Arte

Hay desnudos y desnudos

Imagen del videoclip de "Wrecking ball", de Miley Cyrus.
Imagen del videoclip de "Wrecking ball", de Miley Cyrus.

Imagen del videoclip de “Wrecking ball”, de Miley Cyrus.

Me sigue asombrando que haya mujeres que caigan en esto de desvestirse vistiendo su desnudo de arte, o de algo expresivo. Me siga asombrando que lo haga por ejemplo Miley Cyrus, que se llama así misma y con mucha desparpajo luchadora. Hay formas y formas de desvestirse y, por supuesto, la mayoría de las veces es algo natural, expresivo y forma parte de una obra artística.

Se me ocurren muchísimos ejemplos: la foto de Annie Leibovitz de Yoko Ono y John Lennon, la escena de Novecento en la que una mujer masturba a Robert de Niro y Gerard Depardieu, Lucía y el sexo, que siempre me parecerá una película infravalorada precisamente por su sexualidad… Pero lo que ha hecho Cyrus responde a algo totalmente distinto: el dinero. Realmente, ¿era necesario para la canción? Me refiero a Wreking ball. La canción es igual que la mayoría de las canciones del top cien de Spotify: todas tienen la misma armonía musical (Aldo Narejos lo explica muy bien en uno de sus vídeos de YouTube), la letra tiene el mismo hedor a fenómeno fan que todas las demás e irradia nada por todas partes. No es que no irradie, es que irradia nada, un vacío de esencia.

Cada vez resulta más fácil caer sin querer en una canción así; vean un videoclip hecho para bailar de cualquier canturrero de Los 40 Principales: si el cantante es masculino, está cachas, rodeado de mujeres y en algún momento saldrá una playa y una discoteca. Si es femenina, no será precisamente fea, tendrá una especie de coreografía facilona, primeros planos seductores y, cómo no, playa y discoteca.

No obstante, todos los ejemplos anteriores de bellas utilizaciones del cuerpo humano reflejaban algo, algo serio. Cuando un artista trata el desnudo humano es para expresar algo, algo profundo y sincero. La ternura que desprenden Yoko Ono y John Lennon en la portada de la Rolling Stone, ese emanar de la naturaleza sencillo y estilizado que es la vida, en una fotografía: eso sí es grande, y si hubieran tenido una prenda de ropa, la foto hubiera sido un anuncio de Calvin Klein más bonito de la cuenta. Nada que ver, es la naturalidad versus un disfraz color carne. La comparación con los zafios videoclips que se promocionan en Los 40 resulta odiosa.

La estrategia está clara, cuando algo está mal hecho, y encima mal hecho a posta, de alguna forma hay que venderlo. ¿Qué vende más que el sexo? Dos sexos, pero eso se pasaría de la cuenta. Sin embargo, el sexo, como parte de la vida, debe estar presente en el arte, y en realidad siempre lo estuvo, camuflado a veces, a simple vista otras. No podríamos concebir 20 poemas de amor y una canción desesperada (Neruda) sin ese elemento de deseo que puebla todo el poema, muy visible en el poema 14 con: “Quiero hacer contigo/ lo que la primavera hace con los cerezos”. Y subyacente en el 20, entre la nostalgia: “En las noches como esta la tuve entre mis brazos. /La besé tantas veces bajo el cielo infinito”. También nos hubiéramos quedado sin Lolita, de Nabokov, obra que si la cogieran los genios de la industria musical, harían de ella un canto a la pedofilia.

Hay una lista larguísima de ejemplos de sexo y desnudez a lo largo de millones de años de arte, pues el arte, al fin y al cabo, se inventó cuando surgió la primera emoción, y eso apareció junto al ser humano, y tantos años de experimentos artísticos nos han dejado cosas claras; la primera, que un artista trata al sexo y la consecuente desnudez como una parte de la vida y expresa algo a través de ello: placer, dolor, ternura… (No hace falta que diga toda la lista, ¿verdad?). En cambio, un cualquiera toma al sexo como una máquina de vender, convierte a la persona en un objeto (y generalmente este objeto es una mujer) y piensa en este primo bastardo del arte como un negocio. Al otro lado de la pantalla, hay quien apaga la televisión cuando ve el videoclip de Miley Cirus, y, por otro lado, borregos que se regocijan en la desnudez de una pobre chica que no ha comprendido que puede dar más de sí, fuera de tener, como diría Oliverio Girondo, “los senos como magnolias, o como pasas de higo, un cutis de durazno o de papel de lija”.

(Y hablando de Girondo, de sexo, de cine, de literatura, si me lo permiten, déjenme recomendarles El lado oscuro del corazón, film uruguayo-argentino del realizador Eliseo Subiela. Creo que es una lección de “cómo tratar al sexo” en el cine… Y, además, ¡sale Benedetti!).

Fernan Camacho

Soy un tipo normal que un día juntó dos palabras y alguien, no recuerdo quién, me dijo que el puzzle no estaba mal. Después descubrí que las noches que no escribo suelo nacer muerto al día siguiente.
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