonadillera. Disfruto diciendo que comparto país con Pau Gasol.

Sobre todas las cosas me pregunto con qué cara cantan «Imagine» los independentistas. ¿Qué dirán cuando la canción dice «imagina que no hay países»? Luego, veo los mensajes de odio y de catalanofobia de muchas personas y lo entiendo. Esa fobia, por ejemplo, al idioma catalán que hablan tantas personas a las que admiro, no la entiendo. Los españoles tenemos la gran ventaja de disfrutar cinco -como mínimo- culturas distintas. Se nos llena la boca hablando de multiculturalismo, de aprender de otras formas de vida y otras formas de ser, pero a la hora de aprender de todo lo que podríamos disfrutar en España, alejamos esa bendita heterogeneidad.

«¡Que se vayan los jugadores independentistas!», gritan unos. Quisiera yo saber cuántos cambiarían la columna vertebral de la selección de fútbol que ganó el mundial por hacer realidad esa frase. Siguiendo con el deporte, el día que Gasol nos metió en la final del EuroBasket, todos parecimos adorar a Cataluña. Ojalá esto se extienda, Gasol es un deportista ejemplar y en la pista muestra valores humanos (liderazgo, personalidad, deportividad sana…) que deberían enseñarse en las escuelas. ¿Y si, por un momento, aceptáramos nuestras diferencias y, en vez de querer poner una frontera o imponer una sola forma de ser de España, nos centráramos en querernos una mijita?

¿Y si nos diésemos cuenta de que la humanidad está hecha de personas distintas, pero que ni una de ellas carece de lo que Séneca llamó «la ley innata»? ¿Y si nos diésemos cuenta de que lo que estorban no son las personas, ni las culturas, ni las lenguas… sino todas las fronteras del mundo? ¡Esas malditas rayitas de los mapas están haciendo que haya personas muriendo de hambre! Catalanes, sean sensatos: ¡No pongan una más! Españolistas, sean cuerdos: ¡No les den más motivos, joé!

Fernan Camacho
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