Ficción

El candidato Gómez

El candidato Gómez. Victoria, foto de Xenia
El candidato Gómez. Victoria, foto de Xenia

Foto de Xenia.

El candidato Gómez se presentaba a las primarias de la agrupación más normal del Partido Sublime de aquel país tan ordinario. Estaba confiado en sí mismo, ya había hablado con todo el mundo; no había otra candidatura en aquellas primarias para la alcaldía. Para ello, había prometido el cargo a quién se lo tenía que prometer, había hablado con tal y con cual para que fulano y mengano, por una cosa o por otra, no siguieran vinculados al Partido… Todo lo que hay que hacer para presentarse a unas primarias.

Tampoco se podía decir que aquella campaña suya había sido la más extensa o la más dura, sencillamente no había otro con ganas, ni con una aptitud demasiado presta a ello, que quisiera aquel puesto con tanta publicidad, pero con tan poco sueldo. Gómez, alumno destacado de la escuela del Partido, sabía cuales eran las palabras clave para parecer sublime sin serlo demasiado, cual era la frase para ganar con humildad y perder con orgullo y el largo etcétera de viajes en torno a lo mismo.

Como si fuera un anuncio de Coca-Cola, el subtítulo de su campaña para aquellas elecciones primarias de aquella localidad se fue a llamar “Para todos”.

—Lo importante es el concepto, Gómez. —Dijo el hombre que se lo había sugerido, el cual, por añadir datos, era su cuñado, que antes de que Gómez le propusiera el cargo, estaba en paro.

El Partido había ganado de mucho las elecciones, pero la gente no estaba contenta con aquel alcalde tan sin gracia, que hablaba con una jerigonza rimbombante y mentía como un bellaco incluso a sus compañeros. Bien era sabido que aquel hombre gordo, calvo y de un dogmatismo baboso no era lo mejor que podría haber dado el Partido, sin embargo, era el único que no tenía otra cosa a la que dedicarse y por tanto el único dispuesto a ser expuesto a tantísimos insultos y tan desproporcionadas interjecciones por un estipendio tan famélico. Se podría decir que ganaba las elecciones por inercia, pues sus rivales, los del Partido Fantástico, eran todavía más facinerosos que él.

El candidato Gómez era el mejor, pero no era extraordinario. Tampoco era muy sublime como para militar en el Partido Sublime, sin embargo era muy subliminal, como el Alcalde, que no te decía las tremendas estafas que ya tenía pensadas, pero te dejaba ver que sólo era cuestión de tiempo.

Lo de Gómez estaba hecho, fácticamente hecho, sólo faltaban dos o tres flecos como mucho.

Fue repasando el discurso de su candidatura para derrocar al mal-llamado alcalde durante el camino al local. “Hacer las cosas bien, creyendo en ellas…”, “la juventud es sublime casi por biología…”, “debemos estar con los ciudadanos, estar en cada barrio…”, “antes éramos el partido de la gente sublime, nos hemos despegado de ese subliminismo y debemos volver…” y el largo etcétera. Como los grandes líderes de su partido, su discurso desde un tiempo a esta parte era el mismo. Se excluyó de pensar que el gran fallo del partido había sido la falta de sí mismo que había tenido, el hecho supremo de la falta de vocación de este, de aquel, de mengano y de fulano que habían llegado a lo más alto basando su ascenso en el convenio colectivo con la insuficiencia moral y la ineptitud más asombrosa. En cierto modo, él era distinto. Él sabía qué estaba bien, qué estaba mal y donde se encontraba el foco de la corrupción interna campante y mediante en el Partido Sublime de aquel país cualquiera. La veía como se ven las cosas lógicas. Ese año, en el centro de estudios sociológicos de aquel país ordinario se hizo recuento: los políticos repitieron en cada discurso ciento cincuenta palabras  de unas cuatrocientas distintas que habían utilizado en total. Los discursos de aquella sociedad estaban repulsivamente pactados.

Cuando llegó a la sede percibió algo extraño, quizás confuso, en el ambiente. Sospechó que aquel enjambre de ideas que tenía en la cabeza se remordía. Vio al Alcalde y su miedo se hizo cierto cuando observó que el desfiladero de dientes amarillos que el alcalde tenía como boca sonrió insecticida.

—Hombre, Gómez, me alegro de que hayas propuesto tu candidatura. Yo creía que no iba a haber nadie y por eso no la he presentado hasta ahora. Aquí está mi candidatura oficial y aquí tienes mis avales para que los veas. Esto será una fiesta de la democracia, ya verás.

—Vaya, señor Alcalde López, no creí que usted se presentara. —Dijo el Candidato Gómez titubeante, intentando aparentar serenidad.

—¡Hombre, cómo no! Después de tanto bien que hemos hecho desde la alcaldía estamos la hostia de motivados.

Claro. —Dijo irónicamente López—. Bueno, pues mucha suerte.

Era imposible, de cualquier modo, que Gómez perdiera aquellas primarias. Lo tenía todo atado, se había asegurado por completo de que aquellas elecciones eran francamente imperdibles. Ahora o nunca.

Llegó el turno del debate para que la asamblea observara a quién iba a votar. Seguramente este era el trámite más idiota de todo el proceso electoral que los estatutos del Partido Sublime de aquel país tan normal promulgaban. En aquella sede, todos y cada uno de los miembros ya sabían de antemano a quién iban a votar.

