De entre los muchos problemas derivados de la actuación del ser humano en el río Guadalquivir, sobre todo en su estuario, hay uno que debería preocupar de modo especial a la población: el agua está envenenada durante más de la mitad del año. El proceso de contaminación se asemeja a esas estructuras con fichas de dominó, en los que una primera ficha cae arrastrando al resto, de una en una, hasta el golpe de efecto final.
La eliminación de meandros del río para facilitar la navegación y la desecación de zonas del estuario para cultivar arroz han provocado que no se mezclen las aguas dulces y marinas de la manera y en la cantidad necesarias para el correcto funcionamiento del ecosistema fluvial. Las aguas del río contienen un exceso de lodo en suspensión que hace que no penetre la luz más allá de un par de centímetros sobre la superficie. Estas condiciones son ideales para que la toxina generada por una cianobacteria, la Microcystis aeruginosa, prolifere más tiempo y en más cantidad de lo conveniente. Continuar leyendo








