Literatura

Paseo de los tristes

Aurelia Romo

Ellos, los asesinos,
nos fueron invadiendo con lluvias y con sapos,
anegando las últimas rendijas del corazón,
marcándonos el aire, tempestuosamente,
arrancando los hilos que llevaban
la voz, la dicha, las pequeñas cosas.
¡Ellos, los asesinos,
se llevaron tan lejos la alegría!

Javier Egea

El 18 de agosto de 1936 fue el último amanecer que vivió Federico. La última mañana de esa luz clara que hace invisible el aire de Granada, porque en Granada parece que no hay aire, sólo luz. Seguramente fue una mañana preñada de anhelos, de temores y de esperanza. Un mes antes, Federico había celebrado su santo en la casa familiar de la Huerta de San Vicente, en Granada, su Granada.

Sobre la figura y la obra de Lorca se ha escrito tanto por personas tan sabias, se han hecho tantas exégesis, interpretaciones y hagiografías, que es muy difícil añadir algún pensamiento nuevo. Más aún desde la perspectiva de una simple lectora asombrada ante la belleza rotunda de sus versos y conmovida por la fuerza telúrica de sus personajes dramáticos.

Lejos de esa pretensión, me interesa lo contrario: las pequeñas cosas. Sólo las pequeñas cosas quedan al final. Cuando se desvanecen los reconocimientos y ya no se oye ni el eco de los aplausos que alguna vez nos acompañan en el paseo de la vida, sólo queda la memoria de los detalles. Ese último amanecer del que hoy hace 75 años…

O los detalles que otros comentaron sobre él:

“Ahí va ese muchacho lleno de anhelos románticos: recíbalo usted con amor, que lo merece; es uno de los jóvenes en que hemos puesto más esperanzas.”

Así escribía Fernando de los Ríos a Juan Ramón Jiménez en una nota en la  que presentaba a Federico cuando éste empezaba a abrirse camino en Madrid.

Podemos imaginar que el encuentro entre ambos fue fecundo y brillante, que estuvo a la altura del talento y la humanidad del maestro y del joven poeta, el de Moguer y el de Fuente Vaqueros, a tenor de la respuesta de Juan Ramón a Fernando de los Ríos:

“Su poeta vino y me hizo una excelentísima impresión. Me parece que tiene un gran temperamento y la virtud esencial a mi juicio en arte: entusiasmo”.

La memoria de las pequeñas cosas que tejen la vida de cualquier persona. Incluso de los más grandes, de los que acaban desposeídos de su condición humana y elevados a la categoría de símbolos. Incluso de un hombre como Federico, artista de la magnitud de los genios, capaz de hacer música, dibujos, poesía y teatro. Coincido con la apreciación de que Cernuda es el poeta por antonomasia de la Generación del 27. Lorca es otra cosa, es el demiurgo, el artesano, el alquimista, el creador.

Y era tan de raíz, estaba tan pegado a la vida, que conocía la verdadera importancia de las pequeñas cosas:

“Ya sabéis vosotros cómo el campo y el silencio dan a mi cabeza todas las ideas que tengo”

Fragmento de una carta escrita a sus padres en abril de 1925.

El campo y el silencio, la raíz del olivo y de los chopos de la vega granadina.

Salinas decía que “el reino poético de Lorca, luminoso y enigmático a la vez, está sometido al imperio de un poder único y sin rival: la muerte”

Vicente Aleixandre decía de él que no era alegre. Que era capaz de rozar las cimas de la alegría, pero que su sentir hondo, de poeta, era triste. Por eso esta pequeña mirada sobre Federico lleva el título de la avenida de Granada que conduce al cementerio, el lugar donde, desde tiempo inmemorial, se despiden los entierros (se despide la vida).

La memoria de la vida, tejida con los hilos de las pequeñas cosas, es lo único que resiste el paso del tiempo. Es lo único que no podrán llevarse nunca los asesinos.

* Nombre de una avenida de Granada y título de un libro de poesía del granadino Javier Egea. Con este libro, su autor obtuvo el premio “Juan Ramón Jiménez”

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