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Piezas defectuosas

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Silenciosa, muda, desnuda, cruda, cruel, íntima, como un vacío, una hoquedad, un gusano que devora poco a poco el alma, así es muchas veces la depresión. Números, cuentas, cifras, la dictadura de la razón. La voracidad de la lógica, la imposición de la racionalidad a la emoción, la deshumanizada indiferencia, la riegan, la siembran, la germinan, la alientan a crecer en el seno del corazón, a ramificarse, a extenderse, a ocupar los vericuetos de la mente, continúo hablando, de la depresión.

La evolución de la humanidad hacia una sociedad cada día más tecnificada, más lógica, más racional, donde la emoción queda arrinconada en la intimidad, secuestrada por la razón. La irracionalidad, la esencia de la creatividad, la parte humana del ser humano, derogada, absorbida por las cuentas de la fría matemática. ¿Frío individualismo tal vez?

El sistema… esa máquina perfecta de piezas sumisas que busca constantemente su propia optimización. Todo, nada, vales o no vales, compite, mejórate, esfuérzate, corre tras la zanahoria de tus medallas, cada día un pistoletazo de salida, en la carrera de la meritocracia. 

Las ciudades, cada día más apretadas, y cuanto más nos apretamos, más gente tiene un animal de compañía que hace ya años pasó de la ciudad al campo, para dejar de cazar ratones o cuidar ganado a ser refugio de nuestra propia humanidad, como si no fuéramos capaces de desarrollarla con otros humanos. ¿Buscamos en una mascota lo que nos falta en el vecindario?

La tecnología, evolucionada, o mejor, en constante evolución; más avances, más comunicación, más redes sociales, más medicina, más curas y… más depresión.

3.158 personas se quitaron la vida el año pasado en España. Por comparar, el número de muertos en accidente de tráfico para ese mismo periodo fue de 1.480. El número de personas que se suicidaron en 2011 en España es más del doble que el número de muertos por accidente de tráfico.

¿Qué nos está pasando? ¿Hacia qué mundo queremos caminar?  ¿Cómo queremos que sea la sociedad?

La media es de ocho españoles al día que se quitan la vida. Cada tres horas, dos personas se arrancan la vida. Aquí, en la España del siglo XXI.

Somos humanos matando la humanidad. Vivimos una crisis gravísima, pero no sólo en los mercados, sino muy probablemente en el seno del corazón. Las cifras son apabullantes. Somos víctimas de una lógica sumisa y tecnocrática, dispuesta para los intereses de lo material. Más y más y otra vez más, todo es acumular, todo es tiempo, todo es prisa, y nos perdemos buscando ese final que nos han vendido, esa meta que nunca llega. Corremos como un ratoncillo en la noria, engañados muchas veces, huyendo hacia delante, sin querer asumir que la meta no era otra más que la noria en que corremos.

¿Cuál es la verdadera crisis? ¿La económica? ¿O la de humanidad? Nos hemos dejado engañar, obnubilados por chalets con piscina y deportivos aparcados a la puerta, y sin embargo, muchos ni tan siquiera nos hemos parado a pensar en las enormes contradicciones de este sistema.

Todos vivimos de lo que gastan los demás y, al mismo tiempo, todos tenemos que ganar más de lo que gastamos.

Todos los países tienen que vender más de lo que compran y, al mismo tiempo, viven de lo que les compran los demás.

El conflicto, la fricción, están asegurados. Como en el juego de la silla, bailaremos alrededor de butacas hasta que la música deje de sonar y nos mataremos por no quedarnos sin asiento, mientras aceptamos que se quite, cada vez, una silla más.

3.158 suicidios en el último año son 3.158 fracasos de nuestra sociedad. Hemos permitido que el conflicto se instale en nuestras vidas, disfrazado de individualismo y libertad, cuando en el fondo solo se trata de competencia por ver quién llega a más.

Es la máquina, el sistema, las ruedas dentadas girando más y más, cada vez más óptimo, más independiente, cada vez nos necesita menos y nos aniquila o degrada, en una sinrazón estúpida, que hunde todos los números, toda la lógica, mientras elimina poco a poco, la propia humanidad.

En nuestra mano está mantener la situación o rebelarnos y cambiar la realidad.

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