Ciencia y tecnología

Agua: principio y final en la crisis

El agua, su acceso o su control, siempre ha sido fuente de conflictos y uno de los primeros elementos que marcó la desigualdad en el Planeta. No solo ha marcado la fisonomía del paisaje y de los diferentes ecosistemas sino que también ha condicionado la vida —y no solo de los humanos—.

Ahora es protagonista, sobre todo en la vertiente socioeconómica, gracias a la celebración del Foro Mundial del Agua en Marsella. Se harán públicos informes y se irán desgranando situaciones concretas que tendrán como denominador común su escasez, su mejor aprovechamiento y su redistribución más justa.

Las cumbres, los foros o los días monográficos suponen, sin duda, momentos singulares que sirven para poner sobre el tapete del conocimiento determinados aspectos de un problema concreto. Representan una magnífica herramienta de marketing para adentrarse en el conocimiento algo más profundo de la realidad.

En los fondos marinos (con una composición de acidez bastante diferente a la actual) surgió la vida en forma de microorganismos unicelulares. La primera, una arqueobacteria (Ferroplasma acidiphilum) cuya existencia se remonta —al menos por las pruebas documentadas que se han recogido— a 4.600 millones de años y que se alimentaba de hierro y azufre.

Estas moléculas se formaron a partir de los gases de la atmósfera y se acumulaban en un mar que tenía una condiciones extremas más complicadas que el actual río Tinto. Con este organismo (descubierto por investigadores españoles del CSIC en 2007 en un reactor ruso alimentado con pirita) comenzó el gran salto evolutivo.

Millones de años más tarde, fruto de un cambio de las condiciones ambientales y en combinación con la energía solar, estas primeras arqueobacterias abandonaron los lechos marinos. Desde la superficie marina, las microalgas desarrollaron la fotosíntesis dando comienzo a un proceso evolutivo que culminó —en una de sus ramas— en el ser humano.

Y del mar puede venir un cambio de tendencia que acabe con el ciclo de Gaia: la capacidad que tiene la Tierra para mantener estable la temperatura mediante un equilibrio entre los gases que componen la atmósfera y la salinidad de sus océanos. Según esta teoría, estas condiciones son las que han permitido la vida tal y como la entendemos a día de hoy. Pero ¿y si varían?

Se puede resumir en dos palabras la principal amenaza que se cierne: cambio climático. Un cambio que tiene consecuencias a corto y a medio plazo. Por empezar por lo prosaico, por el vil metal, uno de los elementos que destaca el último informe realizado por la ONU para la cumbre de Marsella es que un aumento de dos grados en la temperatura tiene un coste de entre 70.000 y 100.000 millones de dólares.

De ellos, casi una cuarta parte será destinada al suministro de agua y a la gestión de las catástrofes que provocarán las inundaciones. Los técnicos que han elaborado el panel indican que 2.000 millones de personas se verán afectadas directamente por los cambios que se pueden avecinar en las próximas décadas.

Aumentar la temperatura terrestre supone a medio plazo cambios en los hábitats terrestres —las condiciones meteorológicas se alteran y, con ellas, los ecosistemas— y en los marinos —las condiciones de acidez y del pH varían— que nos abocan definitivamente a otro salto evolutivo similar al del periodo Cámbrico, cuando se produjo una de las extinciones más importantes que se conocen.

Los principales efectos que provocan las inundaciones son la desforestación y la desertificación del terreno. Las riadas limpian los suelos y el nuevo paisaje resultante modifica, a su vez, las condiciones meteorológicas de pluviosidad. Estas alteraciones inciden directamente sobre las especies que crecen o se desarrollan en estos ambientes. Sencillamente, desaparecen.

Por otra parte, el aumento de gases en la atmósfera hace que aumente su concentración en los océanos, causando un desequilibrio de las condiciones actuales. Las consecuencias se comprueban continuamente. Aumenta la acidez y desciende el pH y esto altera la cadena trófica, porque la capacidad de adaptación a los cambios es más lenta que el incremento de las temperaturas.

Los océanos se están saturando de CO2 y quienes están pagando las primeras consecuencias son el plancton, los corales y los animales bivalvos. Los océanos, hasta ahora, actuaban a modo de una esponja, absorbían el excedente de CO2, que se iba distribuyendo en forma de elementos calcáreos (construidos por el coral y otros animales).

Al descender el pH, aumenta la acidificación del agua y, con ella, los mecanismos por los que acceden estos organismos a sus elementos básicos de funcionamiento (o a la construcción de sus conchas) se deterioran: el plancton desaparece, las conchas se ablandan y el coral se vuelve blanco.

Los investigadores de la Universidad de Columbia han publicado recientemente un estudio comparativo de los sucesivos cambios en las temperaturas del mar ocurridos a lo largo de la historia (evalúan los procesos ocurridos en diferentes periodos) y sus conclusiones no pueden ser más alarmantes: en los últimos cien años, el CO2 atmosférico se ha incrementado un 30% y el pH del océano ha disminuido en 0,1 unidades (el 8,01). Una tasa de acidificación al menos diez veces más rápida que la ocurrida en 56 millones de años.

Existen datos de lo que ha sucedido cuando el nivel queda por debajo del 8. La diversidad de la vida de los arrecifes marinos se reduce en un 40%. Un artículo sobre los arrecifes de coral frente a Papúa Nueva Guinea publicado en Natureen 2011 así lo demostró.

Además, afortunadamente, ya se está instalando en la conciencia colectiva que los recursos del planeta en general son limitados e incompatibles con el derroche energético practicado por la especie humana desde la revolución industrial, cuando se puso en marcha un modelo insostenible de crecimiento (económico): cuando se consume más de lo que se produce, se está abocado al fracaso.

No se trata de desarrollar una teoría catastrofista ni tampoco de sumarse sin más a quienes, como Asimov, pregonan que el número de habitantes (humanos) que pueblan la Tierra llegará en breve a unas tasas de saturación tales, que seremos más de los que puedan alimentarse y vivir, aunque razón no les falte.

Simplemente, igual que la crisis inmobiliaria ha puesto de manifiesto que hay que abordar un nuevo modelo de crecimiento económico basado en otros sectores productivos al margen del ladrillo, es preciso acometer un cambio de modelo de desarrollo que no malgaste los recursos naturales que han permitido la vida en el planeta azul.

Enrique Leite

Periodista, todoterreno de la información. Fundador de Más que ciencia
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