Literatura

José Luis Cano, el corresponsal del 27 (6)

José Luis Cano, el corresponsal del 27 (6)

Esta nueva edición —menciona José Luis Cano en una nota previa a las Poesías completas que fecha a 2 de junio de 1985— reproduce íntegro el texto de las anteriores, pero añade una modesta novedad, lo que podría llamar una coda crepuscular de mi obra poética: unos pocos poemas —36 en total— que he ido escribiendo a lo largo de los últimos y antiúltimos años: poemas de amor y de amistad, y algunos sobre la vejez y el deterioro de la aventura, ya luenga, de mi existencia. Cierro así mi ciclo poético, largo en años —mis primeros poemas los escribí en 1930 en Málaga—, parco en frutos.

Pero, posteriormente, en 1991, aparecen impresos unos Poemas olvidados, con una introducción de Manuel Alvar, quien aseguraba que José Luis Cano era lo que había descubierto en sus versos: “pulcritud, serenidad, sencillez”.

Si en la vida literaria española, desde hace medio siglo, José Luis Cano representa una de las experiencias más fecundas del ensayo y, frente a las trabas del franquismo hacia la cultura liberal, ha tenido la tenacidad de ser uno de sus más conspicuos paladines, también es cierto que su amplia tarea como crítico, profesor y conferenciante le ha mantenido más atento a las poéticas de otros autores que al ensimismamiento creativo en su propia lírica.

Así opina Juan Carlos Jurado, quien formula un breve acercamiento a su obra lírica: “Además de los exquisitos y neorromántcos sonetos primeros, es posible apreciar un tono emotivo cercano al simbolismo visionario en Voz de la muerte (1940-1944); como también la influencia de, por ejemplo, Aleixandre y Cernuda, en cierta cosmovisión y metáforas de Luz del tiempo (1962); en Poemas crepusculares y Poemas para Susana se revela una estética paralela a la denominada poesía cotidiana y de la experiencia.

Oreste Macrí, en Poesía spagnola del 900 considerará a Cano como “uno de los poetas más dotados de aquellos años”, en referencia a la primera posguerra y en un contexto en el que iban a aparecer dos títulos sustanciales de la literatura española del siglo XX, Hijos dela ira, de Dámaso Alonso, y Sombra del paraíso, de Vicente Aleixandre. Como poeta, a Cano se le relaciona con la llamada Generación de 1936, en la que Pedro de Lorenzo advierte tres promociones. A él se le incluye entre los componentes de la promoción segunda, nacidos entre 1911 y 1920, que también recogerá a Ridruejo o a García Nieto, con el lema de “La creación como patriotismo”. Guillermo de la Torre había negado, en 1945, la existencia de una Generación del 36. En las páginas de Insula, Cano incluirá una encuesta sobre el parecer de diversos escritores, entre quienes figura Gerardo Diego: “No… No creo en la generación del 36. Aparte Miguel Hernández. Aparte Celaya… Cada uno a lo suyo”.

Fanny Rubio y José Luis Falcó acotan dicha respuesta: “Tiene Diego razones argumentales para reaccionar contra el tópico de 1936. Ni siquiera la historia repartió igual suerte para unos y otros. Prescindiendo de la continuidad del grupo, basándonos únicamente en la aureola clasicista que rodeó sus primeras publicaciones, esta denominación de generación de 1936 sirvió como punto de partida al superabundante periodo garcilasista de los años cuarenta”.

Mucho más atinado que el criterio de Pedro de Lorenzo, parece, a primera vista, el de Pilar Gómez Debate, que intenta aproximarse a los poetas que escriben en los años cuarenta y cincuenta, bien en España o en el exilio. Entre los primeros, cita inmediatamente a José Luis Cano, con Juan Alcaide, Juan Ruiz Peña, Leopoldo de Luis, Carmen Conde, Ildefonso Manuel Gil, o Francisco Pino. Entre los segundos, Juan Gil-Albert, Arturo Serrano-Plaja y Juan Rejano.

Si ha de buscarse —explica— un punto común entre todos estos poetas de distintas edades y de posiciones religiosas muy divergentes, además de enemigos políticos en muchos casos, es el de haber prestado una atención a la lección de Antonio Machado, que aunque difiera en la época del estilo machadiano que refleja, coincide en seguir la poética de Juan de Mairena al buscar la sencillez de la cotidiano como fuente de inspiración, además de la autocontemplación del sentimiento y la transparencia del lenguaje.

A Cano, lo encuadra entre “quienes toman del magisterio machadiano lo más afín con el simbolismo —las cadencias más modernistas, el hastío unido a un lirismo elegante, el panteísmo vago— y lo alían a otro tipo de influencias —también, en último caso procedentes del simbolismo francés— como la de Vicente Aleixandre”.

Junto a su probada amistad con este último, a Cano, como a numerosos autores de su momento y de posteriores etapas de la lírica española, le influiría decisivamente la aparición de Sombra del paraíso. Leopoldo de Luis —en su edición de La poesía de Vicente Aleixandre, Madrid, Gredos 1956—, reseña precisamente la semblanza crítica que Cano formula en torno al libro del futuro Nobel: José Luis Cano —advierte— pone mayor énfasis en la nostalgia, esto es: en el sentimiento de una juventud perdida, de un paraíso hermoso del que ya no se goza, de un amor triste y serenamente cantado. Abonan el juicio de Cano unas declaraciones del poeta, hechas por los años cuarenta, en las que se habla de “un edén que se recuerda sin saberlo, habitado idealmente”.

Juan José Téllez

Juan José Téllez

Periodista y escritor. Os he hablado siempre desde el borde de la duda. Actualmente director del Centro Andaluz de las Letras
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