
Carlos Cano, 1983. Foto de Juan José Mullor
Juan José Téllez
Aquella frase me la dijo hacia el año 1980 un Carlos Cano que ya iba dejando de ser un muchacho, a pesar del aire zangolotino y desvencijado. Treinta y muy pocos años tendría por entonces. Recuerdo su pelo abundante en rizos y la camisa de cuadros que, por oscura, resultaba discreta. En aquel tiempo Andalucía estaba alzada en armas de la razón por causa del referéndum autonómico.
Yo le conocía de antes, desde el año 1975 por lo menos, cuando en Cádiz saltó a cantar en el salón de actos de un colegio con aquel estremecedor susurro: Amor mío, que difícil resulta escribir estas palabras… La guitarra iba en aquellos días en una funda descuajaringada y una voz imposible arreciaba desde aquel envase humano sosote y larguirucho que se crecía entre pancartas garabateadas, espectadores barbudos y universitarias con poncho. Cantaba señorito nació serranito, cuco, graciosito, chistoso y matón su mamita le daba sopitas de bata de cola, peineta y jamón. El patio de butacas se agitaba con el baile del abejorro, se estremecía con La miseria y estallaba en gritos y en aplausos cuando Carlos variaba los versos de la Murga de los currelantes: Ya las dictaduras no están duras paras estas huesuras y llega la ruptura y el personal… Continuar leyendo






