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Iraníes, israelíes: We love you

El pasado 15 de marzo, Ronny Edry, un ciudadano israelí de 41 años, puso en marcha con su mujer, Michal Tamir de 36 años, una particular iniciativa para frenar una guerra que desde hace meses parece inevitable en determinados medios de comunicación. Buscando la complicidad de la redes sociales han conseguido transmitir un mensaje claro:  “Iraníes. Les amamos. Nunca bombardearemos su país“.

Michal cogió la cámara, Ronny se puso delante y enfundado en una zamarra de los Timberwolves manifiesta claramente desde su casa su postura y la de su entorno. No quieren guerra.

Yo no tengo miedo de ti. Yo no te odio. Incluso ni siquiera te conozco. Nunca ningún iraní me hizo daño”. Continuar leyendo


Granada 1013

Graffiti del Niño de las Pinturas en Granada. Foto de Tono Cano/SecretOlivo

José Luis Serrano

La guerra había comenzado cuatro años antes y aún duraría ocho más. Todas las ciudades del Ándalus buscaban protección. Desde la era de Tartessos, fuimos un pueblo de ciudades y estatuas, nunca de guerreros.

Sólo Zaragoza y Sevilla supieron organizar sus propios ejércitos andalusíes. Las demás buscaron mercenarios: Almería llamó a los vascos de Jairan, Málaga, Jaén y Elvira a los bereberes de Zawi. A la altura de abril, las tropas moras aparecieron por el camino de Córdoba. Acamparon en la vega frente a la medina de Elvira y enseguida comenzaron a negociar con los notables su entrada en la ciudad. Se harían cargo de la defensa, pero querían a cambio tierras y honores.

Cuesta poco imaginar a Zawi como un hombre de aspecto cruel, con una cara inexpresiva si no triste. Había renunciado dos veces al virreinato en África. Había destruido Medina Azahara y encendido la mecha de la guerra civil que acabó con Al Ándalus. Había entregado 177 fortalezas al comes de Castilia. Tenía 53 años, no era de aquí, era un bereber de las montañas, soñaba con volver.  Continuar leyendo


El gran entuerto de la expulsión de los moriscos

La expulsión de los moriscos andalusíes

Francisco Márquez Villanueva

Los españoles hemos estado desorientados durante siglos acerca de la expulsión de los moriscos en 1609, presentada como necesaria medida de protección, tanto política como religiosa, contra una minoría desleal y apóstata- Don Antonio Cánovas del Castillo la consideraba tan necesaria que, según decía, de no realizarse a comienzos del siglo XVII habría sido preciso hacerla en el siglo XIX, dando a entender que la habría hecho él.

Hoy sabemos que semejante concepto procede de una campaña lanzada desde el poder para contrarrestar el estupor suscitado en toda la Monarquía por el hecho sin precedente del desarraigo de todo un pueblo bautizado por un país católico. La idea del gran exilio, lanzada desde  muy atrás, venía siendo rechazada como moralmente condenable, además de ruinosa, y Felipe II se negó siempre a su ejecución. El duque de Lerma, don Francisco Gómez de Sandoval, valido todopoderoso de Felipe III, fracasó en su intento de recabar el apoyo de la Inquisición, así  como el del pontífice Pablo V, a quien se mantuvo ignorante del decreto hasta el último instante. Continuar leyendo


Hermanos y hermanas (2)

Blas Infante junto a sus hijos

Antonio Manuel

Hermanas y hermanos andaluces:

Me llamo Antonio Manuel.

Antonio por mi abuelo materno, El Carbonero.
Y Manuel por mi abuelo paterno, El Latonero.

Mi abuelo Antonio fue jornalero y anarquista. Se dejó la piel por los más débiles sin esperar que los más débiles se lo agradecieran. En el penal del Puerto aprendió a leer con Shakespeare y Cervantes. Él me enseñó a amar la vida, la cultura y la libertad más allá de lo saludable.

Mi abuelo Manuel fue artesano y apolítico. No estuvo en más cárcel que la de su conciencia y su taller de dos metros cuadrados. Mi padre todavía conserva las herramientas y la técnica artesanal de su padre. De ellos aprendí a poner el alma en todo lo que hago.

Mi abuelo Antonio y mi abuelo Manuel no se parecían en nada. Pero los dos se lavaban igual antes de comer. Se arremangaban hasta los codos. Se mojaban la cara. Se frotaban los ojos. La boca. Las orejas. Tomaban y expulsaban el agua por la nariz. Y terminaban frotándose el pelo.
El año pasado estuve en la Gran Mezquita de Agadez en Níger. Yo no soy musulmán. Así que para entrar en ella tuve que imitar a un niño que hacía la ablución a mi lado. El niño se arremangó hasta los codos. Se mojó la cara. Se frotó los ojos. La boca. Las orejas. Tomó y expulsó el agua por la nariz. Y terminó frotándose el pelo. Aquel niño negro y africano se lavó exactamente igual que mis abuelos antes de comer. O mejor dicho: mis abuelos andaluces se lavaban como musulmanes antes de rezar. Como lo hicieron los padres de sus padres. Sin saber por qué. Mi padre todavía se lava así.

Yo no. Continuar leyendo


A cuánto están mis acciones

Ron Yerba

“Los zelosos entienden que lo inventó Lucifer, engañando á los tahures con
prometerles que competirán con Dios en hazer algo de nada”.
José de la Vega

Andalucía, antiguamente condenada a la desindustrialización por una oligarquía latifundista, poco avanzada y con un enfermizo apego a las tradiciones más medievales, ha sido históricamente el criadero español de poetas, escritores, bailarines, cantaores, músicos y pintores, que gracias a la autonomía de su producción respecto al resto de la sociedad que les rodeaba, han podido rendir al máximo sin deslucirse con el histórico subdesarrollo de esta mala copia del Edén de nuestras entretelas.

Una de las excepciones, que no es tal porque artista es lo que era, fue el corredor de Bolsa Don José Penso de la Vega.

José de la Vega, cordobés nacido en 1650, era el hijo de un mercader judío converso (a la fuerza) que, hostigado a pesar de su novísima fe cristiana más por su dinero que por sus creencias por una Inquisición cada vez más agresiva y finalmente encarcelado por más de un año, decidió irse de España antes de arder en la pira de la difunta multiculturalidad andalusí.  Continuar leyendo