El hecho de haber presentado la candidatura antes, daba derecho a Gómez a ser el último en presentarla en la asamblea. Gómez se extrañó de la insalubre naturalidad con la que el actual señor Alcalde presentaba ante todos, por séptima vez en su carrera política, pero “lleno de ilusión y fuerza”, su discurso lleno hasta la última coma de farolillos y teatralidad; y adornado con una hipocresía digna del mejor de los aplausos cuando acabó su discurso con la frase de un poeta. Él, que hacía años que dejó de tener el más mínimo interés en la lectura. Gómez se extrañó de la satisfacción general que en la asamblea se respiraba. El alcalde no había dicho nada, pero era fácil de escuchar, ya manejaba los micrófonos, llevaba toda la vida en la política, sabía que para hacer un buen discurso lo de menos eran las palabras.

El turno de Gómez se dejó caer diez minutos después. Había preparado un power-point para ser proyectado en el cual dejaba ver una por una y de forma concisa sus ideas y proyectos, pero un fallo penal lo impidió: Alguien se había llevado el proyector. Él se mantuvo, recurrió al solapado “Bueno, os lo pasaré por mail para que lo veáis con tranquilidad” y siguió adelante con su discurso. Gómez estuvo valiente, firme, declaró qué le parecía bien, qué le parecía mal, se metió abiertamente con la gestión que el señor Alcalde había hecho dentro de aquel Partido Sublime maniobrando corsariamente para obtener el favor de la asamblea en seis ocasiones. También explicó cómo pretendía actuar respecto a la alcaldía y las diferentes protestas ante la Junta Regional que observó necesarias.

Acabó su discurso, fue felicitado, aplaudido y maldicho por el señor Alcalde, que murmuraba entre dientes y se mordía los nudillos compulsivamente de forma pueril y desventajosa. Qué baboso, qué fullero y qué populista fue toda la vida ese Alcalde de aquel sitio tan normal, de aquella geografía tan ordinaria.

El recuento llegó por fin en un abril de ilusión para el candidato Gómez. Pero no por ello dejó de parecerle extraño que gente con la que contaba firmemente estuviera hablando de forma tan amistosa con el señor Alcalde. Claro, que él contaba con sus armas. De momento estaba su hermano, al que había afiliado para estas situaciones, como estaba su madre, su tía y tres de sus primos. Aquellos eran votos seguros. De hecho sus familiares tampoco servían para otra cosa. Toda la sede tenía una nube de cinco o seis afiliados fantasmas para que les sacaran de un aprieto como este.

Sin embargo, El recuento no Le fue favorable. En una vorágine de desconcierto, Gómez sólo había captado el veinte por ciento del total de los votos. No se lo explicaba, hizo sus cuentas, calculó sus errores. Aquello era imposible. Fue a ver al presidente de la mesa electoral y le hizo contar los votos delante de él. Tenía razón, sólo había conseguido un veinte por ciento de los votos de la asamblea.

Salió de allí derrotado, difunto. Su familia, que le juró en conjunto que le habían votado porque si no para qué iban a haber venido, le esperaba en el bar. A los diez minutos de la tercera cerveza llegó Núñez.

—Gómez, carajo, cómo lo siento.

—Ya, seguro que lo sientes. Te he visto hablar con el señor Alcalde muy amigablemente y felicitarle con un ambientito de puta madre. —Contestó resentido.

—No me jodas, Gómez, si yo iba contigo. Pero es que no te he podido votar.

—¿Cómo no vas a haberme podido votar?

—Pues eso, que no te he podido votar. A ver, yo soy el Secretario de Parques y Jardines en la Ejecutiva Regional, cargo que tú pretendes eliminar. Hostias, Gómez, con algo tendré que ganarme el pan para mis hijos. Que la subliminidad y ser romántico del Partido Sublime está muy bien, pero comer hay que comer. Y el tipo este pues es un gilipollas, pero al final y al cabo, es un gilipollas que me da de comer. Tú sabes que yo no sirvo para nada, si no fuera por estas cosas, ¿A qué me dedicaría? ¿Te imaginas yo doblando el lomo en una obra? Por ahí sí que no paso.

Esto es increíble. Claro, y como tú Díaz, Pérez, González, Durán, López, Algarrada y toda esa panda de mequetrefes que no saben ni hacer la o con un canuto.

—Eh, Gómez, que tú tampoco es que seas un cerebro, eh. Que aquí todos sabemos que la carrerita que tienes te la has sacado en tus diez añitos tranquilamente.

Gómez se sintió mierda. “Claro —pensó— el secretario de tecnología estaba desde el principio con el Alcalde, por eso no estaba el proyector…” Era todo mentira, todo desde el principio. Le habían engañado.

—Vete a tomar por culo. Iros todos a tomar por culo. —Y con un puñetazo en la mesa dejó la cuenta sin pagar y se fue a casa.

Al día siguiente, en la radio municipal, el alcalde hacía gala de la libertad democrática de su partido.

—Gómez es una gran persona sublime y contamos con él ahora y contaremos con él en el futuro, sin duda alguna. —Declaraba en la radio.

—¿Y qué dice usted sobre las polémicas filtraciones sobre sus supuestas amenazas a los militantes si no le votaban? Ya sabe, eso de “te vas al paro” y esas cosas…

—Eso no es cierto, los verdaderos sublimes lo que quieren es que todo sea sublime y son perfectamente capaces de no necesitar un cargo público para ello.

La radio de Gómez, en ese mismo momento, salió volando desde el cuarto piso en el que vivía, cayendo sobre la maltrecha carretera que aquel ganador de las primarias nunca terminó de arreglar.

Fernan Camacho
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