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Las fuentes flamencas de Blas Infante

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Las fuentes flamencas de Blas Infante

Las fuentes flamencas de Blas Infante

A lo largo de su vida, Blas Infante emprendió un largo camino hacia el flamenco. Quizá, los primeros quejíos del cante llegó a escucharlos en Casares, su pueblo natal, a través del entorno de José El Tuerto, un gitano que era compadre de su propio progenitor y con cuyos hijos, Frasco, Salaó, Rosca y Titaera, compartió su niñez: “Tan estrechas eran nuestras relaciones, que sólo se interrumpían durante los períodos de expulsión en los cuales mi abuelo, que era el cacique, tenía que desterrar a los gitanos del pueblo al cual volvían con admirable tenacidad, la cual me ha servido después para explicarme la historia de España”, llegó a escribir Blas Infante mucho tiempo después. Así que, desde muy pronto, a partir de la visión sombría de la vida cotidiana del jornalero, el padre de la patria andaluza reflexionó sobre el hecho gitano. Y, claro está, sobre su música.

Sin embargo, Casares no era un pueblo especialmente volcado en la afición flamenca y, en su historia, apenas descollaron fuera de su término algunas figuras, como el Niño de la Rosa Fina, a quien Blas Infante llegó a conocer. Cuando nace Blas Infante, acababa de ser asesinado de una puñalada El Canario de Alora. Así que el mayor referente del flamenco malagueño se llamaría en aquel tiempo Antonio Ortega Escalona, más conocido como Juan Breva, nacido en Vélez-Malaga y muerto en la capital en 1918, después de haber triunfado en los cafés cantantes de Madrid e incluso en el Palacio Real, invitado por el rey Alfonso XII.

El flamenco, en tiempos de Blas Infante, participaba de una cierta heterodoxia. Al antiguo flamenco de cuartito se suman ya los espectáculos en los que el cante, el toque y el baile tendrán protagonismo propio. La tradición, sin embargo, no está exenta de mestizaje, un supuesto que en muchos momentos históricos hizo saltar las alarmas de quienes pretendían conservar la pureza original de este arte frente a la juerga y los bajos fondos, cuya banda sonora era flamenca.

La lucha contra ese estereotipo constituyó, en gran medida, el principal motor del concurso de arte flamenco de Granada de 1922, promovido por Manuel de Falla y Federico García Lorca, pero en el que también sumaron esfuerzos muchos otros andaluces, como Manuel Ángeles Ortiz o Andrés Segovia. Y, en gran medida, también fue el motor del pretendido canon que Antonio Mairena, Ricardo Molina y muchos otros intelectuales y artistas intentaron forjar, a partir de los años cincuenta, para proteger la supuesta pureza de este arte mestizo respecto a mixtificaciones como las que procuraban las compañías comerciales de la época, a partir de la llamada Ópera Flamenca.

A la hora de aproximarse al flamenco, sin embargo, Blas Infante no incurre en el trabajo de campo, sino que pone distancias respecto a la realidad que investiga. Así que no sólo se nutrió de contactos personales con dicho mundo —se sabe que conoció a Manuel Torres y a un cantaor de Isla Cristina llamado Pajarito—, sino que hizo acopio de numerosos “discos gramofónicos y exóticos”, que había empezado a adquirir durante su estancia en Isla Cristina y que depositó en Dar-al-Farah, la Casa de la Alegría, su domicilio en Coria del Río, junto a la ladera y los olivos. Tampoco sería extraño que Blas Infante hubiera oído ya los anteriores cilindros de cera, algunos de los cuales se conservan aún en los fondos del Centro Andaluz de Flamenco en Jerez de la Frontera, antes de que llegase la revolución sonora de los discos de pizarra.

De estos últimos, aun se conservan en la casa de Coria 46 discos de doble cara con un tema grabado por cada una de ellas y que responden a las grandes casas de la época, como La Voz de Su Amo, Odeón y Pathé. Se trata de una colección heterodoxa donde cabe la voz de Imperio Argentina y los valses de Johan Strauss, pero también el himno de Galicia de Pondal y Veiga o unos microsurcos de Antonio Machín que la familia adquirió con posterioridad a la muerte del padre de la patria andaluza.

De entre los discos flamencos, destacan piezas de José Cepero con la guitarra de Manolo de Badajoz, y de Manuel Centeno con Ramón Montoya a la guitarra, pero también algunas creaciones del ya mencionado Niño de la Rosa Fina de Casares, aquel paisano suyo, mucho más joven que él. En su archivo sonoro cabían ecos de las malagueñas de Juan Breva y del Canario del Colmenar. Una de las joyas de la colección conserva la voz de Manuel Vallejo sobre la guitarra de Borrull.

Pero también, en dicha colección que ahora guarda la Casa Museo, figuran 21 discos grabados en el norte de África, diez de ellos de Marruecos, impresionados en Fez, Casablanca y Tetuán, siete de Argelia y otros cuatro de Túnez. Y es que, como acertó Enrique Iniesta, “Blas Infante estuvo preguntándose por el misterio de Andalucía toda su vida, buscando una edad dorada que él situó en Al Andalus”.

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Juan José Téllez

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Periodista y escritor. Os he hablado siempre desde el borde de la duda. Actualmente director del Centro Andaluz de las Letras
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5 Comments

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  1. Yuder

    agosto, 2015 at 10:01

    No fue de Casares sino de Archidona de donde echaba a los amiguillos gitanos de Blas Infante su abuelo

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