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Reivindicación del buen insultar

buen insulto  Richard Matthews

De un tiempo a esta parte el insultar se está convirtiendo en un juego tedioso y desconsiderado. De toda la vida se ha faltado a quien lo mereciere, pero con el predominio del orgullo ignorante que controla la televisión, el analfabetismo moderno no hace sino extenderse, como dijo Jesús Quintero: “Saben leer, pero no ejercen”, y por lo tanto no se dicen más que vulgaridades soeces y de cristalina materia. Desde aquí quiero reivindicar el buen insulto, el que de duro y elegante casi no ofende.

De todos es sabido que un buen insulto es un buen insulto y se queda el que lo diga ancho como Castilla, se le llena a uno la boca cuando le recuerda al prójimo lo meretriz que es su progenitora, lo cornudo que resulta el vecino haciéndole parecer el macho de la cabra, inventando de la nada que el pene tiene forma de gaita y que el del cuarto es gaitero ya que sopla la gaita de otro señor a menudo, y que si pudiera soplar de su flauta propia, por depravado que es, lo haría, pero no se le ve demasiado flexible. O dar por hecho la debilidad, espiritual o física, de cualquiera que no sea camarada en cualquier apéndice de la vida diciéndole que no es más que una flor que no se abre; que no es más que un insecto que vivir no puede sin la protección de una capa antinuclear.

Y no me molesta que la gente se insulte a menudo porque es cosa natural de este país como defraudar a Hacienda todo lo que se pueda, discutir sobre quién es el mejor haciendo algo que no importa demasiado o elegir malos políticos para criticarlos luego. Pero sí que me molesta profundamente el mal insultar, el insultar con pinzas o papel de fumar, el no saber. La vulgaridad del insulto, llano y simple. Pues no, oiga, esas cosas no se hacen.

Dice Vargas Llosa que decir palabrotas es cosa de poca inteligencia, puede ser cierto; su Nobel de Literatura podría ser clave a la hora de decidir quién usa mejor el lenguaje, si él o yo, pero no hablamos de palabrotas, hablamos del poema de Quevedo y las narices, por ejemplo.

Yo no le pido a quien en disputa entre que llame al contrario “bondadoso”, ni que se hable en endecasílabo ni alejandrino, pero sí que se erradique el castizo “me vi a cagá en tó tu puta madre, te vi a sacá lah tripah y se las vi a dá a los perroh, pedaso de cabrón”; que no se puede comparar con un “en su meretriz progenitora yo defecaría y a los cánidos daré hasta la última de sus entrañas mientras su mujer pone arcos islámicos en la puerta para que su vuesa merced adentrarse por ellas pueda”. Yo sé que se puede perder un tiempo valiosísimo en palabrería que podría emplearse en un sublime waterfly, pero ¿y la dedicación? ¿Y el saber estar?

Por poner ejemplos internacionales, hay una maldición calabresa, que es de donde es la mafia más ácida de Italia, cuya traducción para adecuar a soneto sería “me haré un caldo con huesos de tus muertos”: ¡ole! Es una declaración de amor eterno al revés, la cara b de las médulas que por amor gloriosamente arden. Algo así como “polvo serás, cabrón, mas polvo odiado”. Todo el odio del mundo, todo el malestar de la sangre resumido en once sílabas.

Falte, pero, oiga, falte usted con educación. Busque la originalidad y la metáfora, el símil y la personificación, haga usted poesía de un insulto. Arremeta contra el poder establecido de la vulgaridad con un insulto que el contrincante no alcance siquiera a entender dado su barroquismo. No caiga en su juego: usted sabe hacer cosas mejores.

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Fernan Camacho
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