Raíces

Portadores de una marca: ¡los marranos!

Portadores de una marca: ¡los marranos!

La experiencia humana está construida sobre palabras (unas naturales, otras impuestas). Hay palabras que mantienen inalterable su potencial explosivo durante siglos. Hay palabras que se hacen y otras que se deshacen. Palabras para mostrar afectos y palabras para dar rienda suelta a los odios. ¡Marranos!

La expresión “marranos” se ha venido utilizando, hasta nuestros días, como término (despectivo y peyorativo) para identificar  a los judeoconversos que mantuvieron en la clandestinidad su identidad y creencias judías (o que se sospechaba que mantenían en secreto su identidad y…). En el medio académico se ha suavizado esta expresión sustituyéndola por la de criptojudíos. Nuestros marranos son judíos cristianizados que no quieren dejar de ser judíos pero se ven forzados a simular que son cristianos. Han cambiado su nombre; han cambiado sus comidas; han cambiado (muchos de ellos) su oficio y lugar de residencia; han cambiado (y olvidado) la lengua con la que se dirigen a Dios y terminan adoptando una identidad híbrida, fragmentada y quebrada. Son y no son al mismo tiempo. No son verdaderos cristianos. No son judíos a carta cabal. El judaísmo rabínico los desprecia, el cristianismo eclesiástico y, también, el popular los odia. Hay que acudir al mismísimo Maimónides para encontrar palabras de comprensión y consuelo para con ellos.

En el libelo antijudío escrito por fray Francisco Torrejoncillos (Centinela contra judíos, 1621) se ofrece una “curiosa” explicación sobre la expresión: “dicen que a los españoles les salió este nombre llamándoles ´marranos´, que en español quiere decir puercos, y así por infamia les llamaban marranos a los cristianos nuevos de judíos, y dávanles, y se les puede dar este nombre con gran propiedad, porque entre los marranos, cuando gruñe y se queja uno de ellos, todos los demás puercos o marranos acuden a su gruñido; y como son así los judíos, que al lamento de uno acuden todos, por eso les dieron título, y nombre de marranos” (1)

Los marranos disimulaban su identidad judía y simulaban la adoptada cristiana. Toda su vida era observada por los vecinos y la Inquisición. Toda su vida estaba regulada por el calendario y las normas cristianas. Escuchaban las predicaciones; acudían a la Iglesia para ser vistos; participaban o aparentaban participar en las festividades religiosas… El secreto de su identidad quedaba reducido a un radical y solitario espacio de intimidad, perdiendo el carácter social y comunitario del judaísmo. La identidad y prácticas judías se restringen a determinados ritos, cada vez más alejados de la tradición y, a veces, realizados de forma equívoca. La circuncisión (“Brit milah”) se sustituye por una ceremonia simbólica celebrada en la casa (el circunciso portaba en sí mismo la prueba de su secreta identidad). Se mantiene la celebración de Yom Kippur, pero se olvida la fecha exacta. Se van dejando de encender candiles para el Shabat (numerosas acusaciones se construían con la expresión: “los vimos encender velas para la celebración de su día santo”. Se celebra Pesah como la fiesta de San Moisés, pero sólo un día, el primero o el último (aunque se mantiene la tradición de comer lechugas amargas, huevos cocidos y pan cenceño). En Purim, a la reina Esther se le canta (paradójicamente) como Santa Esther… Durante un tiempo repiten en la iglesia una hermosa y atrevida plegaria: Santa María madre de Dios y parienta mía… (hasta que la Inquisición prohíbe semejante familiaridad).

Los marranos van, poco a poco, desapareciendo bien por la implacable acción de la Inquisición bien por la no menos implacable pérdida del itinerario de su identidad. El laberinto en el que se pierden solo tiene una salida: el olvido. Escindidos entre una creencia impuesta y una creencia olvidada, acaban siendo, gran parte de ellos, indiferentes en materia religiosa. El desgarro y la duda van dando paso a una irónica resistencia y rebeldía (un buen ejemplo fue el marrano Juan de Prado). Ellos están en el origen del libre pensamiento como un refugio  en el que el conocimiento y la libertad son el eje de la existencia.

El marranismo podría ser hoy una sugerente respuesta para resistir. Una respuesta de plena contemporaneidad. Lo que el marrano Spinoza dio en llamar: “la fuerza de existir”.

 (1) Centinela contra judíos, puesta en la Torre de la Iglesia de Dios…/Fray Francisco de Torrejoncillos.- Barcelona: Joseph Girált Impresor, 1731 (Ejemplar de la Biblioteca de Casa de Sefarad-Córdoba)

Sebastián de la Obra

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