Crónicas de conciertos

El desierto, la tormenta, el palomo y el duende

El desierto, la tormenta, el palomo y el duende

Se agotaron las localidades para escuchar a Howe Gelb, que cerraba su gira de presentación de su último disco (The Coincidentalist, NewWave Records, 2013) en su ciudad favorita, esa Córdoba a la que regresa cada vez que puede desde que la visitase por primera vez hace ya más de una década, cuando ofreció un inolvidable concierto en la mítica sala del Arenal, La Mode, esa ciudad en la que la iglesia católica okupa la Mezquita pero al menos se desacralizan otros templos, como este mágico lugar por el que no vuela ya más palomo que el de la entidad que la gestiona.

Hay que ser muy artista para saber sobreponerse a algunas circunstancias, a algunas coincidencias. Pero Howe Gelb es un artista del sombrero a las botas tejanas. Las perspectivas eran espléndidas: el lugar era magnífico, Raimundo Amador iba a intentar darse un salto como casi siempre para sumarse a la fiesta y, sobre todo, Gelb iba a estar acompañado por Steve Shelley, el inmenso batería de Sonic Youth, que quería recuperar el veneno flamenco que le cautivó cuando su banda colaboró con Enrique Morente. Además de tocar con Gelb, Shelley iba a quedarse en Córdoba para participar en la grabación de la segunda parte de Alegrías (eureka Discos, 2010), ese iniciático y brillantísimo álbum que resumió la magia del encuentro entre el country alternativo y el flamenco asalvajado.

Todo pintaba perfecto, pero la cosa empezó a torcerse cuando Shelley, poco antes de viajar a Córdoba, sufrió un desprendimiento de retina que le impidió acudir a la cita. Por otra parte, la presencia de Raimundo Amador también se vio zanjada por problemas de agenda. Ambas ausencias quedaron compensadas por el talento de la inmensa plantilla de musicazos que se prestaron a acompañar al maestro: Gabriel Sullivan, Thoger T. Lund,  Fernando Vacas, Lin Cortés, Juan Fernández el Panky y Añil.  Pero lo peor estaba por llegar: en la iglesia de la Magdalena le esperaba al bueno de Gelb un equipo de música de saldo. Con la primera canción, a cargo de Gabriel Sullivan, solo molestaba un zumbido opaco, pero según fueron sumándose instrumentos, aquello se convirtió en ocasiones en un suplicio. Hasta a los más agnósticos nos dieron ganas de rezarle al cristo crucificado (que colgaba peligrosamente sobre las cabezas de los músicos) para que arreglase tal despropósito.

El sonido era una tormenta, pero la magia y el talento acabaron imponiéndose, y así se fueron desenredando muchos pasajes bellísimos y potentes. La intro de Sullivan nos permitió descubrir a un tipo que comparte esa arena en la voz que distingue a Gelb, y que cabalga aún más cerca del Nick Cave más introspectivo. Ya en formato trío, con Gelb alternando guitarra y piano, y Lund al contrabajo recortado, la propuesta derivó del espíritu intimista a la pasión eléctrica, mezclando los temas de The Coincidentalist con piezas de su vastísima discografía. El fin de fiesta, con la alineación titular del Sonido Corredera, hizo que el público se entregase feliz a este tifón de duende y desierto.

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