Espacios naturales

La tradición de los volaores

La tradición de los volaores

En un mundo cada día más globalizado, en algunos rincones de Andalucía todavía se conservan prácticas artesanales, tradiciones que pasaron de padres a hijos y cuyo origen se perdió en la memoria colectiva de los pueblos. Uno de esos enclaves es La Línea de la Concepción, población gaditana del Estrecho de Gibraltar, donde los pescadores del barrio de La Atunara continúan dedicándose a la pesca y venta de los volaores tal y como se hacía antaño.

Los linenses no conciben un verano sin volaores y, aunque ahora el sector pelea por su subsistencia, cada día que pasa está más próximo el mes de julio y el pescado volverá a secarse al sol y a venderse en puestos callejeros. Una práctica autóctona de este municipio nunca vista en ningún otro rincón del territorio andaluz hasta hace algunos años, cuando los pescadores de la cercana localidad malagueña de Estepona tomaron nota.

Este singular pez tiene sus aletas más desarrolladas que otros de sus congéneres, lo que le sirve para pegar grandes saltos por encima del agua. Cuando llega la temporada estival y sobre todo en los días despejados de poniente, para los bañistas es fácil verlos desde la orilla.

A los pescadores de La Atunara, el barrio marinero de La Línea, les es imposible concretar el origen de la pesca y venta del volaor, y lo mismo le sucede a toda una ciudad. Si preguntan a los lineases, dirán que es algo de toda la vida porque en su memoria siempre estuvo ahí, como lo estuvo en la de sus padres y abuelos.

La realidad es que los pescadores han conseguido mantener esta práctica de forma artesanal. El volaor empieza a asomar por el Estrecho de Gibraltar en julio y, si la temporada es buena, se queda por la zona hasta mitad de septiembre. Son los hombres de La Atunara los que salen a su encuentro en sus barcas para darles caza con sus artes de pesca y luego volver a tierra, que es donde empieza el proceso de salazón y secado. Una vez de regreso al puerto de La Atunara, los pescados se mantienen en sal entre ocho y diez horas, en las instalaciones habilitadas para tal fin.

Entonces el proceso pasa a ser responsabilidad de las mujeres del barrio. Ellas son las que, uno a uno, a pesar de que a veces las barcas vuelven con millares de peces, lavan y salan los volaores. Una vez que la mercancía ha pasado las horas mencionadas en sal, se lava cuidadosamente y los pescados pasan a secarse al sol protegidos con redes durante dos o tres días, en función de la dirección del viento, es decir, si sopla de poniente o de levante respectivamente. Y es que los linenses viven pendientes del viento, que sopla con mayor o menor fuerza, pero constante.

Una vez que los volaores están listos, solo queda ponerlos a la venta, lo cual se hace en puestos en plena calle en mitad del barrio de La Atunara desde haces décadas, que es el tiempo que el sector pesquero lleva sobreviviendo todos los veranos gracias a esta práctica y que los lineases, y también los turistas, disfrutan de un producto natural y auténtico.

Estrella Blanco
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